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De la tercera bienaventuranza; bienaventurados los que lloran porque serán consolados

 Meditación para el sábado veintidós

PUNTO PRIMERO. Pondera lo primero, que en estas palabras condenó Cristo las risas, los deleites, los festines y entretenimientos del mundo a los cuales no está vinculada la vida eterna que Dios promete a los que lloran, sino la muerte eterna, según aquello del santo Job (21): pasan sus días con alegría y bajan en un punto al infierno. Y lo que dice Cristo (2): ¡ay de vosotros que reís ahora, que lloraréis y gemiréis después! Porque, así como al día se sigue la noche y a la noche el día, de la misma manera a las delicias de este mundo se sigue la triste noche en el otro, y a la penitencia y lágrimas la luz alegre de perpetua alegría. Pondera pues cuánta es la ceguedad de los mortales, que por gozar aquí de un soplo de alegría soñada, pierden la verdadera y eterna que promete Dios para siempre a los que aquí lloran y se afligen con penitencia; y la prudencia de los buenos, que dando de mano a los deleites sensuales en esta miserable vida, granjean en la otra los eternos. ¡Oh felices los que aquí lloran, porque serán consolados eternamente; e infelices los que aquí ríen, porque gemirán sin consuelo, y llorarán sin fin en el infierno para siempre! Piensa, medita y considera cuán gran yerro es el de los malos, y cuánto acierto el de los buenos, y resuélvete a seguir a éstos y no a aquellos, porque merezcas ser consolado eternamente.

PUNTO II. Considera el valor de las lágrimas, que puestas en balanza pesan tanto como el cielo, pues vinculó Dios a ellas la bienaventuranza, diciendo: bienaventurados los que lloran, porque serán consolados; adonde has de ponderar con san Agustín y san Crisóstomo, que todo su valor tienen en la penitencia; porque el llanto nacido de verdadera contrición anega y borra los pecados, y alcanza el perdón y la gracia del Señor, que es la semilla de la bienaventuranza; y derramadas por los bienes temporales, son perdidas y no aprovechan nada. Pondera esta verdad, y no derrames perlas de tan subido valor por tan bajo precio; más estímalas como merecen, y pide a nuestro Señor que te dé este don de lágrimas, y la verdadera contrición de tus pecados para que merezcas el perdón y con él su divina gracia.

PUNTO III. Considera las causas que hay de llorar en los muchos pecados que se comenten en el mundo; las infidelidades, las herejías, las sectas falsas contra la verdadera religión, las guerras en los cristianos, los pecados entre los fieles que habían de servir más a Dios, el descuido de los pastores y predicadores en despertar el mundo y mirar por el rebaño del Señor, la infinidad de almas que se condenan por esta causa, el infierno poblado, el cielo desierto: llora y gime en el acatamiento de Dios, y pídele con instancia y perseverancia que ponga fin a  tantos males, y envíe ministros que miren por el bien de la Iglesia y la salud de las almas, y por la tuya en primer lugar, que es tu primera obligación.

PUNTO IV. Considera qué consuelo es el que promete aquí el Redentor a los que lloran; porque en primer lugar los consolará con el perdón de los pecados, como consoló a santa María Magdalena, que es la primera consolación; y en segundo lugar con la esperanza de la vida eterna y de alcanzar lo que piden, como consoló al santo Simeón, que lloraba por la salud de Israel: en tercer lugar los consolará, dándoles por las lágrimas una interior alegría y un gozo inefable con que alivie su tristeza y consuele su aflicción: y últimamente serán consolados, como dice San Agustín, en la gloria, trocando Dios su llanto en alegría, y sus lágrimas en perpetuas aleluyas y cánticos celestiales. Allí, dice san Juan, que limpiará Dios las lágrimas de los ojos de los bienaventurados (3), y no se oirá más llanto, ni gemido, ni clamor, porque todos será un gozo continuado, y una alegría y gloria perpetua sin alguna intermisión. Contempla la grandeza de su premio, y cuánto se gozan hoy los que le han alcanzado, y esfuérzate a merecerle con la gracia del Señor: pídele que te la dé para llorar tus pecados y los de todos los hombres, y esperar de su mano la consolación celestial.

Padre Alonso de Andrade, S.J

1- Job. 12
2-
Luc.6
3-
Apoc. 21




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Meditaciones diarias de los misterios de nuestra Santa Fe y de la vida de Cristo Nuestro Señor y de los Santos.

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