Ya hemos visto dos de los cuatro pilares principales de nuestra vida espiritual: la oración y el sacrificio. Hoy estudiaremos los sacramentos, como otro de los pilares básicos de nuestra edificación, y de entre ellos, nos ocuparemos principalmente de la Eucaristía.

Si todas las palabras que están contenidas en las Sagradas Escrituras son verdaderas, pues son palabras reveladas por el Espíritu Santo, hay algunas palabras del mismo Cristo que tienen una realidad especial, palabras como éstas del discurso eucarístico (Jn 6)

“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6:55)

“El que me come vivirá por mí” (Jn 6:57)

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá eternamente” (Jn 6: 51)

 El valor de los sacramentos en general

Todos los sacramentos son parte esencial en la vida cristiana. Cada uno de nosotros ha de recibir todos y cada uno de los sacramentos de la iniciación cristiana, y luego, aquellos que son propios del estado de vida de cada uno: matrimonio u orden sacerdotal. Para acabar, al final de nuestros días, recibiendo el sacramento que nos preparará para nuestro tránsito final: la unción de los enfermos.

Recordemos, como nos dice el catecismo, que los sacramentos son signos eficaces instituidos por Jesucristo para darnos la gracia.

Hay un sacramento esencial, sin el cual es imposible recibir cualquiera de los demás, y me refiero al bautismo. El bautismo nos perdona el pecado original, nos hace hijos de Dios, nos da al Espíritu Santo y con Él, virtudes infusas, dones…, nos hace miembros de la Iglesia. Ese primer contacto con el mundo de Dios se ratifica y perfecciona posteriormente con el sacramento de la confirmación. La penitencia, del cual ya hablamos, es el medio más importante que tenemos para limpiarnos de nuestros pecados.

Pero el sacramento reina es la Eucaristía. Todos los sacramentos nos dan la gracia, pero la Eucaristía no sólo nos da la gracia sino también nos da al autor de la gracia: nuestro Señor Jesucristo.

El valor espiritual de la Eucaristía

Me resulta difícil creer que siendo la Eucaristía el regalo más valioso que el Señor nos ha dejado, no haya más cristianos preocupados de recibirla con frecuencia. Y es que el esquema de valores del hombre de hoy está bastante lejos del que un buen cristiano debería tener. Hoy día buscamos alegrías más pasajeras y superficiales. Le damos mucha importancia a la salud, al dinero, a no carecer de comodidad alguna. Y en cambio no le damos importancia, o le damos muy poca, a aquellas cosas que en sí mismo tienen mucho más valor; y me refiero a todo lo relacionado con la vida espiritual. Incluso es frecuente que muchas personas que están haciendo sus primeros “pinitos” en la vida espiritual, no lleguen a descubrir el valor de la Eucaristía hasta muy tarde.

Les muestro un experimento -que no lo hago porque suena a sacrilegio- que sería bastante revelador. Yo lo llamaría “¿Cuánto vale para usted la Eucaristía?”. Y es el siguiente: Imaginemos que a la puerta de la iglesia me pongo a distribuir la Eucaristía a todo aquel que lo desee (ya les he dicho que es una pura prueba imaginaria) y junto a mí se pone una persona a distribuir billetes de 100 €. ¿Quién creen ustedes que tendría más cola? Bien, ya sabemos que la Eucaristía vale para muchos menos de 100 €. Intentemos ponerlo ahora un poco más difícil. Ahora se pone junto a mí una persona distribuyendo billetes de 50 euros. ¿Quién creen ustedes que tendría más cola? Y así podríamos seguir bajando hasta llegar a 5 euros. ¿Creen ustedes que aunque fueran sólo 5 € yo tendría más cola que la otra persona que distribuye billetes? Pues bien, este experimento tan sencillo, aunque costoso, nos daría una idea del valor que tiene la Eucaristía para muchas personas que se llaman “católicos”, menos de cinco euros. Eso es muy triste.

Si le damos tan poco valor al tesoro más grande que dispone el hombre, ahora se explica la actitud de muchos ante este sacramento.

No es muy frecuente ver al cristiano realmente preocupado por recibir la Eucaristía.

La gran mayoría, y me refiero a cerca del 80 por ciento, recibe este sacramento en muy pocas ocasiones en su vida: el día de la Primera Comunión, el día del Matrimonio y en alguna que otra ocasión pasajera o circunstancial de su vida. Estos se olvidan que hay un mandamiento de la Santa Madre Iglesia que nos obliga a confesar y comulgar al menos una vez al año, especialmente por el tiempo de Pascua.

