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Trasfondo de la profanación de San Pedro

El pasado 8 de diciembre, la Basílica y la cúpula de San Pedro, corazón de la cristiandad, han sido degradadas con un feo espectáculo en pantalla gigante, sobre la que se proyectaron imágenes relacionadas con el clima y el medio ambiente, nuevos dogmas de la ideología dominante.

«Increíble espectáculo en la Plaza de San Pedro, una afrenta a la basílica que es símbolo de la catolicidad», ha escrito Riccardo Cascioli, director del diario católico en línea La Nuova Bussola quotidiana.

El Vaticano presentó el espectáculo como una especie de alabanza a la creación solicitada por la encíclica Laudato sii y la Conferencia de París sobre el Clima, lo que ya suscitaba numerosas dudas, dado que no tenía la menor relación con la Fiesta de la Inmaculada que se celebraba el martes, ni tampoco con la apertura del Jubileo ni con la inminente Navidad.

NEOPAGANOS

Lo cierto es que el espectáculo resultó mucho peor de lo que se temía. Ningún símbolo cristiano, si acaso alguna alusión a una mezquita, lo cual, proyectado sobre la Basílica de San Pedro, produce un efecto inquietante.

Fue una proyección desagradable y a ratos siniestra (por los efectos sonoros) de imágenes de animales, típicas de cierta divinización gnóstica y neopagana de la Tierra.

De ese modo, en San Pedro se ha preferido en la fiesta de la Inmaculada Concepción celebrar a la Madre Tierra en lugar de a la Madre de Dios, con miras a hacer propaganda de la ideología dominante, la neopagana y neomaltusiana religión del clima y la ecología patrocinada por los poderes fácticos del mundo.

Una profanación espiritual (y también porque, no lo olvidemos, se trata de un lugar de martirio cristiano). Y una profanación cultural.

En un lugar donde se concentran tantas solemnidades cristianas (la Inmaculada, el Jubileo, la Natividad), en un escenario católico como la Basílica, la columnata de Bernini y la cúpula de Miguel ángel, sobre un sueño regado por la sangre de San Pedro y de tantos otros cristianos, habría sido posible como mucho una proyección en una pantalla gigante instalada en la plaza (no sobre la Basílica) de bellísimas imágenes de nuestro arte sacro, ojalá con acompañamiento de magníficas obras musicales de la tradición cristiana.

Jamás una puesta en escena gnóstica y neopagana con un claro mensaje ideológico anticristiano.

ANTICRISTIANOS

El mensaje quedaba sintetizado en el título de la función: Fiat lux, que suena a burla y parodia de las Sagradas Escrituras, donde esa misma expresión indica el gesto creador de Dios y más adelante la Luz que es Cristo, que vino a iluminar las tinieblas del mundo (como dice el Prólogo del Evangelio de San Juan).

Este espectáculo representaba todo lo contrario: el mundo proyectando luz sobre una Iglesia inmersa en tinieblas. En esta proyección, es la Iglesia la que recibe luz del mundo. De un modo simbólico y humillante, se invierte el sentido de la fe católica.

En el curso de la entrevista al papa Bergoglio realizada por Antonio Spadaro a propósito del Concilio, con motivo de cuyo aniversario –que precisamente coincidía con el 8 de diciembre– se ha proclamado el Jubileo, se confirma que este es precisamente el sentido del evento.

De hecho, el sumo Pontífice ha declarado: «El Concilio Vaticano II ha supuesto una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea».

Por consiguiente, para Bergoglio sería el mundo (la cultura contemporánea) el que ilumina y juzga el Evangelio. Pero la Iglesia siempre ha afirmado todo lo contrario: la luz verdadera que resplandece sobre la faz de la Iglesia e ilumina por tanto al mundo es Cristo.

No es casual que uno de los documentos fundamentales del Concilio, la constitución Lumen Gentium, principie con estas palabras exactas: «Cristo es la luz de los pueblos. Por ello este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura (cfr. Mc 16,15), con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia».

La metáfora de la luz contiene en sí una concepción que pone en evidencia el rumbo contrario del pontificado de Bergoglio con respecto al Concilio Vaticano II y al Magisterio constante de la Iglesia.

Por otro lado, hay además un lenguaje simbólico muy elocuente.

En efecto, la noche del 8 de diciembre,  además de la Basílica, el enorme Nacimiento de la Plaza de San Pedro estaba apagado con motivo del espectáculo. No fuera a ser que la luz del Niño Jesús interfiriera con la puesta en escena de la nueva religión neopagana.

DESPILFARRO DE RICOS

Se podría observar –aplicando la vara de medir bergogliana– que la Iglesia debería considerar un espectáculo semejante como un inaceptable despilfarro de dinero que sería más conveniente donar a los pobres.

