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La indulgencia no es una tregua

“¿La Iglesia post-conciliar? Es una Iglesia en la que la vida es removida considerablemente del evento del calvario. Una Iglesia que disminuye sus demandas y que no resuelve problemas acorde a la voluntad de Dios, sino acorde a las posibilidades humanas. Una Iglesia la cual creo que se volvió elástica y de moralidad relativista. Una Iglesia en la niebla y sin las tablas de la Ley. Una Iglesia que cierra los ojos al pecado, que teme al reproche de no ser moderna” Cardenal Stefan Wyszynski

¿Por qué la Iglesia concede los Años Santos? ¿Por qué ha pensado en los jubileos con sus indulgencias plenarias? Simplemente porque los hombres deben volver a Dios, alejándose del pecado que les causa la muerte eterna. No hay otra razón, ¡no hay ni sería propio otra!

Asistimos a una extraña insistencia sobre la misericordia de Dios, que suena muy extraño a los oídos católicos. Se escucha hablar de que el Señor perdona siempre, pero esta insistencia ya no está más precedida ni acompañada del recordatorio de la gravedad del pecado, con sus mortales consecuencias.

Es la misma historia de siempre: toman verdades católicas, las aíslan de todo el resto, transformándolo así en otra cosa. Es la técnica para fundar una nueva Iglesia, la Iglesia de la humanidad que no es más la Iglesia de Cristo.

Y todo esto tiene algo de ilógico, de no racional: ¿por qué el Señor te acogería con misericordia, si no es porque deseas salir del pecado y de la muerte?

¡Pero no! Hoy se sigue la moda e incluso en la Iglesia, se habla de la bondad acogedora de Dios, sin nombrar la gravedad del pecado, de cada pecado. Tanto así que quien ahora en la Iglesia se atreve a denunciar el mal y su gravedad, pasan a ser vistos como enemigos de la misericordia de Dios, de ser eliminados como falsos profetas,  a fin de que la belleza de la “nueva iglesia” pueda finalmente resplandecer.

Cuántos desastres morales se alcanzarán en este Año Santo, si no se torna a la misericordia verdadera, aquella de Cristo que acogiéndote en llanto por tus pecados te perdona y te dice “Vete, desde ahora no peques más” (Jn 8 11).

La misericordia de Dios, aquella de Cristo, no puede más ser separada de la condena firme del pecado, de cada pecado. Así, es que, enseñando la gravedad del pecado, la Iglesia siempre ha abierto el corazón a la verdadera misericordia de Dios.

El beato cardenal Newman tiene palabras impresionantes sobre la necesidad de la condena severa del pecado. Hablando de la tarea doctrinal de la Iglesia se expresa así:

Primero, la doctrina del infalible maestro debe ser una empática protesta contra el estado actual de la humanidad. El hombre se ha rebelado a su Creador. Esta rebelión hay provocado la intervención divina; y la denuncia de la rebelión debe ser el primer acto del mensaje acreditado de Dios” (Apología de su vida, capítulo V).

No hay nada más para decir, el gran cardenal Newman, desahuciado muchas veces por anticiparse a la confusión conciliar, sobre este tema es claro: la rebelión del hombre a Dios es denunciada, y esta denuncia va al inicio del hablar de la Iglesia, viene antes que todo, con eso comienza todo.

Pero continuemos con Newman:

La Iglesia debe denunciar la rebelión como el más grave de todos los males posibles. No puede llegar a un acuerdo: si se quiere ser fiel al Maestro debe desterrársela y anatemizársela” (ibid.)

¡Bastante diferencia con la confusión que circunda y que sumerge! Bastante diferencia con esta confusión seguida al sínodo de la familia, que bien ha preparado la confusión del jubileo.

La falta de denuncia del pecado es –de hecho– llegar a un acuerdo con el pecado; así es percibida por la mayoría. Es tomada como una tregua, como una renuncia de la Iglesia a la lucha contra el mal y el demonio. Es tomada como el intercambio nocivo de la moral, como una tachadura de algunos mandamientos del decálogo, para hacer una tregua con el mundo que no quiere cambiar.

Es posible entender el Año Santo, con su particular misericordia “banda ancha”, como una gran tregua al pecado,  que presagia el nacimiento de una nueva Iglesia pacífica con el mundo moderno que no desea cambiar: ¡qué ilusión mortal!

Ilusión mortal, aquella de pensar en conquistar el mundo con un perdón que no requiere el dolor del pecado y el propósito de no cometerlo más! Ilusión mortal, aquella de pensar en llenar la Iglesia sin pedir más por las almas. Ilusión mortal, aquella de pensar en abrir la puerta a todos sin pedir nada: serán tal vez muchos, pero ocuparán una Iglesia débil que se transformará en ellos; y después de producir una similar confusión a la cual hay en la casa de donde proceden, la desestimarán por enésima vez cual una Iglesia inservible.

¡Pero sí! ¿Qué hacen los hombres de una Iglesia que bendice sin tener más la voluntad de convertir? ¿Qué harán los de una Iglesia que ha renunciado al gran trabajo de Cristo, aquél de salvar las almas, suscitando y consagrando con la Gracia su verdadera conversión? ¿Qué pasará con una Iglesia que, infiel a su maestro, se avergüenza de repetir sus palabras santas: “Ve, tus pecados te son perdonados, y de ahora en adelante no peques más para que no te suceda algo peor”.

Pero escuchemos ahora al gran Enrique Newman:

La Iglesia católica piensa que es mejor que el sol y la luna del Cielo, que la tierra niegue la cosecha y todos sus millones de habitantes mueran de hambre en la más dura aflicción por cuanto guarde los sufrimientos temporales, antes que una sola alma, no digamos que se pierda, más que cometa un solo pecado venial, diga una sola mentira voluntaria o robe sin motivo un solo mísero céntimo” (ibid).

¿Es ahora así la nuestra conciencia católica? ¿Es entendida así la tarea de la Iglesia?

Queridos, la tarea de la Iglesia no puede cambiar, porque Cristo no cambia. No nos confiemos en los falsos maestros que intercambian el perdón, la indulgencia plenaria, con una “tregua” de aroma muy humano que sabe a diabólico.

A la intensidad del mal que se ha impuesto en el género humano, se contrapone con  el poder de enfrentarlo; el primer acto de este poder instituido por Dios y obviamente es un reto para el enemigo. Este preámbulo da un sentido a la posición de la Iglesia en el mundo, y da una llave para interpretar toda su enseñanza y su conducta a través de los siglos” (ibid).

Esto así, porque una Iglesia que entiende la misericordia como una “tregua” es un sinsentido y la destrucción de la Iglesia misma. Una Iglesia reducida de esta manera no tendrá una posición en el mundo… más bien, ya no la tiene más.

Suplicamos al Señor y a la Virgen María, para que nos conceda pastores según el corazón de Dios, que no teman enfrentarse al pecado y que desafíen al enemigo. Y a nosotros nos dé la inteligencia para reconocerlos.

[Traducción de Agustina Belén. Artículo original en italiano. Traducción en inglés.]




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