Como acabamos de celebrar la gran festividad de Nuestra Señora de Guadalupe, me gustaría hacer un breve recuento en homenaje al apostolado de la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro (FSSP) en su amado país de México. Todo comenzó cuando se fundó el seminario de habla inglesa de la FSSP. Providencialmente –y al parecer sin mucho debate previo–, se propuso a Nuestra Señora de Guadalupe como patrona titular. Como puede que tal vez sepan, Nuestra Señora de Guadalupe no sólo es la Patrona de México, sino la Emperatriz de América. Ahora veo más claramente su plan de extender de nuevo la sagrada tradición de la Iglesia en todo el norte, centro y sur del continente.

Cuando entré al seminario en 2001, conocí a mi futuro compañero de congregación, el P. Kenneth Fryar, que había vivido muchos años en la Ciudad de México intentando fundar una orden tradicionalista de franciscanos. Como no estaba en la providencia de Dios que se fundara la orden en aquel momento, decidió unirse a la FSSP en la  estaba estudiando. Consciente de que él sabía conducir un automóvil en un país donde se hace en sentido opuesto al que se hace en el mío, propuse que iniciáramos una peregrinación como un grupo pequeño para visitar a nuestra patrona, la Virgen de Guadalupe, en la capital mexicana. Así que partimos desde Nebraska y viajamos en su auto durante las vacaciones de invierno de 2002-2003.

Aún recuerdo cuando, después de dormir durante la última parte de la travesía, desperté justo cuando habíamos llegado al santuario. Inmediatamente me impresionó la avalancha interminable de peregrinos que acudían a ver la milagrosa imagen. De hecho, es el santuario más visitado en el mundo, incluso más que el de Nuestra Señora de Lourdes. En cualquier día del año se puede ver una riada constante de peregrinos acercándose a la basílica donde se guarda la  milagrosa imagen. También me impresionó la manifestación pública de catolicismo, al ver que incluso choferes de taxi, con sus flamantes vehículos adornados con imágenes que iban a consagrar a la Guadalupana. Estaba sin duda descubriendo una cultura que expresa pública y universalmente su catolicismo, y no sería la última vez que lo vería.

Al entrar y rezar ante la milagrosa imagen, me impactó que después de casi 500 años no se haya desintegrado lo más mínimo. No parece pintada, sino que más bien da la impresión de flotar sobre la tilma, hecha de una fibra de cactus que debería haber empezado a descomponerse en sólo unos cuantos años.

Allí le encomendamos nuestros ruegos y peticiones. No sabía que aquel sería el principio de una invitación para vivir y trabajar en su país a fin de cumplir el mismo propósito que Ella le había solicitado en sus apariciones a San Juan Diego cinco siglos atrás: construir una iglesia donde se pudiera ofrecer el santo sacrificio de la Misa, nada menos que la Misa romana tradicional.

En el curso de nuestra peregrinación pasamos algunos días en la capital de México y procedimos después a visitar Puebla, Morelia, Guadalajara y muchas otras ciudades. En todos los lugares me impresionó la expresión pública de fe del pueblo mexicano, ver lo que aún queda de la cristiandad en esa nación a pesar de tantas persecuciones masónicas sangrientas. Los mexicanos a los que conocí a lo largo del viaje irradiaban amistad y un espíritu acogedor, de forma que se los veía como una gran familia, en vista de que todos compartían la misma fe católica. Si mi Dios es tu Dios, mi casa es tu casa. De la misma manera, las iglesias estaban generalmente llenas de fieles –aún fuera de los horarios de misa– con muchos visitantes rezando de rodillas ante el Santísimo y los muchos hermosos crucifijos y estatuas. También me sorprendió gratamente ver que nadie recibía la Sagrada Comunión en la mano, y que en general su corazón católico aún conservaba un sentido muy tradicional de la devoción. Entonces pensé que sería un terreno muy fértil para reintroducir la Misa Tradicional en latín.

Tampoco puedo dejar de mencionar que gracias a la típica hospitalidad mexicana de una familia que conocimos en Guadalajara, que me invitó a ir a su casa siempre que lo deseara, decidí regresar cuando pudiera aprender el idioma y entender mejor el rico tesoro de su historia y cultura católicas.

Durante aquella vista veraniega, fui con un capellán, sacerdote de nuestra Fraternidad, a visitar al cardenal arzobispo, que, habiendo oído hablar de nuestra labor, nos invitó a ir a la FSSP y empezar un apostolado en la arquidiócesis de Guadalajara.

Y así, cuando dos años más tarde, en 2008, me ordené sacerdote, se me envió con la misión de iniciar el primer apostolado mexicano junto con otro sacerdote de la FSSP con más experiencia, de nacionalidad alemana.

Como podrán suponer algunos de los que recuerdan la reintroducción de la Misa Tradicional en latín en los Estados Unidos, los comienzos de nuestro apostolado en México fueron en ocasiones difíciles. Tuvimos que construir una reputación desde cero. Aquí estábamos, dos sacerdotes extranjeros, resaltando aún más entre los escasos sacerdotes que vestían sotana en público. Esto era en un país en el que la única connotación que tenía la Misa en latín era ser la de los lefebvristas, que a los ojos de la gente había sido prohibida y por lo tanto ya no era católica. A pesar de más de 25 años de labor en Ecclesia Dei y del reciente motu proprio Summorum Pontificum de Benedicto XVI que restablecía los derechos de la Misa Tradicional, todavía nos topábamos con algo de ignorancia, y por lo tanto de resistencia.

