[Bensonians] Ayer por la tarde salí más temprano de mis clases en la universidad y me volví  a casa para poder estudiar un poco violín y dedicarme luego a corregir las pruebas de mis alumnos. Estaba repasando los primeros acordes del estudio, cuando en eso siento que tocan el timbre. Mi mujer y mis hijos me habían dejado solo en la casa para ir de compras al supermercado y en vistas a que nadie más que yo podía abrir la puerta, dejé el violín – y mi interrumpida inspiración – sobre mi escritorio y fui a abrir. Grande fue la sorpresa cuando me encontré en la puerta con uno de mis viejos compañeros de colegio ahora convertido en un cura…con sotana, bonete y muceta.

– ¡¡Sebastián, hombre que gusto verte!! Por favor pasa, vaya sorpresa que me has dado.

_ Hola amigo, gracias, permiso. Ruego me disculpes por llegar tan de improviso, sin avisarte.

_  No te preocupes, ¿Quieres tomar alguna cosa, un té, café, agua?

_ No, gracias, tal vez más ratito.

Yo le miraba y le miraba y no podía creer lo que mis ojos veían. Si hubiera pensado en que alguno de mis ex compañeros de colegio iba  ser sacerdote, del que menos me lo hubiera imaginado era de Sebastián que, aunque vivía metido en los famosos grupos “pastorales” como Eje y todas esas cosas que yo detestaba, no le veía vocación para el sacerdocio. Por aquellos años él era bastante mundano, por llamarlo de alguna forma, y no perdía la ocasión para andar coqueteándole a las niñas de las monjas inglesas y a las del Saint Margaret cuando íbamos a entrenar atletismo a la cancha del Sporting. Le había perdido el rastro hacía años porque además no era de mi grupo más cercano de amigos y aparte de cruzar un par de palabras con él, nuestra relación no era mayor.

Nos fuimos a conversar al rincón que ocupo como escritorio en el living y él estaba fascinado mirando la colección de libros de mi pequeña, pero bien surtida biblioteca. Tras darle una ojeada a un libro de Knox, se sentó frente a mí. Yo no lo sacaba la mirada de encima y seguía pasmado ante su aparición.

_ Estoy seguro Mateo. que no sales del asombro al verme aquí sentado frente a ti  siendo sacerdote y vestido con sotana. Me costó ubicarte. Llevo un buen tiempo tratando de dar contigo y por fin te ubiqué gracias a Manuel.

_  No te voy a negar que me has dejado perplejo, para bien, pero perplejo de todas formas. Jamás me hubiera imaginado verte de sacerdote y menos con sotana. No eras muy amigo de los curas con sotana cuando estábamos en el colegio.

Entonces me contó su historia y  las razones que lo llevaron a buscarme. Su vocación había sido descubierta de manera muy similar al joven seminarista de la película El Rito, sin mucho convencimiento y más por hacer algo en la vida que por un llamado fuerte y patente de Dios. Como no sabía qué estudiar y le gustaba todo esto de los grupos parroquiales, decidió ingresar al seminario diocesano para probar, por decirlo de alguna manera, si verdaderamente tenía vocación. Allí fue muy bien recibido y se sintió muy cómodo. Con el paso de los años comprendió que no se había equivocado con respecto a su decisión y que tan sólo le había faltado madurarla. La disciplina era relajada, los dejaban salir, en fin, todo era bastante “progre” y “liberal” y estaba dichoso. Tras pasar siete años en el seminario, viendo pasar a uno que otro postulante al sacerdocio que no duraba mucho y que se iba desilusionado por la escasa y casi nula formación,  finalmente Sebastián fue ordenado y le fue asignada una parroquia en una de las pequeñas ciudades costeras del norte de la región de Valparaíso.