Hay otros, que podríamos llamar católicos un poco más fervientes, que intentan confesarme con frecuencia y recibir al Señor en la Eucaristía al menos los domingos y festivos.

Pero hay muy pocos que realmente se hayan dado cuenta que este sacramento es realmente un alimento para el alma, y pudiéndolo recibir todos los días, no se privan de hacerlo salvo alguna causa mayor.

 Mi experiencia personal con la Eucaristía

Permítanme que les cuente brevemente mi historia personal con la Eucaristía.

Hice la Primera Comunión cuando tenía poco más de seis años, sabiéndome todo el catecismo y dándome perfecta cuenta de a quién estaba recibiendo. De los seis a los doce años, recuerdo que falté sólo una vez por mi culpa a la Santa Misa (no por virtud personal sino porque mis padres me obligaban), pero en pocas ocasiones recibí la Comunión. A partir de los doce años el Señor puso en mí un deseo ardiente de recibirle todos los días. Yo no sabía por qué, lo único que sabía es que ése ansia sólo se calmaba después de recibirle.

Recuerdo que un día eran las 8 de la tarde, había estado toda la tarde haciendo los deberes del colegio y se me olvidó acercarme a la iglesia a comulgar. Eran poco después de las 8 cuando mi madre me preguntó:

  • Lucas, ¿te pasa algo? Te veo raro… ¿Has ido hoy a recibir al Señor?

En ese momento miro el reloj y pienso:

  • ¡Dios santo! Las 8:15 pm. Ya llego tarde.

Y en efecto llegué tarde. Acabada la Misa, me acerqué a la sacristía y le pregunté al sacerdote si me podía dar la Comunión porque se me había hecho tarde. Qué cara me vería cuando me dijo sin rechistar:

  • No te preocupes, ve a la iglesia y en cinco minutos voy para allá a darte la Comunión.

Todavía no tenía vocación sacerdotal, pero el Señor se valió de ese deseo para ir acercándome a Él y estableciendo conmigo una profunda e íntima amistad.

Puedo decirles que esta ha sido la mayor gracia que he recibido de Dios durante toda mi vida; pues desde esa edad, los doce años, he estado recibiendo la Sagrada Comunión todos los días de mi vida. A decir verdad, falté durante unas dos semanas, cuando estuve haciendo el servicio militar; pero enseguida que descubrí dónde estaba la capilla y hablé con el capellán encargado, él me daba la comunión e incluso en algunos días me decía Misa para mí solo. Desde entonces ya nunca más lo dejé hasta los sesenta años que tengo ahora.

En algunas ocasiones me fue muy difícil acceder a ella, pero nunca le falté a esa cita diaria que tenía con mi Dios. Pienso que si me he preocupado de tenerle a Él todos los días, Él también me concederá, cuando mis días se acaben, no pasar ni un día separado de Él.

A veces me da un poco de miedo decirle al Señor lo que les voy a transcribir ahora a ustedes:

  • “Señor, me gustaría estar siempre contigo, ahora aquí en la tierra y luego, cuando mis días se acaben, en el cielo, sin tener que pasar por el Purgatorio. Por lo que te pido que si tuviera que pasar un tiempo sin ti en el Purgatorio, me hagas ahora sufrir en esta vida, para que así mi alma se purifique totalmente y luego pueda irme directamente contigo al cielo”.

Es por eso que me cuesta mucho entender cómo un cristiano que dice amar a Jesús, puede pasar un día sin recibirlo. Para mí no hay excusas de tiempo, lejanía e incluso pecado. Cuando he tenido un pecado grave, me he confesado el mismo día para ponerme en paz con mi Dios y luego poderlo recibir. Si un día, como cuando estaba en la mili, tenía que andar diez kilómetros para llegar hasta la iglesia más cercana, lo hacía sin el menor problema. Para mí todo consistía en no quedarme ningún día sin comulgar. Cuando me hice sacerdote, ya fue más fácil, pues celebrando Misa todos los días siempre he tenido la oportunidad de comulgar; pero los treinta primeros años de mi vida, me las tuve que buscar en muchas ocasiones para no perder la cita que tenía con Jesús.

