Onán

Estimado sí sí no no,

Cuando era pequeño, me gustaba pensar a la luz de Jesús, y pronto me di cuenta de que Él agrandaba mi inteligencia cada vez más. Claro, porque la Fe católica da una luz divina que nadie puede dar y la inteligencia, incluso la de un niño, es ennoblecida al máximo. Ahora que soy viejo, soy capaz todavía de tener “buenas ideas”.

El otro día, me vino a la cabeza Onán, hijo de Judá y, por tanto, nieto del patriarca Jacob. La historia de Onán viene narrada en el cap. 38, versículos 1-11 del Génesis. Éste, según la ley del levirato, tras la muerte de su hermano Er, es invitado a casarse con su cuñada Tamar para asegurar su descendencia, porque el hijo nacido de la unión era considerado hijo del difunto. Pero he aquí lo que escribe el Génesis citado ahora. “Onán sabía que la prole no sería considerada como suya y cada vez que se unía a la mujer derramaba (el semen) por el suelo para no dar una posteridad a su hermano. Lo que hacía no fue agradable al Señor, el cual le hizo morir también a él”.

Quien estudiaba teología moral hasta los años ’60 del siglo pasado, aprendía que el pecado de Onán (onanismo), tan difundido en la antigüedad y quién sabe cuánto hoy, es un pecado gravísimo contra el verdadero amor conyugal, contra la vida y, por tanto, contra Dios. Viéndolo sólo desde un punto de vista humano, es un “jugar al amor”, ya que el amor es la realidad más seria que existe, es colaborar en la creación de Dios. Quien profana el amor, ofende a Dios y profana al hombre y a la mujer. Hoy dudo mucho que quien estudia teología moral piense así, “según Dios”, y el daño de las almas es enorme.

El inolvidable padre Ermenegildo Lio (1920-1992), hijo de San Francisco de Asís en la Orden de los Menores, sólido moralista, primer colaborador y consejero de Pablo VI en la redacción de la encíclica Humanae vitae (25 de julio de 1968), apelaba también a este texto bíblico de Gén 38, 1-11, en defensa de la Moral de la Sagrada Tradición Católica, ¡que es inmutable como Dios!

Pues bien, he aquí mi “idea”. Los hechos de Jacob, Judá y Onán se desarrollan en torno al 1700 a. C., cuando los grandes filósofos griegos estaban todavía muy lejos de nacer y faltaban todavía mil años para la fundación de Roma (753 a. C.). En un mundo de una moralidad de “acordeón”, en un mundo situado en la inmoralidad, estas tribus nómadas de Palestina, que están en el origen del pueblo de Israel, ya sabían que la acción de Onán no era agradable al Señor, por ser gravemente pecaminosa. ¿Cómo podían llegar por sí solos a pensar así?

Hay más. El libro del Génesis, como todo el Pentateuco, es obra sustancial de Moisés (como garantiza el mismo Jesús: “Moisés escribió de Mí”, Jn 5, 46). Pues bien, Moisés escribe en torno al 1250 a. C., cuando el mundo circundante a la naciente nación hebrea no estaba en absoluto más moralizado, cegado como estaba por el pecado y por la rebelión contra Dios, seguida al pecado original. Pero Moisés, escribiendo, señala la acción de Onán como pecaminosa y contraria a la sexta palabra de la segunda tabla de la Ley: “VI, no fornicarás”.

Concluyo la “idea”: incluso esta página, que narra y condena la acción de Onán, es tan superior a la moral entonces corriente (¡los onanistas eran y son legión!), que sólo puede estar inspirada por Dios. Esta página nos dice que Dios ya amaestraba a su pueblo con la divina Revelación, ¡a la que es necesario responder con el asentimiento de la fe y la obediencia de las obras!

Revelación que alcanzó su máximo con la Encarnación del Hijo de Dios Jesucristo, que dio vida a la santidad, a la explosión de la santidad y de la civilización cristiana, que es la única verdaderamente humana. Hoy, sin embargo, el onanismo, y lo que es aún más grave que el onanismo, ha alcanzado su máximo, quizá el culmen de la organización, algo programado a nivel planetario. ¿Con qué resultados? La degradación del hombre y de la civilización: el hombre harto, nihilista y desesperado, como nunca lo ha estado.

Por tanto, el remedio está sólo en una Iglesia que sepa ir de nuevo contra todo pecado e indicar con fuerza renovada el Decálogo, pero perfeccionado por la Luz y por la Gracia de Jesucristo. ¡No hay otra salida!

Insurgens

(Traducido por Marianus el eremita/Adelante la Fe)

SÍ SÍ NO NO
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