PUNTO PRIMERO

Considera que no es corto el número de los que se salvan solamente respecto a aquella multitud casi innumerable de infieles, de herejes y de cismáticos; lo es también respecto a la muchedumbre espantosa de fieles que se condenan dentro del mismo seno de la santa Iglesia. Hay pocas verdades más terribles que esta verdad, y quizá ninguna hay ni más clara ni más sólidamente establecida.

Trabajad en entrar por la puerta angosta, decía el Hijo de Dios, porque es ancha la puerta, es espacioso el camino que guía a la perdición, y son muchos los que van por él. Al contrario, ¡qué angosta es la puerta, que estrecho es el camino que guía a la vida, y qué pocos van por este camino!

Muchos son los llamados, dicen en otra parte, pero aun entre los llamados son pocos los escogidos (1). Repetía tantas veces esta terrible verdad el Salvador a sus discípulos, que uno de ellos le preguntó en una ocasión: ¿Es posible, Señor, que sea tan corto el número de los que se salvan? Y el Hijo de Dios, por no espantar, por no acobardar a los que le oían, hizo como que eludía la pregunta, y solamente le respondió (2): Hijos míos, la puerta del cielo es estrecha, haced cuantos esfuerzos podáis para entrar por ella.

El apóstol San Pablo, lleno del mismo espíritu que su celestial Maestro, compara indiferentemente todos los cristianos a los que corren en el estadio (3). Todos corren, dicen, pero uno solo es el que lleva el premio y la corona. Y para dar a entender que habla precisamente de los fieles, trae el ejemplo de los Israelitas en cuyo favor había obrado Dios tantas maravillas. Todos, dice, fueron mística o figurativamente bautizados por Moisés en la nube y en el mar; pero de más de seiscientos mil hombres capaces de tomar armas, sin contar las mujeres, los viejos y los niños, sólo dos entraron en la tierra de promisión, Caleb y Josué. ¡Terrible comparación! Pero ¿será menos terrible lo que significa?

De todos los habitadores del universo, una sola familia se escapó de las aguas del diluvio. De cinco populosísimas ciudades que fueron consumidas con el fuego del cielo, sólo cuatro personas se libraron de las llamas. De tantos paralíticos como esperaban alrededor de la piscina, sólo uno sanaba cada mes. Isaías, compara el número de los escogidos al de las pocas aceitunas que quedan en la oliva después de la cosecha; al de los pocos racimos escondidos en la vid que se escapan a la diligencia de los vendimiadores. ¡Buen Dios, aun cuando fuese verdad que de diez mil personas una sola habría de condenarse, yo debiera temblar, debiera estremecerme, temiendo ser esa persona infeliz! Puede ser que de diez mil personas apenas se salve una, ¡y vivo sin susto! ¡y estoy sin temor!

¡Ah, dulce Jesús mío, y cuán de temer es esta seguridad tan parecida a un letargo! Voy con la muchedumbre por el camino espacioso, y ¡espero llegar al término del camino estrecho! ¡Qué confianza más irracional!

PUNTO SEGUNDO

Considera que aun cuando la fe no nos enseñara esta tremenda verdad, suponiendo ciertos principios evangélicos en que convienen todos los cristianos, bastaría la sola razón natural para convencernos de que es corto el número de los que se salvan.

Instruidos de las verdades de nuestra religión, informados de las obligaciones de los cristianos, convencidos de nuestra propensión al mal y de la licencia de las costumbres del siglo, ¿se podrá inferir racionalmente que se salvan muchas gentes?

Para salvarse es menester vivir según las máximas del Evangelio: bien; ¿y es grande el número de los cristianos que viven hoy arreglados a estas máximas?

Para salvarse es necesario hacer descubierta profesión de ser discípulos de Cristo: ¡Ay! ¡cuántos, el día de hoy, se avergüenzan de parecerlo! Es necesario renunciar o efectiva o afectivamente a todo lo que se posee; es necesario cargar con la cruz todos los días. ¡Qué pureza inalterable! ¡qué delicadeza de conciencia! ¡qué humildad profunda! ¡qué bondad ejemplar! ¡qué solida piedad! ¡qué caridad! ¡qué rectitud! Por estas señales ¿se conocen en este mundo muchos discípulos de Cristo?

Es el mundo enemigo irreconciliable del Salvador; no es posible servir a un tiempo a estos dos señores. Pues juzgad ahora cual de los dos tiene más criados para le sirvan.

Para salvarse no basta no vengarse del enemigo; es menester hacer bien a los que hacen mal. No basta condenar los pecados de obra; es menester tener horror aun a los mismos malos pensamientos. No basta no retener injustamente los bienes ajenos; es menester socorres a los pobres con los propios. Reprueba la ley cristiana toda profanidad, todo fausto, toda ambición; ha de ser la modestia el más bello ornamento, la más rica gala de los que la profesan. Según esta pintura, ¿conocéis por ahí a muchos cristianos?

Ya sabes cual es el primer mandamiento de la ley: Amarás a tu Dios y Señor con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu espíritu, y al prójimo como a ti mismo; este es el primero y principal mandamiento, este es el fundamento de todos los demás. Haz reflexión a todas estas palabras; mira si hay muchos que guarden este mandamiento, y concluye si son muchos los que se salvan.

Es el Evangelio la regla de las costumbres; pero valga la verdad, ¿las costumbres de la mayor parte de los cristianos, son arregladas a las máximas del Evangelio? Para entrar en el cielo es menester, o no haber perdido la gracia, o haberla recobrado por medio de la penitencia; y ¿será muy crecido el día de hoy el número de los inocentes, o el de los penitentes verdaderos? Según estas pruebas, fundadas en la misma razón natural, juzguemos serenamente si serán muchos los que se salvan; y concluyamos que, aunque Cristo no se hubiera explicado con tanta claridad sobre su corto número, nuestra misma razón nos está dictando que es muy crecido el de los que infelizmente se condenan.

Dulce Jesús mío, que moriste pendiente en un afrentoso madero por la salvación de todos los hombres, no permitáis que yo sea del número de los que se pierden. Piérdase, mi Dios, el que quisiere; que por lo que a mi me toca, aunque supiera que uno sólo había de salvarse, haría, con de vuestra divina gracia, todo lo que pudiese para ser yo ese uno sólo.

Padre Jean Croisset S.J (*)
Año Cristiano, 24 de febrero (1864)
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1.Mateo 20
2.Lucas 13
3. I. Corintios 10
(*) Jean Croisset (1656-1738) fue un clérigo y escritor francés, de la Compañía de Jesús. Mantuvo una estrecha relación con Santa Margarita María de Alacoque. Su obra más difundida es una exposición del calendario romano general, que incluye un extenso santoral con anécdotas hagiográficas, denominado El año cristiano (L’année chrétienne : contenant les messes des dimanches, fetes & feries de toute Pannée en latín et en François, avec L’explication des epitres & des evangiles, & un abregé de la vie de Saints don on fait l’office,1​ desde 1712), traducida al español por el Padre Isla (Año cristiano o Exercicios devotos para todos los días del año,​ desde 1753). Otras de sus obras, todas de género devocional, son Libro de las ilusiones del corazón (o Ilusiones espirituales) y Paralelo de las costumbres de este siglo y la moral de Jesucristo. Su obra Año Cristiano puede descargarse en Adelante la Fe

Meditación
Meditaciones diarias de los misterios de nuestra Santa Fe y de la vida de Cristo Nuestro Señor y de los Santos.