Doctrina y práctica del matrimonio

Pío XI, en la Primera Parte de la presente Encíclica, pretende ante todo “iluminar las mentes de los hombres con la verdadera doctrina de Cristo en torno al matrimonio” y, después, desea “que los esposos cristianos conformen, con la ayuda de la gracia divina, sus pensamientos y su conducta a la doctrina y a la ley de Cristo, para obtener para sí y para su familia la verdadera paz y felicidad” (Pío XI, Encíclica Casti connubii, en Tutte le Encicliche dei Sommi Pontefici, Milano, Dall’Oglio Editore, ed. V, 1959, 1º vol., p. 873).

El Papa comienza reivindicando la divina institución del matrimonio, su dignidad sacramental y su perpetua indisolubilidad, y deduce de ello la conclusión lógica de que “las leyes del matrimonio no están sujetas a ningún poder humano ni a ningún pensamiento de los mismos esposos que sea contrario a su naturaleza como Jesús nos la ha presentado” (ib., p. 874).

La voluntad humana aporta también ella al matrimonio su contribución, aun siendo él de institución divina. “En efecto, todo matrimonio es una unión conyugal entre un varón y una mujer y, por tanto, comienza a existir solamente a partir del libre consentimiento de los esposos” (ivi).

Si bien la voluntad de los esposos es indispensable para el matrimonio, la naturaleza del matrimonio no depende de la voluntad de los hombres, sino de la de Dios, de manera que todo aquel que haya contraído matrimonio queda sujeto a sus leyes y a sus propiedades como Dios las ha establecido.

“Mediante el matrimonio, las almas se unen y se abrazan íntimamente, antes y con más fuerza que los cuerpos, no por un afecto pasajero de los sentidos, sino por un decreto firme y deliberado de la voluntad, y de esta fusión de almas, habiéndolo Dios establecido así, surge un vínculo sagrado e inviolable” (ib., p. 875).

El Papa enseña que, por tanto, el matrimonio es totalmente diferente de las uniones inestables, que están desligadas de cualquier vínculo de voluntad y por ello la legítima autoridad tiene el derecho y el deber de impedir estos torpes connubios (ivi). Piénsese en la actual y tristísima realidad de las parejas de hecho, que han superado numéricamente al matrimonio cristiano y que además son protegidas por “ley”.

Por tanto, el matrimonio es constituido por la voluntad de Dios junto a la humana. De Dios provienen la institución, las leyes, los fines y los bienes del matrimonio; del hombre depende la existencia del matrimonio, mediante la donación generosa de la propia persona a otra para toda la vida (ivi).

Fidelidad, prole y sacramento en el matrimonio

En la Segunda Parte de la Encíclica, Pío XI trata de los bienes del matrimonio, que son tres: Bonum fidei, prolis et sacramenti. El Bonum fidei: la fidelidad entre los dos cónyuges implica que fuera del matrimonio no haya una unión con otro o con otra. El Bonum prolis: implica que se acojan amorosamente los hijos, se les nutra y se les eduque. El Bonum sacramenti: implica que el matrimonio no sea nunca disuelto.

La prole

Después el Pontífice se extiende sobre cada uno de estos tres bienes del matrimonio y enseña que entre los bienes del matrimonio la prole ocupa el primer lugar. En efecto, Dios quiso servirse de los padres como instrumentos o ministros para la propagación de la vida: “Dios quiere la generación de los hijos, no solo para que llenen la tierra, sino más aún para que lo conozcan, lo amen y vayan al Cielo” (ivi).

La prole no solo debe ser engendrada o procreada, sino también educada tanto natural como sobrenaturalmente. Pues bien, el matrimonio es lo que asegura mejor que ninguna otra cosa la recta educación. En efecto, los padres están unidos entre ellos con vínculos indisolubles y por ello ofrecen siempre, ambos, su cuidado y su mutua ayuda a la prole (ib., p. 877).

La fidelidad

El segundo bien del matrimonio es el Bonum fidei, que es la fidelidad mutua de los cónyuges. Esta fidelidad requiere la unidad absoluta del matrimonio, que tiene lugar entre un solo varón y una sola mujer. Jesús no solo ha prohibido toda forma externa de poligamia o poliandria, sino incluso los mismos pensamientos voluntarios sobre tales objetos, afirmando: “Si uno mira a una mujer para desearla, ha cometido ya adulterio con ella en su corazón” (Mt., V, 28). La fidelidad de la castidad mutua de los cónyuges será ayudada y facilitada por la caridad conyugal, por medio de la cual mujer y marido se aman entre ellos “como Cristo amó a la Iglesia” (Efes., V, 25). Pues bien, Jesús la amó con amor infinito, no para beneficio propio, sino proponiéndose la utilidad de su Esposa. La ayuda mutua, fruto de la caridad conyugal, implica que los esposos se sostengan en su recíproca santificación (ib., p. 879).

El orden de la caridad conyugal requiere por una parte la superioridad del marido sobre la mujer y los hijos, y por otra la pronta obediencia de la mujer al marido, no ya por fuerza, sino por amor, como recomienda San Pablo: “Las mujeres estén sometidas a sus maridos como al Señor, porque el hombre es la cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia” (Efes., V, 22) (ib., p. 880). El Papa recuerda que, si bien el varón tiene el primado del gobierno de la familia, al ser su cabeza, la mujer tiene el primado del amor, al ser su corazón.

El sacramento

Finalmente, Pío XI analiza el Bonum sacramenti, que designa la indisolubilidad del matrimonio, como Cristo enseñó diciendo: “Que el hombre no separe lo que Dios ha unido” (Mt., XIX, 6). Finalmente, Jesús elevó el contrato matrimonial a la dignidad de sacramento para hacer más fácil su perpetua indisolubilidad.