El mismo sacerdote que tuvo la amabilidad de entregarnos para nuestro uso la iglesia de la que había estado a cargo, nos presentó al deán como los «sacerdotes Lefebvristas» que lo iban a sustituir. En otra ocasión, nos invitaron a celebrar la Misa en una boda tradicional en otra iglesia diocesana. Un sacerdote anciano entró a la sacristía, y viendo la birreta y las sacras, preguntó a uno de nuestros bastante ingeniosos acólitos si éramos lefebvristas. El acólito respondió: «No, padre».

– Pero – respondió el sacerdote –  ustedes ofician la Misa lefebvrista.

A lo que nuestro acólito preguntó:

– Padre, ¿cuándo lo ordenaron?

– En 1957 – respondió.

– Entonces usted celebraba también la misa en latín, ¿no?

– Sí – respondió.

– En ese caso, ¿era usted también lefebvrista?

– No – repuso – . Éramos católicos.

Anécdotas como ésta demuestran la mentalidad a la que en ocasiones teníamos que enfrentarnos durante los años en que íbamos desarrollando nuestro apostolado y los desafíos que puede presentar. Sin embargo, tengo que reconocer que nunca hubo ningún problema con los fieles que venían por primera vez a la Misa tradicional, ya que los mexicanos son muy conocidos por su disciplinado respeto al clero. Recuerdo a una señora en particular que, después de asistir a la Misa en latín todos los días durante un mes, comentó: «No sé por qué será en latín ni por qué estará el sacerdote volteado hacia otro lado, pero tengo la impresión de que esta es la forma en que tiene que ser».

Y así, de forma lenta pero segura empezamos a construir una buena reputación. La gente se daba cuenta de que la Misa tradicional estaba de vuelta, y comenzamos a atraer a las personas devotas que buscaban el sentido perdido de la reverencia que ansiaba su corazón y su alma.

Una familia que asiste a la Misa diariamente vino a hablar con nosotros después de la primera vez que asistieron a una hermosa celebración cantada: «¿Podría ser así todos los días?» Otro caballero, al que sus amitades le decían que tenía un sentidotridentino de la fe (aunque nació después de los cambios litúrgicos y nunca había conocido la Misa tradicional) se presentó un día consternado en la  iglesia. Nos dijo que estaban tratando de administrar la Sagrada Comunión en la mano en las iglesias diocesanas, con el pretexto de evitar la difusión del virus de la gripe. Como no se atrevía participar en algo así, le dijeron que aún podía recibir a Nuestro Señor en la lengua en la iglesia de la FSSP. La primera vez que vino, al ver a los sacerdotes con sotana y el altar dispuesto del modo tradicional, se puso a llorar. Desde entonces es un fiel feligrés, y ahora nos ayuda a preparar a nuestros monaguillos.

Tras algunos años de fiel servicio, el cardenal arzobispo erigió nuestro apostolado como una cuasiparroquia particular, encargándonos una iglesia histórica del centro, dedicada a Nuestra Señora del Pilar, Madre del mundo hispánico. La Virgen del Pilar es muy conocida por haber visitado a Santiago Apóstol en España mientras aún vivía en la Tierra, donde hincó un pilar y prometió la conversión de ese país, y a través del mismo la conversión de la América Hispana, que el muy devoto terciario franciscano Cristóbal Colón descubrió el 12 de octubre, festividad de la Virgen del Pilar.

Nuestra Señora de Guadalupe es también símbolo de la providencial relación entre España y la Nueva España, dado que la advocación de Guadalupe ya se le había dado a una imagen que se cree fue tallada por San Lucas y donada más tarde por San Gregorio Magno al Obispo de Sevilla, que estuvo escondida durante la persecución mahometana. Cuando fue redescubierta, Nuestra Señora de Guadalupe se convirtió en una importante patrona  durante la Reconquista de España de los pérfidos moros. Reapareció más tarde con una nueva apariencia en Nueva España, para realizar la nueva conquista del México pagano a la religión de Cristo nuestro Rey.

En resumen, siempre he sentido palpablemente que estamos bajo el especial cuidado maternal de Nuestra Señora, que dirige la reconquista –por la que oramos– de esta tierra que es suya. Tengo la esperanza de que también tengamos parte en la reconquista de todo el mundo de habla hispana.

Este año hemos tenido la gran bendición de poder adquirir, gracias a un préstamo, una nueva casa con espacio para recibir a los aspirantes de habla hispana de todo el continente americano, que, si Dios quiere, llegará a ser un día un futuro seminario de habla hispana para la FSSP.

También nos ha hecho Dios la gracia de que pudiéramos emprender un nuevo apostolado en la capital de México el año pasado en la histórica iglesia de la Inmaculada Concepción.
Hay muchas anécdota que contar, pero en resumidas cuentas, esperamos que nuestros humildes comienzos bajo la guía providencial de la humildísima Virgen rindan fruto algún día para aplastar la cabeza del dragón infernal y lograr el triunfo de su divino Hijo.

Non fecit taliter omni nationi* – No hizo nada igual con ninguna otra nación.

¡Que viva Cristo Rey y Nuestra Señora de Guadalupe!

AMDG+

Padre Jonathan Romanoski

P.S. Para mayor información sobre el Apostolado de la Fraternidad Sacerdotal San Pedro en México puede visitarse su página web.

[Traducción de Rocío Salas. Artículo original]

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* Palabras pronunciadas por Benedicto XIV cuando se le presentó la imagen de la Guadalupana.