La política del gobierno italiano, bajo la dirección del ministro Francesco Crispi (entre 1887 y 1890), osciló entre la voluntad de llegar a una conciliación con el Vaticano (que se alcanzó solamente alrededor de 40 años más tarde, el 11 de febrero de 1929) y una acción radicalmente laicista y anticlerical. Crispi era masón, no deseaba un Concordato con la Santa Sede en cuanto tal; sin embargo, por sus ideas de grandeza era tentado por las grandes empresas (como la fundación de un Imperio italiano en Abisinia), que le habrían hecho pasar a la historia, pero la intervención enérgica del gran maestre de la masonería italiana, Adriano Lemmi, que era totalmente contrario a toda reconciliación con la Iglesia, encendió de nuevo la lucha del gobierno del Risorgimento contra el Vaticano. Entonces, llevado por este impulso, Crispi se volvió ferozmente anticlerical, promulgó una serie de leyes contrarias a la Iglesia y, en 1899, hizo erigir en Roma, en el Campo dei Fiori, una estatua a Giordano Bruno, tomado y presentado al público como símbolo del anticlericalismo.

La Encíclica Dall’alto (del Apostolico Seggio) [Desde lo alto de la Apostólica Sede, ndt] se dirige, por tanto, a los italianos para explicarles la guerra despiadada que se hace a la Iglesia por parte del gobierno de Crispi.

El Papa León XIII escribe que “desde lo alto de la Sede de Pedro”, en la que la Providencia le ha colocado en 1878, tras la muerte de Pío IX, para guiar a todos los pueblos a la salvación eterna, su mirada se eleva a menudo hacia Italia, “en cuyo seno Dios, por un acto de singular predilección, ha colocado la Sede de su Vicario en la tierra” (León XIII, Encíclica Dall’alto, en Tutte le Encicliche dei Sommi Pontefici, Milano, Dall’Oglio Editore, ed. V, 1959, 1º vol, p. 421), pero de su gobierno le provienen muchas amarguras en el presente. El Papa no se lamenta por las ofensas hechas a su persona, sobre las cuales sobrevuela fácilmente, sino que aquello que le preocupa mayormente es “la ruina hacia la cual vemos dirigirse a Italia, amenazada en su fe” (ib., p. 422). En efecto, la política del gobierno italiano no apunta sólo (que ya sería mucho) “a la independencia y la dignidad de la Santa Sede” (ivi) como poder político y temporal, sino que apunta “a la salvación de toda la nación italiana, que desde los primeros siglos abrió su seno a la religión católica [con Constantino en 313, ndr] y la conservó celosamente en todo tiempo. Parece increíble – exclama el Papa – pero es, sin embargo, cierto: hemos llegado a deber temer por esta nuestra Italia la pérdida de la fe” (ivi). Y como el enemigo (la masonería y el liberalismo) no dan tregua a la Iglesia, continúa León XIII, es necesario que no permanezca en silencio el Papa, sino que eleve su voz.

El sistema de guerra contra la Iglesia no es nuevo, pero es nueva la audacia, el ensañamiento, la intensidad, la rapidez con la que en el presente (1890) es conducido. Este “es el plan de las sectas, que se desarrolla ahora en Italia, especialmente en la parte que se refiere a la Iglesia y a la religión católica, con el objetivo final de reducirla, si fuera posible, a la nada” (ib. 423).

El proceso a las sectas masónicas, que guían este plan infernal, ya ha sido hecho en otras varias Encíclicas de los Sumos Pontífices: se conoce todo de la masonería: “sus fines, sus medios, sus doctrinas, su acción. Ellas están invadidas por el espíritu de Satanás, de quien son instrumento. Ellas arden, como su inspirador, de un odio mortal e implacable contra Jesucristo y su obra, haciendo todo lo posible por detenerla y abatirla. Esta guerra se combate más que en ningún otro sitio en Italia, donde la religión católica ha echado las raíces más profundas, y sobre todo en Roma, donde se encuentra el centro de la unidad católica y la Sede del Pastor y Maestro universal de la Iglesia” (ivi).

La acción del Estado italiano está “completamente dirigida por sí misma a eliminar de la nación italiana la impronta religiosa y cristiana: de las leyes y de todo aquello que es vida oficial es eliminada por sistema toda idea religiosa” (ivi).