descargaLa parroquia cobró vida con el cura joven, lleno de ideas modernas, de actividades para los jóvenes que en verdad no tenían mucho que ver con la religión. La misa era una “fiesta”, con guitarras, panderos y lo que acostumbra a verse en este tipo de parroquias. Sin embargo, la vida espiritual era mínima y los actos de devoción y piedad se dejaban exclusivamente para las solemnidades, y éstas también eran bien sui generis. La bulla no permitía a los fieles rezar y escuchar a Dios, y la gente que en un principio acudió fascinada al “espectáculo” del cura poco a poco se fue marchando. Con los años la asistencia a  misa fue disminuyendo significativamente quedando al cabo de diez años, los mismos feligreses que habían cuando él llegó. Casi no venía gente a confesarse y Sebastián poco a poco comenzó a apagarse y a deprimirse.  Uno de los feligreses más antiguos notando su desánimo le sugirió que pidiera permiso para ir de retiro y le sugirió unos sacerdotes que él conocía y que estarían dichosos de recibirlo.

– Entonces pedí permiso al obispo y me fui por un mes donde mi feligrés me había sugerido. Lo que yo no sabía era que los curas eran tradicionales y casi me morí cuando lo supe al llegar.

En efecto, yo recordaba que a Sebastián le cargaba todo lo que oliera a tradición. El mismo hecho que yo fuera “tan tradicional” y que siempre le llevara la contra al profesor de religión cuando empezaba a enseñarnos error tras error, sembrado confusión entre mis compañeros que tenían menos formación religiosa, lo sacaba de las casillas. Tenía ese prejuicio que tienen tantos y que nos califican de lefevbristas como si fuera un sinónimo de fundamentalista nazi, fanático religioso, siendo que nuestro único pecado es profesar la misma religión que profesó la Iglesia durante 1965 años. Quizás fuera ésta  la razón de porqué nunca fuimos mayormente amigos: un amplio abismo nos separaba puesto que vivíamos la vida tal como vivimos la religión. Se vive según lo que se cree y nuestra fe parecía ser otra. Para él yo era el intransigente dogmático que no se adaptaba a los tiempos y ni a los cambios. Por una misteriosa razón, siempre me sentí inclinado hacia la liturgia tradicional y aunque por aquellos años ni siquiera la conocía, buscaba la misa nueva menos bullanguera, y eso a Sebastián la cargaba, no me entendía…y yo a su vez, no le entendía a él. Buscaba yo en la liturgia el silencio necesario para encontrar a Dios, la tranquilidad para meditar sobre el misterio y por sobre todo la dignidad del sacrificio ofrecido por nuestra salvación.

_ No quise ser mal educado ni descortés con los padres que me habían aceptado para pasar algunos días con ellos – continuó Sebastián – pero quería irme corriendo. Reconozco que estaba lleno de prejuicios y sobretodo de mucha ignorancia. En el seminario jamás nos hablaron ni nos enseñaron que existía la misa tradicional, y si se hacía mención a ella era para mostrarla como una especie de reliquia obsoleta de la Iglesia que eran defendida por unos cismáticos orgullosos que no se habían sometido a la autoridad del papa y seguían con lo antiguo sin querer “sentire cum” la Iglesia. Le planteé honestamente mi inquietud al padre encargado del lugar y él me pidió que no me fuera y que al menos me quedara un día para conocerlos y sacarme un poco los prejuicios. Aunque sabía que estaban en comunión con Roma, no me gustaba esto de que solamente rezaran según el ursus antiquor, pero dada la insistencia del padre, su amabilidad y su alegría por tenerme ahí me quedé, pensando en que al día siguiente me iría. Yo iba vestido con jeans, camisa y una pequeña cruz en la solapa de mi chaqueta, lo menos que parecía era cura.

Pero Sebastián no se fue y se quedó por un mes. Había descubierto un tesoro.

– Y me re-encanté y re-descubrí mi sacerdocio. La sencillez de la misa rezada, el silencio, los gestos del sacerdote, el estar de frente a Dios y de espaldas a los fieles, lejos de chocarme y molestarme me llenaron de un gozo enorme. Todo hacia Dios, todo para Dios. Ahí verdaderamente descubrí el significado del Alter Christus y todos mis prejuicios y dudas se esfumaron. Diría que fue casi como una conversión, de esas conversiones que te golpean y hacen que te caigas del caballo. Pensé: soy sacerdote, puede ofrecer el santo sacrificio tal como lo está haciendo este padre frente a mis ojos…debo aprender a decir la misa tradicional ipso facto.