Da igual que la función haya sido costeada por sociedades privadas externas al Vaticano, ya que la Santa Sede habría debido rechazar el regalo y pedido que se donase el dinero a los necesitados.

Es más, la identidad de los que han ofrecido este paquete a la Santa Sede, que acríticamente lo ha puesto en escena poniendo a su disposición la Basílica y la plaza suscita muchas inquietudes.

PODERES FÁCTICOS

Escribe Cascioli: «En realidad ha sido un regalo del Banco Mundial (y su programa Connect4Climate) y de algunas asociaciones y fundaciones particularmente interesadas en el ecologismo, así como de Vulcan Inc., del cofundador de Microsoft Paul Allen y la Fundación Okeanos para el Mar, instituciones que llevan precisamente nombres de divinidades paganas. Lo montó y realizó el estudio Obscura, cuyo nombre lo dice todo. La finalidad de Fiat Lux, se lee en un comunicado de prensa de los patrocinadores, es «educar y motivar con vistas a la crisis del clima a las generaciones, culturas, lenguas, religiones y clases sociales».

Conque «educar a las religiones»… Por eso han iluminado las tinieblas de San Pedro: esto confirma el carácter ideológico del evento.

Cascioli señala además que «el Banco Mundial es también la institución que desde los años setenta se cuenta entre los principales responsables de la política con relación a los países subdesarrollados (préstamos a cambio de programas de control de natalidad) que el propio papa Francisco ha denunciado en varias ocasiones. Las otras organizaciones, para las cuales el ecologismo y el control de la natalidad son dos caras de una misma moneda, están sintonizadas en una misma longitud de onda».

UN PAPA CLIMATÓLOGO

Desgraciadamente, el apoyo acrítico y persistente de Bergoglio a la Conferencia de París (cosa que no es competencia de un papa), termina por identificar el mensaje del Jubileo de la misericordia con la batalla contra el «cambio climático» causado por el hombre, cuya base científica es por otra parte totalmente discutible.

El físico climatólogo de más prestigio, Richard Lindzen, declaró en 2007:

«Las generaciones futuras se preguntarán perplejas cómo fue posible que el mundo desarrollado de comienzos del siglo XXI cayera en el pánico y la histeria sólo porque la temperatura media mundial aumentase en unas pocas décimas de grado. Se preguntarán cómo pudo ser que, basándose en groseras exageraciones de proyecciones sumamente inciertas de modelos matemáticos, combinadas con improbables cadenas de interferencias, se llegara a pensar en la posibilidad de volver a la era preindustrial».

Resulta increíble que Bergoglio –siempre tan crítico y alejado de la doctrina católica y los dogmas de la Iglesia– abrace sin el menor juicio crítico esos dogmas ecologistas que ni siquiera tienen una base científica segura.

Es desconcertante además que un papa califique de emergencia la situación climática. ¿Acaso no es un drama digno de más fervientes llamados que pueblos enteros hayan apostatado de la fe en el verdadero Dios? ¿O la guerra contra la familia y la vida? ¿O el olvido de Cristo y la persecución y masacre de sociedades cristianas enteras? ¿No convenía acaso dedicarles la primera encíclica escrita de su puño y letra? ¿Por qué ha preferido ocuparse de los reptiles y de  la clasificación de la basura?

Bergoglio es un enigma. Afirma no creer en un «Dios católico», pero cree en los dogmas de lo políticamente correcto. Alain Finkelkraut lo ha llamado «el Sumo Pontífice de la ideología periodística mundial».

Antonio Socci

Publicado en Libero el 10 de diciembre de 2015

[Traducción de J.E.F. Artículo original]




Antonio Socci
Antonio Socci
Antonio Socci nació en Siena, el 18 de enero de 1959. Estudió en su ciudad natal hasta graduarse en Letras modernas (precisamente con una tesis de Filología Romance sobre la Divina Comedia) en 1983. Trabajó en el semanario “Il Sabato” hasta su clausura en 1993 y dirigió la revista mensual internacional “30 Giorni”. Desde 1994 trabajó en “Il Giornale” colaborando con “Il Foglio” y “Panorama”. En el 2002 fue llamado a la vicedirección de Rai 2, donde ideó y condujo el programa Excalibur. Desde 2004 es director de la Escuela Superior de Periodismo Televisivo de Perugia. Escribe para “Libero”. Ha escrito unos quince libros. Entre ellos “Indagine su Gesù”, “Il segreto di Padre Pio”, “Non è Francesco”, “Caterina-Diario di un padre nella tempesta”, “Il quarto segreto di Fatima” (traducido al español como “El cuarto secreto de Fátima”).

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