Nos preparamos para el Sínodo de la Familia… rogando a la Santísima Virgen

Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha”(1ª San Pablo a los  a los Corintios 13,3)

¿Sería mucho exigirles a nuestros obispos que como mínimo dijeran las cosas claro? Después del daño físico, psicológico y económico que han soportado los laicos por abusos de la autoridad y del clero, ¿no deberían estar la transparencia y la claridad a la orden del día? ¿No sería lo mejor, para un reencuentro con los fieles, que a éstos los tranquilizara la fidelidad de la Jerarquía al esplendor de las enseñanzas de Nuestro Señor y sus apóstoles porque gobernara con espíritu de penitencia y caridad?

PapaFcoPor el contrario, a los fieles católicos se los reprende y se ofende a su inteligencia; en lugar de claridad hay ofuscación; y en vez de que exista una fuerza unitiva y centrípeta de penitencia y caridad, se corre el peligro de que la misericordia actúe como una fuerza centrífuga que nos arroje a los vientos de la modernidad con la vana y desinformada esperanza de que el vacío generado atraiga a los que están “en la periferia”.

Como todo sabemos, el papa Francisco prefirió hablar en Laudato si de la basura terrenal en vez de la suciedad que vio su predecesor en los seminarios. Ahora, a muchos católicos les parecerá que la suciedad de los seminarios hay que aceptarla en lugar de desinfectarlos.

En Evangelii Gaudium el Santo Padre defendió la aceptación de nuevas formas de culto para que no nos dejemos maniatar por la Tradición. En favor de esta nueva evangelización ha dicho que “no hay un Dios católico”, se ha burlado públicamente de una señora que le confió sus preocupación por tener hijos, diciéndole que no se debe parir como conejas, y ha tildado de infantiles las creencias de los que “cuentan rosarios.” Nadie puede negar que todo esto ha sucedido.

Por lo visto Francisco cree que el Espíritu Santo le dice que hay que reinterpretar la misión de la Jerarquía entendiéndola como un comité eco-ecuménico internacional-socialista. Que quienes no están de acuerdo con él están en desacuerdo con el Espíritu Santo. Dijo hace poco que esas personas, incluido su rebaño católico, son “fundamentalistas” y “terroristas.” Esta exagerada desfiguración es tan falsa como poco caritativa. Los católicos tenemos el derecho y el deber canónico de cuestionar a nuestros pastores, y los intentos de zanjar el debate con etiquetas negativas e incorrectas son ni más ni menos que una táctica de acoso que en las presentes circunstancias se vuelve bastante peligrosa.

Lamentablemente, con la dureza de sus palabras y la obvia infidelidad de sus obras, el papa Francisco nos obliga a muchos que éramos leales a Juan Pablo II y Benedicto XVII -y que, podría añadir, defendimos a la Iglesia en sus horas más oscuras- a reconsiderar nuestra afiliación a la presente Jerarquía. Puede que dentro de poco sea a nosotros a quienes busquen los pastores en la periferia.

El último insulto a nuestra inteligencia es el Motu Proprio Mitis Iudex Dominus Iesus, que pretende cambiar el proceso por el cual se conceden las nulidades matrimoniales. Pero como sabe cualquier filósofo, abogado o teólogo, proceso,  praxis y forma conforman la substancia y la doctrina, y son dos conceptos inseparables.

Benedict Nguyen, abogado civil y canónico de Texas, afirma:

“Mitis Iudex ha creado una situación en la que se da por sentado que algunos matrimonios son inválidos y hay que demostrar su validez. Esto equivale a adoptar un sistema en el que todos son culpables hasta probar su inocencia, y será catastrófico para la insolubilidad del matrimonio”.

Es más, como señala Nguyen, Mitis Iudex se introdujo como un hecho consumado, sin previa consulta a los obispos ni a especialistas en derecho canónico. Es difícil cerrar los ojos ante la paradoja de un hecho tan arrogante y temerario, sin precedentes en la Historia, disimulado con un papado vaticanosecondista que gobierna por medio de la colegialidad.

Según el portal Patheos, Kurt Marten, catedrático de derecho canónico de la Universidad Católica ha dicho:

“La vía rápida para la nulidad se aplicaría a matrimonios católicos en circunstancias especiales, como quienes hayan abortado, padezcan una enfermedad contagiosa grave, tengan hijos de una relación anterior o uno de los cónyuges esté preso”. En esencia, ha dicho Martens, “la Iglesia está facilitando una vía que parece una versión católica del divorcio”.