Para mí la Comunión es la parte central del día. La Comunión es el culmen de nuestra participación en la Misa; pues si en la Misa Cristo muere, y nosotros con Él; a través de la Comunión, Cristo nos da la “nueva vida”; una vida que no es otra sino la suya misma. De modo que ya no soy yo el que vive sino Cristo en mi (Gal 2:20)

 Efectos de la Eucaristía sobre nuestra alma

  • Le da la vida de Cristo (Jn 6:57)
  • La fortalece frente a las pruebas y tentaciones.
  • Es anticipo de la vida eterna.
  • Nos une profundamente a Cristo.
  • Aumenta en nosotros la santidad, las virtudes y el deseo de hacer obras buenas.
  • Nos da fuerzas para perseverar en la oración y en seguir a Cristo.
  • Nos ayuda a entender mejor los caminos de Cristo y aceptar con humildad y amor las cruces que tengamos que llevar en esta vida.

 Condiciones para recibir a Jesús en la Eucaristía

Como el catecismo nos dice, son tres las condiciones que hay que cumplir para recibir a Jesús: estar en gracia de Dios, guardar una hora de ayuno eucarístico y saber a quién recibimos.

Se supone que si hemos hecho la Primera Comunión y hemos recibido la catequesis adecuada, ya sabemos a quién recibimos cuando nos acercamos a comulgar. Ahora bien, no podemos olvidar que debemos cumplir también las otras dos condiciones: estar en gracia de Dios y guardar el ayuno eucarístico.

Es un pecado de sacrilegio recibir la Eucaristía si no estamos en gracia de Dios. San Pablo dijo (1 Cor 11:29): “El que come y bebe indignamente el cuerpo y la sangre de Jesucristo, como y bebe su propia condenación”. Sé de personas que sólo asisten a mis iglesias. En ocasiones faltan a la Misa dominical, pero al domingo siguiente están en la cola para recibir la Comunión como si no hubiera pasado nada. Yo les tengo que dar la Comunión, pues no sé si faltaron por imposibilidad o por su propia culpa; es más puede incluso que hubieran ido a confesarse a algún otro lugar. De todos modos, el sacerdote no puede emitir un juicio, y salvo que sea un pecador público, ha de dar la comunión a la persona, pero si esa persona estuviera recibiendo la comunión en pecado mortal estaría cometiendo un gravísimo sacrilegio.

Y la tercera condición es guardar una hora de ayuno eucarístico. Es decir, una hora previa a recibir la Sagrada Comunión no podemos comer ni beber nada (el agua no rompe el ayuno). Los más mayores recordarán que antiguamente eran doce horas, luego se pasó a tres, y ahora sólo una. Y a veces, no somos capaces ni de guardar una hora de ayuno. En ocasiones se ve en la Iglesia a personas masticando “chiclé” y luego van tan campantes a recibir la Comunión.

El modo más adecuado para recibir la Eucaristía

Aunque la Iglesia autorizó a recibir la Sagrada Comunión en la mano y de pie, el modo más adecuado es recibir al Señor de rodillas y en la boca. La razón es muy sencilla.

Recibimos la Comunión de rodillas porque en la Eucaristía está realmente presente nuestro Señor Jesucristo, que por ser Dios, merece recibir culto de adoración (Mt 4:10, Ex 20: 3, Fil 2:10). Y recibimos la Comunión en la boca, y no en la mano, porque sólo las manos del sacerdote (y del diácono) están consagradas para poder tocar la Sagrada Hostia.

Aunque recibir la Comunión de pie y en la mano está permitido por la Iglesia, se ha visto que el uso de esta costumbre ha conducido a muchos, a disminuir su fe en la Presencia Real de Jesucristo en la Eucaristía  y como consecuencia, de respeto a la misma.

 Los santos y la Eucaristía

Todos los santos han destacado por un inmenso amor a la Eucaristía. Veamos algunas de sus frases:

San Agustín: “Teniendo, pues, vida en Él, formáis un solo cuerpo con Él, porque este Sacramento nos recuerda de tal modo el cuerpo de Cristo, que nos une con Él”. Y también de este santo: “Ved, pues, hermanos, que si los que sois creyentes os separáis del cuerpo del Señor, es de temer que vayáis a morir de hambre, pues Él dijo: el que no come mi carne ni bebe mi sangre, no tendrá en sí vida [Jn 6:54]. Si os separáis, pues, y no coméis el cuerpo y la sangre del Señor, es de temer que muráis; pero si lo recibís indignamente y lo bebéis indignamente, es de temer que os condenéis” [1Cor 11:29]

San Bernardo: «Es preciso todavía que coma el Cordero pascual, pues si no como su carne ni bebo su sangre, no tendré la vida en mí… Su carne es verdadera comida, y su sangre verdadera bebida. Es el pan de Dios mismo, que ha descendido del cielo y da vida al mundo» (Contra P. Abelardo 9,25). Y también de él: «El Sacramento del cuerpo del Señor y de su sangre preciosa obra dos efectos en nosotros: disminuye la concupiscencia en las tentaciones leves y evita enteramente el consentimiento en las graves. Si alguno de vosotros ya no siente tantas veces, o no con tanta fuerza, los movimientos de la ira, envidia, lujuria y demás pasiones, dé las gracias al cuerpo y sangre del Señor, porque la virtud del Sacramento obra en él, y alégrese de que la úlcera pésima se va sanando» (Cena Señor 1,3).