“La declaración de los autores masónicos es la de socavar con todos sus medios el clericalismo (o sea, el catolicismo) en sus fundamentos, es decir, en la escuela y en la familia” (ib., p. 424).

El Papa protesta contra la erección del monumento “al infame apóstata de Nola [Giordano Bruno, ndr]. Su objetivo fue el de deshonrar al Papado; su significado es que ahora se quiere sustituir la religión católica por la libertad absoluta de examen, de crítica, de pensamiento y de conciencia. […] El Jefe de gobierno ha declarado que la lucha real y verdadera de hoy es la que hay entre la fe y la Iglesia de un lado y el libre examen y el racionalismo del otro” (ib., p. 425).

“Con este plan”, continúa el Papa, “se allanará el camino a la abolición del Papado” (ib., p. 426), si fuera posible.

El Pontífice ofrece los remedios a tanto mal: 1º) instruir al pueblo católico acerca del verdadero estado de las cosas en Italia y acerca de la índole esencialmente religiosa que en Italia tiene la lucha contra el Papa; 2º) hacer comprender que, como “este es un tiempo de lucha intensa, sería una vileza desertar del campo de batalla y esconderse” (ib., p. 427); 3º) ya que el instrumento principal del que se sirven los masones para combatir a la Iglesia es la prensa, los católicos por su parte deberán oponer la buena prensa a la mala (ivi).

La secta masónica ostenta en público un espíritu filantrópico, pero en realidad y bajo las apariencias ejerce una influencia funesta sobre la Sociedad civil, porque combate e intenta destruir la religión de Jesucristo. Pues bien, la religión influye saludablemente sobre la Sociedad civil, mientras que sin religión no existe buena vida moral ni pública ni privada.

Finalmente, para Italia la pérdida de la religión sería todavía más desastrosa, porque de ella han venido todas sus glorias “por las que, entre las naciones más cultas, Italia tuvo durante mucho tiempo el primado. Arrebatar, por tanto, a Italia la religión equivaldría a secar la fuente más fecunda de tesoros inestimables que de esta le derivan” (ib., p. 429).

Otro mal, advierte apasionado el Papa, se asoma por el horizonte: es el socialismo, lleno de espíritu de subversión y de desorden. Es necesario, por tanto, reunir todas las fuerzas conservadoras para detener sus progresos. Entre estas fuerzas, la principal es la Iglesia; sin ella serán vanas todas las leyes más severas e incluso el uso de la fuerza armada. En efecto, “como ya contra las hordas bárbaras no valió la fuerza material, sino la virtud de la religión cristiana, que, penetrando en sus almas, apagó su ferocidad, hizo amables sus costumbres, los volvió dóciles a la voz de la verdad y de la ley evangélica; así, contra el enfurecerse de las multitudes desenfrenadas (por el socialismo) no habrá amparo eficaz sin la virtud saludable de la religión. Hostigar, por tanto, a la Iglesia es privar a Italia de la ayuda más poderosa para combatir a un enemigo (el socialismo), que se convierte cada día en más formidable y amenazador” (ib., p. 430).

Además, en el orden político, la enemistad del gobierno contra la Santa Sede es fuente de muchos y graves daños para Italia. En efecto, esta enemistad crea dentro del País una división profunda entre la Italia oficial, o sea, el gobierno liberal, y la Italia real, o sea, la mayor parte de los italianos, que son verdaderamente católicos, y como toda división significa debilidad, se debilita la nación frente al socialismo que le asalta. En cambio, si reinase la paz entre el gobierno y la Iglesia, “Roma, predestinada por Dios para ser el centro de la religión de Cristo, volvería a ser aquello que la hicieron la Providencia y los pasados siglos, no reducida a la condición de capital de un reino particular (el reino de la Casa de Saboya), ni dividida entre dos poderes diferentes (el estado del Risorgimento y la Iglesia), sino capital de todo el mundo católico, maestra y ejemplo de civilización para los pueblos” (ivi).

El Papa, por tanto, concluye que sólo de la fidelidad a la religión, de la paz con la Iglesia y con el Romano Pontífice se puede esperar para Italia un futuro digno de su glorioso pasado”.

Leo

(Traducido por Marianus el eremita/Adelante la Fe)

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