“Si yo fuese obispo, me enojaría” añade Martens. Es curioso y hasta contradictorio que un Pontífice que da tanto valor a las consultas y la colegialidad en este caso los haya al parecer olvidado. “Es insólito que en temas como este se tramiten las normas de un modo tan expeditivo”.

Mientras tanto, y a pesar de todo, los católicos deben aceptar que estas innovaciones son una mera cuestión de procedimiento y no afectan la sustancia de la doctrina. Vale la pena repetir que Nguyen y Marten concuerdan en que en algunos casos lo que hay que demostrar ahora no es la validez sino la nulidad. Sería como invertir en un juicio el principio de presunción de inocencia. ¿Sería un simple un cambio en el proceso, o se alteraría la sustancia del matrimonio?

No sólo eso: ambos abogados están de acuerdo en que si Mitis Iudex se pone en vigor tal cual estamos a punto de crear un divorcio “católico” no culposo. Así que, aunque las innovaciones se han presentado como de procedimiento, afectan en la práctica a la sustancia y la doctrina. Aunque la mona se vista de seda mona se queda. ¡Recordemos que el Concilio Vaticano II pretendía ser pastoral y no doctrinal!

En respuesta a lo que se presume un escándalo (o celebración) en Brasil, Soares, obispo de Palmares, intentó el viejo truco de afirmar que los medios están tergiversando las palabras del Papa.

De entrada, el papado está obligado por su Fundador y su rebaño a expresar sus intenciones y el Magisterio de la Iglesia claramente y sin rodeos. Que el Sumo Pontífice no lo haga es fruto de un error culposo y no de manipulación por parte de los medios. Y más cuando se habla de legislación. A estas alturas, oír al papa Francisco es, en el mejor de los casos, tan desagradable psicológica y existencialmente como leer Otra vuelta de tuerca de Henry James.

Más aun, el obispo Soares defiende Mitis Iudex haciendo una petición de principio: da por sentado que lo que está escrito no existe. Comienza por decir que está harto de titulares de prensa como:

“El Papa simplifica los procedimientos para la anulación del matrimonio”, “La reforma del Papa Francisco permitirá anular el matrimonio en 45 días”, “El Papa facilita y abarata la anulación del matrimonio en la Iglesia”.

El Obispo Soares hace notar que “La Iglesia no anula los matrimonios. Cristo no dio este poder. También explica que la Iglesia reconoce que “en ciertas condiciones no hubo realmente un matrimonio” y en esos casos se declara nulo.

“¡El matrimonio duradero y consumado, todo conforme, continúa y continuará indisoluble y la Iglesia no podrá hacer nada al respecto porque su Señor y Maestro no le concedió esa autoridad! ¡Ante Cristo todos somos discípulos: uno solo es el Maestro, uno solo es el Guía, uno solo es el Señor!”, afirmó.

El Obispo de Palmares recalca que las medidas tomadas por el papa Francisco sólo tienen por objeto simplificar los procesos de nulidad, lo cual no afecta la indisolubilidad.

“Resumiendo: el Papa no hace nada extraordinario o contrario a la fe de la Iglesia,” puntualizó.

Por supuesto, el monseñor Soares tiene razón: la Iglesia no tiene autoridad para poner fin a un matrimonio. Pero la cuestión no es esa. De lo que se trata es de si, con el caos del esquema introducido por Mitis Iudex y en el contexto de todo lo que sabemos del actual pontificado, la Jerarquía se dispone a asumir deliberadamente o por negligencia esa autoridad.

Después de todo lo que han soportado los laicos a manos de la Jerarquía en los últimos años, ¿no podemos pedirle a ésta fidelidad, caridad, transparencia y que hable claro?  Si Francisco no está dispuesto a atender sus obligaciones en este sentido, ¿no recaerá la responsabilidad en los obispos durante el Sínodo de la Familia? Es indudable que esos señores deben hablar con el Santo Padre y exigir tal claridad y una inequívoca confirmación de la doctrina.

Si no, la cuestión se vuelve otra: ¿qué es lo que tiene que hacer un fundamentalista en una Iglesia misericordiosa y centrífuga? Esperemos que no llegue a eso, pero podemos consolarnos pensando que si hasta un ateo de buena voluntad puede llegar a salvarse, cuánta más misericordia no tendrá el Señor con sus propios fundamentalistas. Esperemos al Sínodo y encomendémonos a la Santísima Virgen.

Thomas A. More

[Traducido por Jorge Imperial]