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Mi amigo Tobías

Hace algunos días, rezando el Breviario, me impresionó el cántico de Tobías, allí donde dice: “Yo le alabo en el país de mi exilio y manifiesto Su gloria y grandeza a un pueblo de pecadores” (Tobías, 13, 2-10).

Tobías es un piísimo israelita de la tribu de Neftalí, que, a pesar de encontrarse en el exilio con su familia en Nínive, ciudad pagana, se mantiene fiel a la Ley y al culto del verdadero Dios, el Dios único, que se reveló a Abrahán, Isaac y Jacob. Ningún pagano ni ningún israelita tibio o apóstata consiguen apartarlo de la Ley de Dios, ni siquiera en la desgracia. Con esta fe en el Dios único y verdadero, Tobías hace obras de caridad hacia sus connacionales, proveyendo a enterrar sus cadáveres y soporta con fortaleza la persecución que se desata contra él.

En definitiva -he aquí el primer motivo por el que me es simpático y lo siento como amigo- Tobías es un creyente que vive en medio del paganismo, en el que los creyentes en el verdadero Dios, son ahora un pequeño resto, el “pusillus grex”, y sin embargo guarda la fe de los Padres, practica la caridad, da testimonio de la Verdad y fortaleza heroica.

Hoy también, el católico que quiere ser fiel a Jesucristo, a su Doctrina y a su Ley, se encuentra viviendo, como Tobías, en la soledad, a menudo en la persecución, si no cruenta, al menos de burlas cotidianas a causa de Jesús. El católico, porque está llamado a ser fiel a la Tradición de los Padres, de Jesús hasta nosotros: “quod accepi, ego tradidi vobis” (I Cor., 11, 23). Pero he aquí que el argumento da un paso hacia delante: el católico está llamado hoy, no sólo a ser fiel a Jesucristo, sino a tradere, a transmitir a Jesús a los demás. Tobías -él mismo lo confiesa, dando gracias al Señor, en el cántico citado- “alaba a Dios, al Dios verdadero, en el país de su exilio y manifiesta su gloria y grandeza a un pueblo de pecadores”.

Pensad, amigos, en el comportamiento de este hombre piísimo; está solo en su fe en el verdadero Dios y como mucho con otros pocos, que no tienen su valor, y sin embargo, no sólo permanece fiel, sino que hace conocer al verdadero Dios a los paganos, a aquellos que lo hostigan, que se burlan de él y le hacen vislumbrar todos los riesgos, incluida la muerte, de su acción ardiente.

No es sólo un testigo mudo, sino un apóstol locuaz de Dios en medio de los paganos, de los pecadores, de los negadores de Dios, del Dios verdadero. No se pone de acuerdo en los “valores comunes” (estilo “ecuménico” desconocido en la Sagrada Escritura), sino que les da a conocer al verdadero Dios, su existencia, su amor por su pueblo y por quien Lo sigue, sus promesas que se cumplirán en el futuro Mesías.

Así debe ser hoy el católico. A pesar de vivir solo, o con pocos amigos que se cuentan con los dedos de una mano, a pesar de ser perseguido, debe, no sólo ser fiel, que es ya una gran cosa, sino debe anunciar – tanto si es escuchado como si no – a Jesucristo, su Evangelio, su luminoso estilo de vida. Sí, debe anunciar a Jesús, el único Salvador, al mundo que le es hostil, a los hombres de las falsas “religiones”, que están llamados a convertirse, y no debe buscar los lugares comunes, que a menudo no existen o son ambiguos. En una palabra, Tobías es “profecía” de lo que está llamado a ser todo fiel de Jesús: testigo, apóstol, “doctor que enseña”, misionero que abre el camino a Jesús.

Pero me impresionó una cosa. En el mundo de la deportación en las lejanas provincias del vasto imperio asirio, Tobías no era seguramente el único que daba a conocer al Dios verdadero y sus promesas a quien no lo conocía. Sucede también un hecho maravilloso: que muchos paganos, gracias a piísimos israelitas como Tobías, conocen al verdadero Dios, en Oriente, y en las costas del Mediterráneo, de Fenicia a Libia y quizá más lejos, en Grecia y en Roma. Así que muchos, fuera del pueblo de Israel, conocen al verdadero Dios y la espera de un Enviado de Dios, el Mesías.

Sí, Tobías es mi amigo, y me propongo hacer por mi Jesús en este mundo convertido en pagano, lo que él hizo en la Nínive pagana por el verdadero Dios.

Candidus

[Traducido por Marianus el Eremita]




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