MEDITACIÓN

De la gloria y premio de los buenos

Para el sábado primero de Adviento

PUNTO PRIMERO. Considera ante tus ojos al lugar de la bienaventuranza, y mira, como si la tuvieras presente, aquella corte celestial del cielo poblada de todos sus cortesanos, vestidos de gloria y resplandor, repartidos en coros y escuadrones lucidísimos, ordenados con admirable disposición y armonía: extiende la vista a la latitud de aquel lugar, que no hay entendimiento criado que le pueda comprender mira su hermosura sobre todo cuanto le puede imaginar, pues el paraíso de deleites que Dios dispuso para el primer hombre es nada en su comparación; pues no hay cosa imaginada de gusto, ni deleite para el cuerpo y para el alma, que no se halle allí con toda perfección, a donde Dios hizo alarde de su sabiduría y poder, y del amor que tiene a sus escogidos, labrándoles un palacio digno de su grandeza y liberalidad: todo está bañado de luz, sin que tengan lugar las tinieblas, ni haya diferencia de día ni de noche: allí no hay enfermedad, ni puede llegar el, dolor, ni la tristeza; ni cosa que dé pesar, porque todo es gloria, gozo y dulzura en la bondad inmensa de Dios. Saca de aquí aprecio de aquella celestial Jerusalén, desprecio del mundo, y deseos vivos de gozarla, sin perdonar a trabajo, ni cuidado por conseguirla.

PUNTO II. Coteja este lugar con el de los condenados, y la gloria de los unos con los tormentos de los otros, para que de la comparación de ambos reluzca más la excelencia de la gloria de los bienaventurados: en cuanto al lugar contempla la anchura, claridad y hermosura del uno, y la estrechura, oscuridad y fealdad del otro; la compañía de los ángeles y la compañía de los demonios: discurre por los cinco sentidos, y mira cómo los bienaventurados emplean sus ojos en ver cosas hermosísimas y de tanta maravilla, que sola la vista de un ángel excede á todo cuanto hay, ni puede haber en el orbe; y los condenados siempre ven cosas horribles, espantosas y de inmenso horror; los santos oyen músicas dulcísimas y suaves de coros de ángeles y serafines, de cánticos y alabanzas de Dios, y los condenados oyen aullidos espantosísimos, gemidos, gritos, blasfemias, maldiciones sin orden ni concierto: los del cielo gozan de olores suavísimos, más que cuantos aromas hay ni habrá en todo el mundo; y por el contrario los condenados padecen hedores terribilísimos de aquel hediondísimo lugar; los del cielo tienen el gusto dulcísimo, sin hambre, ni sed, ni cosa que les dé fatiga, antes bien una satisfacción más que si hubieran gozado todos los manjares delicados y sabrosos al paladar; y los condenados están amargados con hiel de dragones, padeciendo siempre rabiosa hambre y ardentísima sed: los santos tienen en la gloria el tacto templado y gustoso con eterna salud, en perpetua primavera y temple celestial, sin frío, ni calor, ni cosa que les pueda molestar; y los condenados están ardiendo en las más voracísimas, embestidos de víboras y serpientes, y de todo cuanto les puede causar tormento y dolor ; y a más de esto los que están en la gloria no tienen deseo que no sea cumplido, gozan de suma paz y amistad, y todos son sabios, prudentes y agradables, y se aman y quieren en Dios entrañablemente; y los del infierno están en perpetua guerra sin tenerse amor ni amistad, sin ciencia, ni prudencia, ni memoria de cosa que no sea para su tormento: contempla estas verdades, y escoge de los dos lugares el que mejor te está, y mira que al primero se va por la cruz y penitencia, por donde fue Cristo Redentor nuestro, y al segundo por los deleites y riquezas de la tierra, por donde caminaron los que padecen en él; y anímate con el favor de Dios a dejar la vida ancha, y entrar por la senda estrecha de la virtud.

PUNTO III. Considera que aún no se ha acabado aquí la gloria de los bienaventurados, porque resta considerar los cuatro dotes de que goza el cuerpo de cada uno de ellos, que son claridad, sutileza, agilidad é impasibilidad: por la claridad resplandecerá cada uno más que el sol; y si un sol da tanta luz a todo el universo mundo, ¿qué harán tantos en aquella nobilísima ciudad, cada uno de mayor resplandor? Por la sutileza parecerá más espíritu que cuerpo, sin que pueda impedir cosa alguna para entrar o salir a donde quisiere: la agilidad le hará tan ligero, que solo con su voluntad estará en un instante a donde quisiere; y así aunque el lugar es tan dilatado, se ven y hablan, y comunican todos íntimamente sin alguna dificultad: la impasibilidad los hará exentos de toda enfermedad , dolor, cansancio o accidente que les pueda molestar; porque ni el fuego les puede que mar, ni el frío helar, ni las espadas herir, ni padecer, antes gozarán de una sanidad inamisible y de una salud eterna: las potencias interiores de la memoria, entendimiento y voluntad estarán así mismo bañadas de un mar de gozo, sin que ten gran cosa que apetecer, o desear; porque la memoria estará siempre pensando en cosas de gusto, y tendrá presente lo pasado y lo futuro, con lo presente para gozarse de todo: el entendimiento viendo a Dios, como ahora diremos, y entendiendo todas las cosas en él; y la voluntad, amándole íntimamente con perfectísima caridad. Pídele a Dios gracia para empezar acá lo que has de continuar allá, y para emplear todas las potencias de tu alma en amarle, entenderle, meditar y contemplar su bondad, y tenerle siempre presente en tu memoria, como lo hacen los ángeles y los santos de su gloria.

PUNTO IV. Considera la gloria esencial de que gozan los bienaventurados, viendo a Dios como en sí es, que es el origen y rail de todos los bienes que gozan, y en que consiste la bienaventuranza; porque viéndole le conocen, y conociéndole, le, aman, y amándole, se unen íntimamente con él y se hacen una imagen suya, al modo que un cristal penetrado de los rayos del sol parece un sol en la hermosura y resplandor; así, dice san Juan: que cuando le viéremos, seremos semejantes á él en el amor, luz y claridad: no hay lengua que pueda decir el mar de perfecciones y virtudes que comunica el Señor con su vista a las almas de los bienaventurados; mas o menos conforme a los grados de sus merecimientos, el gozo, la alegría, el contento, la satisfacción, la seguridad de no perder el bien que posee jamás, sin que les cause fastidio la suma dulzura que gozan, antes siempre se les hace nueva; y como dice san Pedro: gozándole, le desean gozar, y viéndole, le desean ver, porque cada día se les hace más nuevo y más de desear; y sobre todo cae la duración de esta gloria que no es por años limitados, ni por siglos, sino sin límite ni término, por una eternidad sin fin. Cava y ahonda, piensa y contempla en esta eternidad, eternidad sin fin, sin fin, para siempre, para siempre, sin que haya de acabar, y reconoce cuan vil y menguado y nada es todo cuanto el mundo adora: déjalo todo y di con san Pedro: Señor, estémonos aquí: no desees, ni procures, ni estimes, ni aprecies sino a Dios y su gloria, y como esta no pierdas, no cures de cosa temporal.

Padre Alonso de Andrade, S.J

Meditación

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