Misa03Entonces en el mes que estuvo con estos padres, que dicho sea de paso, andaban casi en peregrinación de una diócesis en otra buscando un benévolo obispo que los acogiera, aprendió todo lo relativo a la liturgia tradicional. Volvió a su parroquia irreconocible: el jean, la camisa y la crucecita minúscula quedaron en el dispensario de los padres. Se vistió de sotana, le regalaron un bonete y una muceta y se propuso llevar a cabo una serie de reformas en la parroquia.

Sus cambios fueron más o menos bien recibidos, pero algunos pensaron que se había vuelto loco y que le habían sometido a un lavado de cerebro y comenzaron a correr los comentarios y las miradas solapadas y desconfiadas. Nadie daba crédito al que de cura bullanguero, simpaticón con todos, muerto de la risa siempre,  amigo de las fiestas y de los abrazos con los jóvenes de la parroquia,  se hubiese pasado a cura tradi así de golpe y sin aviso, y se mostrara mucho más reservado, alegre como siempre, pero más sereno, silencioso y se la pasara largas horas en adoración, en el confesionario (aunque no fuera nadie) y preparando ahora él personalmente a los niños para la primera comunión y a los jóvenes para la confirmación. Sin embargo, no todo fue de color de rosa y el gran problema que surgió fue la doble liturgia.

– Mira Mateo, la misa nueva es la misa de mi bautismo, de toda mi vida. Tú y yo nacimos cuando ya esta era la misa oficial de la Iglesia y es a la que la gente está acostumbrada. Es la misa de mi ordenación y tengo que confesarte que después de haber asistido y luego rezado la misa tradicional se me está haciendo casi imposible volver atrás y estoy con este problema de la bi-ritualidad golpeando mi conciencia día y noche. Cada día se me hace más difícil decir la misa nueva y aunque he introducido algunas modificaciones para hacerla lo más similar a la misa tradicional el arreglo no pega: el gregoriano fue compuesto para la misa de siempre, me suena tan raro cantarlo en la misa nueva…las candelabros, el crucifijo al centro, los manteles e incluso celebrar al oriente lo estoy haciendo en la misa nueva para ir acostumbrando a la gente, pero me cuesta, porque además me confundo con las dos misas, y no sé qué hacer. La misa nueva es válida, pero mi conciencia me dice y me reclama que no es digna de Dios, no es digna de ser el sacrificio de Cristo en la cruz porque se pierde este fin…Por eso vengo a que me digas algo. Sé que puedo confiar en ti, ¿puedes darme algún consejo? ¿Qué puedo hacer?

Él estaba con este tremendo problema de conciencia y la perspectiva no era buena dadas las condiciones en que se encuentran todos aquellos sacerdotes que quieren seguir siendo fieles a Cristo y a su Iglesia a través del centro de su sacerdocio que es la Santa Misa. El obispo había tolerado a regañadientes que Sebastián celebrara la misa tradicional en su parroquia y era imposible que se le dejara rezar únicamente esta misa. No iba a ser posible que se convirtiera en una cuasi-parroquia destinada a quienes querían los sacramentos y la misa según el uso tradicional y la verdad es que su situación era complicada si quería seguir siendo párroco.

No quería abandonar a sus feligreses y pedir  dispensas al obispo para ser recibido en algún instituto o fraternidad Ecclesia Dei. Él quería seguir siendo párroco en la diócesis a la que pertenecía.

– Pide ejercicio libre del sacerdocio.

– ¿Y mis fieles?  ¿Los voy a abandonar?  Además, ¿qué razón le doy al obispo para que me dé el ejercicio libre si no estoy enfermo ni tengo otro problema que lo amerite?

