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Nuevos movimientos: ¿se admite una afectuosa crítica?

Pienso que la mejor época de la teología católica es la baja edad media con sus grandes figuras: los santos Tomás, Bernardo, Francisco, Buenaventura, Catalina de Siena, Domingo y otros muchos. Una etapa de la historia en la que se conjugó perfectamente la fe y la razón, lo espiritual con lo humano, lo religioso con lo secular. Sobre el siglo XIV sobrevino la crisis del pensamiento cristiano con la irrupción del nominalismo (desde plano objetivamente negativo) y algunos conceptos de la “devotio moderna” cuyo exponente literario más célebre es la “Imitación de Cristo” de Kempis.

No obstante Dios Nuestro Señor suscitó más adelante la providencial respuesta de los grandes místicos del siglo XVI enfrentados a la reforma luterana que era, ni más ni menos, efecto de los errores inmediatamente anteriores. Llegaron los grandes santos Ignacio de Loyola, Juan de la Cruz, Teresa de Jesús…que junto al concilio de Trento lograron la reconducción plena de la teología. De todas formas quedaron algunos restos de esa “devotio moderna” en el pensamiento y obra de los místicos del siglo de oro: un cierto quietismo, alguna tendencia voluntarista y una quiebra parcial en el debido equilibro entre obediencia y fe. San Francisco de Sales corrigió algunos errores abriendo la puerta sobre todo a la santidad del laicado, y más tarde, en el siglo XIX, Santa Teresita con su “infancia espiritual” nos dejó recetas divinas (nuna mejor dicho) contra las tentaciones de vanidad espiritual y rigorismo moral.    El lector dirá ¿a qué viene esa introducción?; y yo como autor de este artículo me pongo en su lugar y comprendo su extrañeza que trato de resolver en seguida: tengo la sensación (por experiencia propia, ajena y pastoral) que HOY se dan dentro de la Iglesia los mismos errores “traducidos” al momento presente (posmodernidad secularista unida a la profunda crisis modernista dentro de la cristiandad). Y me estoy refiriendo, en concreto, no a la Iglesia en su conjunto, sino a los llamados “nuevos movimientos” surgidos a raíz del concilio vaticano II y que aparecen (o ellos mismos se presentan) como la renovación que necesita la misma Iglesia para sobrevivir al tiempo actual. Voy a mencionar algunos errores que nos resultarán muy familiares a los miembros (o simpatizantes) de realidades eclesiales con nombre propio: Comunidades neocatecumenales, Opus Dei, Focolares, Comunión y Liberación…y otros similares:

1. Postura auto-céntrica. Ante la evidente crisis de la Iglesia se proyecta que la seguridad radica en ser fiel dentro del movimiento. La fidelidad a la tradición católica aparece como un riesgo que no debe correrse porque además esa “tradición” ya está asumida en el mismo movimiento.

2. Obediencia ciega institucional. Renuncia completa a la crítica constructiva y basada en  la misma tradición católica en relación a los desmanes más que evidentes que se viven en el seno de la Iglesia. Se prima ante todo que el movimiento tenga una buena relación institucional con la Santa Sede proyectando así ante los miembros una extraña dicotomía entre lo que se piense interiormente y se exprese exteriormente; se crea así en los miembros una especie de «trastorno de doble personalidad», lo cual es una situación verdaderamente esquizofrénica.

3. Lectura “conveniente” de la realidad. Tendencia a asumir la realidad no como es objetivamente sino como “debería ser” aunque no lo sea. Las virtudes de prudencia y caridad se unen en este esfuerzo titánico con evidente buena intención pero con dudoso resultado final. Aquí aparece un “nuevo quietismo” a la hora de renunciar a un combate sano por la verdad en aras a adherirse a una mística basada solo en la oración y la espera de una intervención divina extraordinaria.

4. Voluntarismo como resultado de todo lo anterior. Unido a un quietismo “ad extra” aparece un fuerte ascetismo “ad intra” en el que se centre toda la aplicación de la voluntad en lo cotidiano de cada día. Algunos lo llaman ser “ejecutivos de Dios”, con la problemática del stress y ansiedad que pueden desembocar en la apatía y la depresión espiritual.

Hace cinco años conocí un obispo muy humilde y devoto, luchador por Cristo que transmitía sobre todo paz y alegría (omito su nombre porque no importa “quien” dice sino “que” se dice), que me expresó con gran sencillez: “En este tiempo de crisis hay que agarrarse a la tradición católica”. Se refería a TODA la tradición (liturgia, moral, piedad, costumbres). Estoy convencido que este breve artículo no va a gustar a algunos pero a la vez pienso que lo importante no es el gusto o disgusto sino la reflexión objetiva sobre si los errores enunciados son parte, o todo, de nuestra forma de vivir hoy la fe católica y la fidelidad a la verdadera tradición.

Padre Ildefonso de Asís
Sacerdote tradicional sin complejos y con olor a pastor

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