San Juan Crisóstomo compara la educación de un niño con la elaboración de una maravillosa estatua para Dios. Según el Doctor de la Iglesia la misión confiada a los padres de manera inmediata y privilegiada es llevarlo a la práctica de la virtud, enseñándole a amar el verdadero Dios y “a marcar todo lo que diga y haga con el signo de la cruz”.

La omisión en este campo, sin duda una de las más importantes, deja los tristes resultados que la sociedad de nuestros días nos permite comprobar y, por eso, los Papas no dudaron en calificarla peligrosa, perjudicial, injusta e incluso gravemente culposa.

Por tanto, aunque se escuche que lo importante es no dejarlos pasar hambre y darles escuela ¿es verdad que podemos ser indiferentes en relación a la educación religiosa de los niños? ¿Basta darles el alimento corporal para cumplir la misión confiada por el Señor a los padres? ¿Si ellos reciben la educación de cualquier confesión religiosa, llegarán a ser buenos cristianos? Todas estas preguntas ya fueron respondidas por el sabio Magisterio de la Iglesia y aunque se hagan afirmaciones para agradar a propios y extraños, tenemos elementos para elegir lo correcto.

No hay duda que la experiencia educativa de una persona se inicia desde la cuna, cuando empieza a oír la amorosa palabra de sus padres, que será recordada por siempre y pasará a las generaciones sucesivas, haciendo parte de la historia de las familias, como lo comprueba el Antiguo Testamento: “Lo que oímos y aprendimos, lo que nuestros padres nos contaron, no lo ocultaremos a sus hijos, lo contaremos a la futura generación: las alabanzas del Señor, su poder, las maravillas que realizó” (Sal 78, 3-4).

Desde las más antiguas generaciones la religión está relacionada con la educación y la Iglesia no se ha sustraído a esa misión, incentivando hombres y mujeres a dedicarse a tan importante vocación: fundar instituciones de enseñanza que sean punto de referencia de la comunidad católica. Afirma el Concilio Vaticano II que “la presencia de la Iglesia en la tarea de la enseñanza se manifiesta, sobre todo, por la escuela católica.” (Declaración Gravissimum educationis, n. 8, sobre la Educación Cristiana, del Concilio Vaticano II, 28 de octubre de 1965)

Dice Santo Tomás de Aquino que “la ciencia y el entendimiento se consiguen a través de la doctrina y la disciplina, y las dos cosas están prescritas en la ley. Así se dice: ‘Las palabras que yo te mando estarán en tu corazón’ (Dt 6, 6), y esto corresponde a la disciplina, ya que el discípulo debe aplicar el corazón a lo que se le enseña. A la doctrina pertenece lo que se añade a continuación: ‘Y las comentarás a tus hijos’ (v. 7)” (Suma Teológica. II-II, q. 16, a. 2). Doctrina y disciplina, éstas son características fundamentales de la educación católica que procura contribuir con la evangelización. Ya Juan Pablo II exhortaba a los docentes comprometidos con la comunidad cristiana a “mantener y reforzar el carácter católico de la institución” a que pertenecen, sin perder su horizonte de calidad, identidad y misión. (Juan Pablo II. Constitución Apostólica Ex corde Ecclesiae, n. 21, 15 de agosto de 1990)

Esta perspectiva fue la que animó a los 7 mil participantes del Congreso Mundial de Educación Católica promovido el pasado mes de noviembre y cuyo documento de síntesis conclusiva de los trabajos declara: “hoy como en el pasado, la misión educativa católica brota de la identidad misma de la Iglesia y de las instituciones educativas cristianas (escuelas y universidades) que se alimentan del mandato de la evangelización: ‘id por el mundo y predicad el evangelio a toda criatura’ (Mc 16,15ss)”. (Congreso Internacional de Educación Católica)

Sin embargo, estos profesores recibieron como consejo del Papa Francisco, en la Audiencia que les concedió como clausura del evento, las siguientes palabras: “¡nunca hagan proselitismo en las escuelas!”… ¿Estaría renunciando él a la misión de evangelizar? ¿Qué enseña la Iglesia sobre la importancia de la educación católica? Si quieres más respuestas entra aquí→