Liturgia

Actualmente hay que reconocer, y de forma clamorosa, el inmenso contraste que se da entre lo que enseña el Magisterio (sobre la Liturgia) y la praxis existente desde el continuado y creciente abuso contra el “Ejercicio del Sacerdocio de Cristo” (que es como se define a la liturgia tanto por Trento como por el Vaticano II). Y para ilustrar esta afirmación nada mejor que aludir a dos citas magisteriales:

De la Ordenación General del Misal Romano (punto 24): “El Sacerdote celebrante se halla al servicio de la Sagrada Liturgia y NO le es lícito añadir ni cambiar ni quitar nada según su propio gusto en la celebración de la Santa Misa”.

De la Constitución Sacrosanctum Concilium (punto 22.3): “NADIE, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia”

Sin embargo, y lamentablemente, se ha hecho ya “habitual y caso acostumbrado” que en muchísimas celebraciones litúrgicas se desprecien las rúbricas, se realicen añadidos, se eliminen palabras o frases completas, se alteren los gestos y hasta los mismos ritos, se sustituyan los textos autorizados por otros profanos, y en el peor de los casos se favorezca el sacrilegio masivo. Hoy día en no pocas diócesis sucede que los bautizados con una mínima formación van en busca de “una Iglesia donde se celebre BIEN la Santa Misa”, o, lo que es lo mismo: una Iglesia donde se celebre la Misa de Cristo y no la originalidad del que presida.

No deja de ser una actitud soberbia la de alterar la liturgia con objetivos presuntamente pastorales, ya que por ese camino lo que parece buscarse es un acercamiento de los fieles NO a Cristo sino al Ministro que preside y/o al grupo concreto de laicos (o religiosos) que se arroga el poder de cambiar lo sagrado. Por ese camino van surgiendo personajes con “carisma” atractivo que consiguen llenar los Templos mientras ellos tengan allí su destino, pero no obtienen la fidelidad al que vive en el Templo que es Cristo.

Tan sencillo como, desde la humildad, escuchar el magisterio de la Iglesia y ponerlo en obra: celebrar la liturgia no como a cada cual le parece sino como Dios quiere. Cuando la liturgia no se celebra como manda la Iglesia, entonces la Fe se convierte en ideología y la Caridad en mero humanismo de compromiso parcial.

Si la liturgia se celebrase siempre como Dios quiere (como manda la Iglesia) sería el comienzo de la regeneración: la fe se limpiaría de su adherencia cultural y la caridad se despojaría de su exclusividad humanista.