San Francisco de Asís: “Ardía en fervor, que le penetraba hasta la médula, para con el sacramento del cuerpo del Señor, admirando locamente su preciosa condescendencia y su condescendiente caridad. Juzgaba notable desprecio no oír cada día, a lo menos, una misa, pudiendo oírla. Comulgaba con frecuencia y con devoción tal, como para infundirla también a los demás. Como tenía en gran reverencia lo que es digno de toda reverencia, ofrecía el sacrificio de todos los miembros, y al recibir al Cordero inmolado inmolaba también el alma en el fuego que le ardía de continuo en el altar del corazón”. (Tomás de Celano)

San Pascual Bailón: Su amor constante y ferviente a Jesús en el Santísimo Sacramento, lo llevaban a buscar momentos durante la jornada para estarse en la capilla, de rodillas con los brazos en cruz adorando al Señor en su presencia eucarística. También por las noches pasaba horas y horas ante el Santísimo Sacramento. Cuando los demás se iban a dormir, él se quedaba rezando ante el altar. Y por la madrugada, varias horas antes de que los demás religiosos llegaran a la capilla a orar, ya estaba allí el hermano Pascual adorando a Nuestro Señor. Y también de este santo se cuenta que estando un día trabajando con otros hermanos en el huerto, de pronto lo vieron caminando por el aire. Los hermanos le preguntaron: ¿Pascual adónde vas? Y él, camino de la capilla respondió: “A donde me lleva mi corazón”.

Santa Teresa de Jesús: «Si cuando andaba [Jesús]en el mundo, de sólo tocar sus ropas sanaban los enfermos, ¿qué hay que dudar que hará milagros estando dentro de mí, si tenemos fe, y nos dará lo que le pidiéramos, pues está en nuestra casa? Y no suele Su Majestad pagar mal la posada si le hacen buen hospedaje» (Cam. Perf-E 61,5).

Santo Tomás de Aquino: El papa le encargó que escribiera los himnos para la fiesta del Corpus Christi. Así, compuso el Pange lingua y el Tantum ergo y varios otros cantos eucarísticos clásicos. Él pasaba largas horas de oración delante del Santísimo. Habiendo escrito bellos tratados acerca de la Eucaristía, Jesús le dijo en visión: “Tomás, has hablado bien de Mi, ¿qué quieres a cambio?” Respondió Tomás: “Señor, lo único que deseo es amarte, amarte mucho y agradarte cada vez más”.

Y así podríamos seguir enumerando multitud de episodios de los santos y su amor a la Eucaristía.

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Como siempre, se nos quedan muchas cosas en el tintero, pues no hemos hablado de la Eucaristía como devoción, del valor reparador y purificador de la Eucaristía, el cristiano es un “sagrario” de Cristo, la Eucaristía recibida bajo las dos especies, la relación de la Eucaristía y la Cruz, los ministros extraordinarios de la Eucaristía. Tampoco hemos hablado de las herejías eucarísticas más comunes: las que niegan la transustanciación, las que afirman la  transignificación o la impanación etc…

Dejamos así construyéndose este tercer pilar, uno de los más importantes de nuestra vida espiritual. Si la Sagrada Comunión es el alimento del alma, es imposible llevar una vida espiritual seria y sólida sin recibir frecuentemente este sacramento.

La semana que viene hablaremos del cuarto pilar que serán las virtudes esenciales en una vida espiritual. La semana siguiente añadiremos un quinto y último pilar: la devoción a la Virgen María y a los santos; para luego comenzar a cerrar la estructura haciendo el suelo, pisos, tejado, paredes, ventanas… De este modo, poco a poco iremos levantando nuestro edificio. Todavía no se ve mucho. Durante estas semanas previas y las dos siguientes hemos estado haciendo lo más importante, crear una estructura espiritual sólida.

Padre Lucas Prados

Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com