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La Misa de Pablo VI «bien celebrada»: ¡un mito!

Colaboración de Cyril Farret D’Astiès

Rorate Caeli tiene el honor de presentar la traducción de la circular nº 833 de Paix liturgique, publicada el pasado 15 de noviembre, previa autorización del director Christian Marquant. El artículo de Cyril Farret D’Astiès se publica precedido y seguido de comentarios de Paix liturgique.

INTRODUCCIÓN

Hace unas semanas, un grupo de sacerdotes, religiosos y laicos presidido por nuestro amigo Denis Crouan de la Asociación Pro Liturgia aprovechó la promulgación del motu proprio Traditionis custodes por parte de Francisco para elevar una súplica a nuestros pastores para que por fin pongan en vigor el Novus Ordo conforme a sus normas litúrgicas y abandonen todas las iniciativas que, según ellos, lo distorsionan y constituyen uno de los motivos por los que los fieles que se sienten atraídos por la liturgia tradicional se alejan del Novus Ordo.

Esta quimera es tan vieja como la existencia del Novus Ordo. Los escasos experimentos de «celebrar bien» la Misa de Pablo VI no son otra cosa que intentos de disimular sus deficiencias intrínsecas. No sólo eso; las autoridades las consideran celebraciones fundamentalistas (literalmente integristas), y por eso les ponen cortapisas.

Por eso, en nuestra circular 683 del 29 de febrero de 2019 habíamos recordado el caso del abad Jean-François Guérin, que más tarde fundaría la comunidad de San Martín, quien habiendo adoptado por obediencia en 1969 el rito nuevo de Pablo VI, el cual siguió celebrando con toda la pompa y ortodoxia que correspondería, fue amonestado una vez más por monseñor François Marty, arzobispo de París, que no veía el asunto de la misma manera. Es decir, que para el arzobispo François Marty la celebración del Novus Ordo no se debía entender según el espíritu de la tradición litúrgica y teológica, sino desde una perspectiva totalmente nueva en lo litúrgico, lo espiritual y lo teológico.

Podríamos citar igualmente los intentos de aquella especie de patriarca del clero parisino, el padre Gabriel Grimaud («sacerdote ultratradicionalista» según Médiapart, 19 de febrero de 2017), ex capitán del colegio de la Legión de Honor y director del Hogar San Juan Bosco de la calle Varize nº 23. Desde su ordenación hará unos cincuenta años, el padre Grimaud no ha dejado de celebrar el Novus Ordo dignamente, ad orientem, sin concelebrar una sola vez y con uso abundante del latín. Como era de esperar, ha sido perseguido y considerado un insoportable fundamentalista por la archidiócesis de París.

Como dijimos, esa actitud ha llevado a muchos fieles que se congregaban en torno a dichos sacerdotes a terminar por decidirse a favor de ser fieles a la liturgia tradicional. Liturgia que en algunos casos desconocían pero que les parecía más ajustada a su Fe, sus tradiciones religiosas y las de sus antepasados. Sin ánimo de ofender a aquellos dignos sacerdotes (recordamos también al P. Montarien, que celebraba en latín en la parroquia de los polacos de París), los fieles preferían el original de la Tradición a una simple copia.

Resulta algo patético observar que los amigos de Denis Crouan y algunos otros siguen engañados en cuanto a la naturaleza y verlos, cual nuevos sísifos, o más bien como quijotes, batiéndose todavía por una causa perdida de antemano: quieren corregir los efectos (los abusos litúrgicos) sin atacar la causa (una reforma que ha hecho pedazos el ritual).

Para dar una respuesta y aclarar a nuestros lectores, reproducimos el diáfano texto de Cyril Farret D’Astiès, que responde a los fieles  vinculados   al Misal Romano de S. Pablo VI:

Estimado padre, hermano, amigos:

He leído con gran interés la carta que habéis dirigido a los obispos como fieles apegados al Misal Romano de S. Pablo VI para que en todas partes la liturgia se celebre de manera digna y fiel a los textos promulgados después del Concilio.

Para empezar, les pido perdón. Perdónenme porque sé que los voy a ofender y hasta puedo decir algo que les duela. La liturgia es un tema tan central, tan importante, tan constitutivo para la Iglesia y para los que estamos bautizados que no puede ser de otra manera. Y me parece precisamente saludable que no seamos insensibles, porque sólo en la liturgia nos acercamos a las realidades sobrenaturales en las que creemos.