– Tu caso es complicado. Mi hermano cura, ¿te acuerdas de él? Bueno, él está en una congregación Ecclesia Dei y tiene sus fieles y reza solo la misa tradicional. Hay que perder algo para ganar otra cosa, y esa otra cosa es la tranquilidad para tu conciencia. Podrás perder tu parroquia y a tus queridos fieles, pero ganarás la paz para tu conciencia y la lealtad para Dios con tu sacerdocio. Entiendo perfectamente tu situación porque a mí me pasa lo mismo, pero como fiel: después de haber conocido la misa tradicional se me ha hecho imposible volver atrás y seguir asistiendo a la misa nueva por mucho que se la quiera decir lo más parecido posible a la de siempre. Intentar realizar una síntesis de ambas termina por transformarla en un engendro – me disculpo por la palabra, pero no se me ocurre otra – en que nadie entiende nada. Padre Seba, no sé cómo ayudarte. Lo que te sugiero no te sirve para lo que quieres seguir haciendo…Si quieres rezar solamente según la Tradición deberás perder tu posición como párroco: o pides ejercicio libre del sacerdocio por razones de conciencia o te vas a un instituto, fraternidad o congregación Ecclesia Dei. No le veo otra salida. ¿Cuántos fieles van a  misa tradicional en tu parroquia?

Cuando yo le pregunté eso, él cerró los ojos y suspiró. Notaba cuanto estaba sufriendo interiormente.

_ Pocos, muy pocos…

_ No es tu culpa…si has estado hablándoles y enseñándoles…

_ Creen que estoy loco y que la misa en latín, como le llaman, es para una elite y no para “el pueblo”. No sé de dónde han sacado eso, pero tienen tantos prejuicios como los tenía yo antes de conocer la riqueza espiritual de esta misa. No los culpo. Llevan años lavándoles el cerebro y yo mismo contribuí en ello. – Sebastián se quedó en silencio un buen rato absorto en su problema hasta que quebró su mutismo – Me siento bastante solo humanamente hablando, pero como nunca antes me he sentido consolado por Dios a pesar de este problema que comienzo a vivir. Tal como dices, he perdido y he ganado….Entonces me sugieres que me la juegue al 100%.

_ Sí, al todo o nada. No estarás abandonando a tus fieles, todo lo contrario. Podrás rogar y santificar tu vida por ellos mejor que ahora. Ellos no lo entenderán y pensarán que los abandonaste, pero será lo contrario. No tengas miedo, la Providencia se encargará de mostrarte el mejor camino y te dará los medios para hacerlo, lo único que se te pide es que confíes a ciegas.

_ Hablaré con el obispo y le expondré mi caso tal como lo he hecho contigo y esperaré su respuesta. Quien sabe, tal vez me lleve una sorpresa. A veces de quien uno menos espera una solución viene y viene más sencillo de lo que parecía. Voy a plantearle como primera solución, la del ministerio libre. Podría tener alguna capellanía a algún grupo que desee el ursus antiquor…, no lo sé, que se haga lo que Dios quiera.

Pasamos la tarde conversando de otras cosas y luego se unió a la charla mi esposa, mientras mis hijos revoloteaban con sus juegos a nuestro alrededor. A Sebastián le cambió la cara y de estar compungido al llegar pasó al relajo y a sentirse acompañado por nosotros. Cuanto necesitan de nosotros estos curas jugados por el amor a Dios y a sus hijos. Desde el punto de vista  humano también es importante hacerlos sentirse queridos, respetados y acogidos. ¡Cuánto bien podemos hacer nosotros como laicos para apuntalarlos! No los podemos dejar solos. Nos necesitamos unos a otros y en estos tiempos tormentosos para la Iglesia tenemos que estrechar filas. El combate se nos viene pesado. Si este amigo cura es capaz de jugárselas, ¿cómo no voy a ser capaz de apoyarlo? Que Dios nos dé la fortaleza a todos.

Beatrice Atherton
Esposa y madre de seis hijos, nací en Viña del Mar, Chile en 1969. Aunque egresé de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, mi vida giró posteriormente hacia otro rumbo y ahora vivo en un campo donde me he dedicado a la familia y a la casa. Amo la Liturgia Tradicional y me encanta colaborar en su promoción. ​ En mis tiempos libre intento escribir, que es lo que me apasiona aunque soy una aficionada. Tengo el blog Bensonians dedicado a difundir la obra de Monseñor Robert Hugh Benson