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“Me siento un gigante”

Estimado sì sì no no,

esta mañana a la salida de Misa, me he acordado de una anécdota de hace más de 30 años. Una mañana, día libre en el colegio, tras haberme despertado vivo, me levanté todo satisfecho, porque había conseguido a final de mes, apartar 300 mil liras, que habría llevado al banco. Cosa que hice la misma mañana.

En la ventanilla, le dije al cajero: “Ingreso 300 mil liras en mi cartilla”. Me sentía algo importante. Un instante después, percibí en la ventanilla a mi izquierda a uno que decía en voz baja: “Este mes ha ido muy bien, ingreso diez millones”. Sin volverme, con el rabillo del ojo, me di cuenta de que el afortunado y empresario señor había sido compañero mío en la escuela primaria. Después, con inteligencia, con tenacidad, con honestidad, todavía muy joven, consiguió llegar a ser un óptimo empresario, cada día en crecimiento, todavía hoy en crecimiento, no obstante la crisis, capaz de dar trabajo a alrededor de 30 empleados, que lo estiman y le están agradecidos.

Yo había ingresado en mi cuenta 300 mil liras, él ingresaba 10 millones (¡de liras, se entiende!). Aun siguiendo estando contento y en absoluto envidioso, me sentí sensiblemente lo que soy: una nulidad. Aquella mañana, realizada la operación bancaria, nos saludamos como viejos amigos, le ofrecí un café y le di las gracias porque daba trabajo ya a una treintena de personas. No estaré nunca de la parte de aquellos de “izquierda”, mucho menos si se confiesan católicos (=catocomunistas, progresistas), pero soy muy sensible a los problemas de los trabajadores, sobre todo de los muchachos que buscan trabajo. Solo puede ser así para un católico que quiera amar verdaderamente a Jesús, que no era “un platónico”, sino un trabajador, un artesano.

Desde aquel encuentro han pasado decenios. Él ha crecido como empresario, yo he trabajado de profesor de literatura en la escuela media, de filosofía en el bachillerato psico-pedagógico, de religión en la escuela secundaria. El Señor Jesús, al que he amado siempre, como me aseguraba mi “padre espiritual”, desde que tenía 17 años, no me ha hecho faltar nunca lo necesario, pero vivo de mi pequeña pensión. Y punto. Gracias, Dios mío.

El empresario y yo somos septuagenarios. Él tiene mujer e hijos y nueras y nietos y una empresa que hace negocios con capacidad y honestidad. Yo vivo solo con Jesús solo. No me arrepiento de nada: solo que habría debido y podido amar y hacer amar más al Señor. Me siento todavía una nulidad y alabo a Dios.

Esta mañana, me he encontrado de nuevo al empresario. “¿Cómo va”, le pregunto. Me responde: “Cuando teníamos 20 años, aun solo 40, iba mejor… Ahora caminamos hacia la noche, cada día que pasa, hacia la noche cada vez más”. Replico, sonriendo: “¿Por qué hacia la noche? Más bien caminamos hacia la Luz.”. “¿Cómo?”. “Sí, querido amigo, caminamos hacia el Paraíso, donde Él nos espera”.

El empresario ha reído de una manera extraña, después se ha puesto más rojo que un tomate. Habría querido seguir el discurso, pero otros señores se lo han llevado. Estaba perdido, desconcertado, en el fondo triste, muy triste. Triste como quien piensa ir solo hacia la noche, la noche profunda. Yo, con mi Jesús, que me lleva a la luz de Dios, me he sentido un gigante. Me siento un gigante. ¡Gracias, Jesús!

Mira qué certezas da la fe, estimado sì sì no no. ¡Viva!

Lucius

(Traducido por Marianus el eremita)

SÍ SÍ NO NO
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