Podría ser llamada “Berta la pequeña”, porque su nombre era Berthe Petit (“petit” = pequeño), y nació en Bélgica en 1870, en tiempos de la guerra entre Francia y Prusia y del desencadenamiento de las fuerzas masónicas en Europa. Intuía y sabía, desde el inicio de su vida, que lo primero que sería atacado sería el Sacerdocio católico, que las “sectas” querían corromper a toda costa.

Desde que tenía 15 años e iba ya a Misa todos los días, oraba en cada Misa por el celebrante: “Jesús mío, haz que tu sacerdote no te desagrade nunca”. En 1887, cuando tenía 17 años, sus acomodados padres perdieron su patrimonio cuando había decidido entrar al monasterio para consagrarse enteramente a Jesús y ofrecerse a Dios por la santificación de los sacerdotes. El 8 de diciembre de 1888, solemnidad de la Inmaculada, su director espiritual le dijo que su vocación era la de ser “monja en el mundo” y ocuparse de sus muy afligidos padres. A regañadientes, pero abandonada a la voluntad de Dios, Berthe aceptó, pero pidió a la Virgen que llamara a su lugar a un sacerdote celoso y santo. Su director espiritual, al cual confiará su oración, la tranquilizará: “Usted será escuchada. La Virgen le dará este sacerdote”.

El 25 de diciembre de 1888, Natividad de Jesús, 16 días después de la petición de Berthe, sin que ella lo pudiera saber, un joven abogado, de 22 años, el doctor Louis Decorsant oraba ante la imagen de la Virgen y le pedía que le diera luz acerca de su futuro. De improviso, Louis tuvo la certeza de que el camino que debía seguir en su existencia no era el de ejercer la profesión de notario a la que aspiraba, ni casarse con la muchacha a la que amaba. Una voz interior le decía de manera perentoria: “Tú serás sacerdote… y lo serás pronto”. Con el alma inundada de luz, pero alterada por esta intensa revelación, Louis no se retrasó ni un momento. Dejó todo, entró en el seminario en Roma, consiguió el título de teología y en junio de 1893 fue ordenado sacerdote.

Berthe Petit tenía 23 años y ¿qué tenía que ver ella? Sí, tenía que ver, aunque por el momento no sabía nada. Sólo seguía ofreciendo y orando. El 25 de diciembre de 1893, otra vez Natividad del Señor, don Louis Decorsant celebraba la Misa del gallo en una iglesia en París. A la misma hora, Berthe participaba en la Misa del gallo de otra iglesia de la capital francesa. Una vez recibida la Comunión, ella prometió solemnemente: “Jesús, quiero ser un holocausto por tus sacerdotes, por todos los sacerdotes, pero especialmente por el sacerdote que te he pedido cuando comprendí que no podía entrar en el monasterio”. Al final de la Misa, fue expuesto con solemnidad el Santísimo Sacramento y muchos se quedaron a adorarLo. De improviso, Berthe vio una gran cruz y en ella a Jesús clavado y a sus pies a la Virgen y al apóstol Juan, el predilecto. Berthe oyó las palabras de la Virgen: “Tu sacrificio ha sido aceptado, tu súplica escuchada. Aquí tienes a tu sacerdote. Un día lo conocerás”. En aquel momento, el rostro del apóstol Juan se transformó en el rostro de un sacerdote desconocido para ella: era precisamente don Louis Decorsant. Pero lo encontraría solamente 15 años después, en 1908, y así habría conocido su rostro. Pasaron los años, llenos de oración y de sacrificio para Berthe; fervientes de apostolado sacerdotal por don Decorsant.

En 1908, ella fue de peregrinación a Lourdes, donde la Virgen le confirmó: “Dentro de poco verás al sacerdote que pediste hace 20 años”. Algún tiempo después, ella se encontraba en el tren cerca de París, cuando un sacerdote subió al compartimento buscando un lugar para una enferma. Berthe se dio cuenta de que era ese el sacerdote que ella había visto a los pies de la cruz, cuando Juan, el apóstol predilecto, había tomado precisamente sus rasgos. Siguió el intercambio de alguna palabra amable entre Berthe y don Louis y nada más: cada uno se guardó para sí las Voces interiores que, sin embargo, venían de lo Alto. Un mes más tarde, don Decorstant, que había ido a Lourdes para confiar una vez más su misión de sacerdote a la Virgen, volvió a ver a Berthe y la invitó a participar en su Misa.

En la elevación de la Hostia consagrada, Jesús dijo a Berthe: “No temas ya. Este es el sacerdote por el cual he aceptado tu sacrificio”. Al final de la Misa, sabiendo que don Decorsant se alojaba en la misma pensión durante la peregrinación en Lourdes, Berthe le reveló su vida espiritual, desde el día de su ofrenda a Dios hasta ese momento en el que todo le había sido abierto. Don Decorsant comprendió que había recibido gracia tras gracia, comenzando desde su vocación, por medio de la oración y la silenciosa inmolación de aquella alma que nunca había conocido y que ahora Dios mismo le confiaba. La obediencia a sus superiores le llevó a Bélgica, donde se convirtió en el guía espiritual de Berthe Petit y su apoyo infatigable para el cumplimiento de su misión respecto a la santificación de los sacerdotes. Hasta la muerte de Berthe, en 1940, incluso y sobre todo en las horas del dolor inevitables para quien se ofrece víctima con Jesús para una singular misión excepcional, don Louis Decorsant la condujo a la cima de la santidad.

Sólo Dios sabe cuántas almas, cuántos sacerdotes salvó y condujo Berthe Petit, solamente con la ofrenda de sí misma, que es, sin embargo, todo, a la intimidad con Dios. Páginas que sólo Dios conoce, pero que hacen sublime al máximo a quien se ofrece en el silencio y el ocultamiento. Por tanto, es necesario subrayar la grandeza de esta “pequeña” mujer y llamarla, a pesar de su ordinario apellido (“petit” = pequeño), “Berthe la grande”.

Candidus

(Traducido por Marianus el eremita/Adelante la Fe)

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