Pero la búsqueda de la verdad, la esperanza de salir de la actual crisis y el amor a la liturgia en sí me motivan a publicar esta respuesta, demasiado breve, que espero que se desarrolle aquí y en otras partes; con ustedes y con otros. Ésa era mi intención cuando hace un año publiqué un ensayo sobre el tema. Ahora bien, ¿quién se atrevería a organizar un debate sereno y franco sobre una cuestión tan esencial? ¿Jean-Marie Guénois? ¿Martial Bild? ¿Aymeric Pourbaix?

Dicho esto –y les pido por última vez confianza en mi sinceridad fraternal–, tengo que plantear a continuación la contradicción y las incoherencias de vuestra carta. Porque uno tiene que decir lo que ve, y –como exhortó Péguy– y ver lo que se ve, que es más difícil.

A ustedes les parece que hay exceso de creatividad en las parroquias y que eso en sí es un problema.

Estimados amigos, la creatividad es parte integral de la nueva liturgia; se fomenta y se cuenta con que la haya en todas partes dentro de unos esquemas que desde luego no permiten todos los excesos, pero sí muchas fantasías.

En un prólogo que escribió (Cérémonial de la sainte messe à l’usage ordinaire des paroisses suivant le missel romain de 2002 et la pratique léguée du rit romain de  Mutel y Freeman –soy consciente de lo mucho que aprecian ese manual–, monseñor Aillet, refiriéndose a las rúbricas del Misal nuevo, habló de una «vaguedad descriptiva» que suscita una especie de obligación de innovar. Esta descripción expone de manera elocuente la gran dificultad de entender exactamente qué se le pide y exige al celebrante y a los fieles. En la edición de 2002 de la Instrucción general del Misal Romano (texto de la máxima autoridad que determina con precisión cómo se debe celebrar la Misa) se utilizan [en la edición francesa en que se basa el texto original de esta carta, N. del T.] expresiones como si viene al caso” (29 veces), puede ser (113), a no ser que (10), sin embargo (33), se considere (13), en lugar de (2), recomendable (7), deseable (4), habitualmente (13), adaptar (22)…   Palabrasy expresiones todas que se refieren a posibilidades y opciones que se pueden adoptar según el arbitrio e inspiración del celebrante.

El punto 352 de dicha instrucción dice: «La eficacia pastoral de la celebración aumentará ciertamente si los textos de las lecturas, de las oraciones y de los cantos corresponden convenientemente, en cuanto sea posible, a las necesidades, a la preparación espiritual y a la índole de los participantes. Esto se obtendrá provechosamente empleando la variada posibilidad de elección que se describe más abajo.» Y desde luego las opciones descritas son numerosas (V. nº 390).

Dicen ustedes en su carta: «La eficacia de la liturgia en la vida de la Iglesia se debe en gran medida a los ritos prescritos, que transmiten la gracia asociada al sacramento».

¿No les chirría la palabra eficacia? ¿No les parece incoherente esta invasión taylorista y administrativa en un santuario de la liturgia que lleva la pátina de la cristiandad y está  teñido con el color del Cielo? Con todo, no puedo menos que darles razón: sin duda alguna es más eficaz; sobre todo en el ámbito pastoral V. por ejemplo, el nº49 de Sacrosanctum Concilium o el 352 de la Instrucción General): la reforma se deseó, llevó a cabo y aplicó.

Al contrario, el espíritu de la liturgia, tal como siempre se entendió en la Iglesia hasta mediados del siglo XX, siempre buscó lo lento, lo impráctico, la prodigalidad (flores, velas, incienso), los excesos irracionales, para ofrecer a Dios el culto debido.

Piden ustedes a nuestros obispos que den a conocer y apliquen las normas que fijó el Concilio y las incluyan en el Misal Romano.

Casi nada lo que piden. ¿A qué normas se refieren? ¿A las que hablan del uso ad libitum de cíngulo y dalmática, de rezar éste o aquel otro Credo, den seleccionar las lecturas entre muchas opciones (la versión larga o la corta), o, algo más problemático –ya que hablamos del meollo de la cuestión de la reforma litúrgica–: la norma que no distingue entre el Canon Romano y las plegarias eucarísticas para los niños (Instrucción General, nº 365)?

A continuación, hablan en la carta a los prelados de algunos aspectos prácticos y concretos. Démosles un breve repaso.

Silencio sagrado

La Misa nueva, al cimentarse sobre una necesidad imperiosa de comunidad, hace mucho hincapié en instrucciones, comentarios, palabras de bienvenida, anuncios… Los comentarios propuestos son numerosos y en algunos casos hasta cuesta llevar la cuenta, dado que los textos oficiales invitan a hablar constantemente: para saludar a los feligreses al principio de la Misa, una vez más antes de la Liturgia de la Palabra, antes y después de la oración de los fieles, otra vez antes o después de la Comunión… También se pueden dar indicaciones sobre si hay que arrodillarse o no o adoptar otra postura… La función del comentarista se explica  como un ministerio litúrgico en el nº 105 de la Instrucción General.

En tales circunstancias se hace difícil restablecer el silencio, y de manera especial el espíritu de silencio del que habló tan destacamente el P. De Tanoüarn en el capítulo 26 de su meditación sobre la Misa.

Propio de la Misa

El Propio de la Misa, con los hermosos textos que presenta [y no digamos los cánticos que los arropan] se echan a perder al dejar opciones a la discreción del celebrante y su   comisión litúrgica (V. por ejemplo lo que dice el nº55 de la Instrucción General del Introito y sus muchas posibles sustituciones). Unas mismas causas producen unos mismos efectos. No voy a insistir.

Orientación

La orientación (ad orientem) no es desde luego imposible en la Misa nueva. Hace ya varios años que los papas celebran la fiesta de la Candelaria así en la Capilla Sixtina. Eso sí, la Misa nueva no se concibió para celebrarla de ese modo. Unos pocos ejemplos lo demuestran sobradamente.

Para promover una vez más la participación, la Instrucción General da a entender repetidamente que es necesario que los fieles vean lo que hace el sacerdote en el altar (nº83); en el nº 307 se pide que los candeleros se dispongan de tal modo que «no se impida a los fieles mirar atentamente y con facilidad lo que se hace o se coloca sobre el altar»; el nº299 dice claramente: «Constrúyase el altar separado de la pared, de modo que se le pueda rodear fácilmente y la celebración se pueda realizar de cara al pueblo, lo cual conviene que sea posible en todas parte»; y el nº 303 que «en las iglesias ya construidas, cuando el altar antiguo esté situado de tal manera que vuelva difícil la participación del pueblo (…) constrúyase otro altar fijo (…) y realícense las sagradas celebraciones sólo sobre él».

Y aunque la Instrucción General especifique en varias ocasiones (nº 154, 157, 158,185) que el celebrante debe estar de cara a los fieles, en realidad esta disposición me parece, más que un giro de 180º, probablemente –y me refiero precisamente a lo que acabamos de comentar– que el sacerdote dirige su atención a los fieles, que mira hacia ellos y les habla a ellos, que deja de concentrarse en el altar para hacerlo en los feligreses.

El Misal de 1965 ya estaba pensado para celebrar de cara al pueblo y en lengua vulgar (el propio Papa había dado ejemplo de ello).

Por último, recordemos los palos que recibió el pobre cardenal Sarah cuando en la conferencia internacional Sacra Liturgia que se celebró en Inglaterra en 2016 intentó restablecer la orientación litúrgica de la celebración.

Latín

El latín, más que la orientación, no está prohibido, pero una vez más el espíritu y la letra del nuevo Misal son muy diferentes. Permítaseme reproducir una larga cita del propio Pablo VI, máximo legislador nada sospechoso de no comprender el espíritu del Misal que lleva su nombre y que él promulgó. Se trata de un discurso sobre la adopción del nuevo rito que pronunció en la audiencia del 26 de noviembre de 1969, que tuvo lugar cuatro días más tarde:

Será en esto en lo que se aprecie la mayor novedad: en la lengua. Ya no será el latín el idioma principal de la Misa, sino la lengua hablada. Es indudable que para quienes conozcan la belleza, la potencia y la sacralidad expresiva del latín su sustitución por la lengua vulgar supondrá un gran sacrificio: perdemos la expresión de los siglos cristianos, nos volvemos como intrusos y profanos en el ámbito literario de la expresión sagrada, y con ello perderemos buena parte de esa admirable e incomparable riqueza artística y espiritual que es el canto gregoriano. Desde luego, tenemos motivos para lamentarnos y quedarnos perplejos: ¿con qué sustituiremos esta angélica lengua? Es un sacrificio incalculable. ¿Y por qué motivo? ¿Hay algo que valga más que estos altísimos valores de nuestra Iglesia? La respuesta parece banal y prosaica, pero es válida; porque es humana, porque es apostólica. Que la oración se entienda tiene más valor que las vetustas vestiduras de seda con que se recubre; es más valiosa la participación del pueblo, este pueblo moderno que gusta de un lenguaje claro, inteligente y traducible a su conversación profana. Si la divina lengua latina nos aparta de la infancia, la juventud y el mundo laboral y comercial, si en vez de una ventana transparente somos una pantalla opaca, ¿haríamos bien los pescadores de almas en mantenerla como vehículo exclusivo de la oración y la expresión religiosa?

El canto gregoriano

En la Instrucción General del Misal Romano de 2002 no se menciona más que una sola vez, en el nº 41 (¡de 399!).

Polifonía

Se menciona también en el nº 41, que exige entre otras cosas «que sean conformes con el espíritu de la acción litúrgica y favorezcan la participación de todos los fieles». La Instrucción delega (nº 393) en las conferencias episcopales la competencia de «aprobar las melodías apropiadas (…) Les corresponde también juzgar qué formas musicales, qué melodías y qué instrumentos musicales pueden admitirse en el culto divino y hasta qué punto pueden ser realmente adaptados o adaptarse al uso sagrado».

Órgano

Lo mismo pasa con el órgano. Queda más bien librado a la imaginación y lo que las diversas culturas tengan a bien emplear en nombre de la participación y de la pastoral.

Muy resumidamente, hemos hecho algunas observaciones sobre estos puntos. Es evidente, como bien dicen ustedes, que todo esto «nos ha sido legado como un tesoro inestimable que arrebata nuestra alma al Cielo». Pero ya no son parte de la reforma litúrgica, sino opciones, posibilidades que además –algunas de ellas– chocan con el edificio global de la costumbre. Pienso concretamente en el latín, la orientación y el canto gregoriano. La nueva Misa, al contrario de lo que sería de esperar, no considera estas cosas un tesoro de valor incalculable porque pone en pie de igualdad la costumbre heredada y las innovaciones que surjan cualquier día (cuando no las promueven).

Queridos amigos, creo que desgraciadamente que al buscar en el Misal nuevo lo que no contiene más que de modo anecdótico o casual no hacen más que luchar contra molinos de viento. Y algo que es más lamentable: se privan inconscientemente del enorme tesoro de la liturgia tradicional que tienen al alcance de la mano y que satisfaría sus almas, pues es patente que tienen mucha piedad litúrgica.

Para empezar, y está claro que es lo más importante, en ella encontrarán el admirable Ofertorio y el Canon Romano, que sin duda les proporcionarán una devoción renovada y más profunda a la Sagrada Eucaristía. Pero también descubrirán otros tesoros: el subdiaconado, las órdenes menores con sus funciones litúrgicas, un calendario admirable, un Pontifical magistral con infinidad de enseñanzas incomparables de eclesiología, multitud de deliciosas rúbricas…

«¿Qué nos hará renacer a los que hemos ensuciado y vaciado el mundo? El pasado, con tal de que lo amemos» — Simone Weil, La gravedad y la gracia.

Cyril Farret d’Astiès

REFLEXIONES DE PAIX LITURGUIQUE

1. En realidad existe un Novus Ordo soñado por los amigos de Pro Liturgia y algunos otros, y una verdadera liturgia nueva totalmente ajena a ella que no constituye un rito sino una gran variedad de posibilidades litúrgicas.

2. Por tanto, no es incoherente pensar que no existe un Novus Ordo real, sino tantos Novi Ordines como sacerdotes que lo celebran o circunstancias en que celebran.

3. Entonces, ¿cómo puede el Novus Ordo ser la única expresión de la Lex credendi si brinda la oportunidad de expresar numerosas leges credendi?

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)

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