El Pontífice muestra, pues, cuáles son los grandes beneficios de la indisolubilidad del matrimonio. Ante todo, es una válida ayuda para la castidad; después procura más establemente la educación de los hijos; finalmente beneficia a la misma Sociedad civil, ya que “el Estado será como sean las familias” (ivi).

Errores contra el matrimonio

El Papa entra en la Tercera Parte de la Encíclica, en la cual trata los errores contra el matrimonio.

Lamenta que el matrimonio es fácilmente despreciado y vilipendiado en su época (1929). En el teatro, en las novelas, en el cine “es conculcada y puesta en burla la santidad del matrimonio y en cambio se alaban los vicios más torpes, los adulterios y los divorcios” (ib., p. 885).

Errores contra la prole

Ahora aborda los errores contra la prole, “que muchos se atreven a llamar molesto peso del matrimonio y afirman que se debe evitar, no ya con la honesta continencia, sino viciando el acto natural” (ib., p. 887). Pío XI condena la contracepción y escribe: “No puede haber ninguna razón que sirva para volver honesto y conforme a la naturaleza aquello que es intrínsecamente contra natura. Y dado que el acto del matrimonio está, por su propia naturaleza, dirigido a la generación de la prole, aquellos que al usar de él lo vuelven intencionalmente incapaz de esta consecuencia, actúan contra natura, realizando una acción torpe e intrínsecamente deshonesta. […]. Cualquier uso del matrimonio en el que, por humana malicia, el acto sea destituido de su natural virtud procreadora, va contra la ley de Dios y de la naturaleza y cuantos se atreven a cometer tales acciones se hacen reos de pecado mortal” (ib., p. 888).

Por lo tanto, es deber de los confesores no dejar errar a los fieles en un punto tan grave de la ley de Dios: “Si algún confesor, que Dios no lo permita, indujera él mismo a los fieles a semejantes errores o se los cofirmase, ya sea aprobándolos, ya sea callando culpablemente, que sepa que debe rendir severas cuentas a Dios por su oficio traicionado” (ivi).

Pío XI habla también de los periodos en los que la mujer es infecunda y enseña que “no se puede decir que actúen contra el orden de la naturaleza aquellos cónyuges que usan de su derecho en el modo debido y natural, aunque por causas naturales, ya sea de tiempo, ya sea de otras defectuosas circunstancias, no pueda nacer de ello una nueva vida. Dado que en el matrimonio existen también fines secundarios: la mutua ayuda, el afecto recíproco y la paz de la concupiscencia, fines que a los cónyuges no les está prohibido desear, con tal de que sea siempre respetada la naturaleza intrínseca del acto” (ib., p. 889).

El Papa pasa a fulminar el aborto, condenando la muerte directa del inocente y ordena a los legisladores que vigilen defendiendo con leyes oportunas la vida de los inocentes (ib., p 891). También aquí, desgraciadamente, cómo no lamentar la legalización del aborto que tuvo lugar en Italia hace ahora alrededor de 50 años.

El Papa afronta la cuestión de la eugenesia, o sea, la ciencia que se propone mejorar la calidad de la raza humana, estudiando las leyes de la herencia, desaconsejando (lo cual es lícito) la unión conyugal de personas afectadas por enfermedades transmisibles. Pero ha llegado demasiado lejos, hasta sostener la necesidad de esterilizar a los individuos tarados (lo cual no es lícito), que podrían procrear hijos vulnerados a su vez. Pío XI escribe por lo tanto: “La familia es más sagrada que el Estado, los hombres son procreados no para la tierra sino para el cielo. Por tanto, no es justo acusar de culpa grave a hombres aptos para el matrimonio que, se prevé, tendrán una prole defectuosa, si contraen nupcias”. Sin embargo, advierte el Papa, a menudo conviene disuadirles de contraer matrimonio. Además, “las autoridades públicas no tienen ningún poder directo sobre los miembros de los súbditos. Por tanto, si no cometen ninguna culpa, las autoridades no pueden lesionar directamente la integridad de su cuerpo, ni por razones eugenésicas, ni por cualquier otra razón” (ib., p. 892). Santo Tomás de Aquino enseña que para prevenir males o delitos futuros es lícita solo la encarcelación temporal, mientras que no es lícita la lesión corporal (S. Th., II-II, q. 108, a. 3), o sea, que si se prevé, por ejemplo, que un hombre pueda cometer un atentado contra un gobernante con ocasión de alguna manifestación pública futura, se le puede encarcelar temporalmente para evitar el eventual crimen, pero no se puede torturarlo físicamente o incluso condenarlo a muerte; así, no se puede esterilizar a un hombre tarado porque se prevé que, contrayendo matrimonio, engendre hijos tarados.

Errores contra la fidelidad

Tras haber condenado los errores contra el Bien de la prole, el Papa pasa a condenar los errores contra el Bien de la fidelidad conyugal y sobre todo el que invita a violar la unicidad del matrimonio y a volver lícita la traición del otro cónyuge, “bajo el pretexto de ser indulgente hacia las ideas y las costumbres de nuestro tiempo” (ib., p. 893). En efecto, el Señor mandó: “No fornicarás” (Éx., XX, 14) y “ninguna costumbre o apariencia de progreso humano y modernidad podrá jamás debilitar la fuerza de este divino mandamiento” (ivi), ya que, como “es siempre el mismo Jesucristo ayer y hoy y por los siglos” (Heb., XIII, 8), así es siempre idéntica la doctrina de Cristo, de la cual no caerá ni un solo punto hasta el fin de los siglos (ib., p. 894).

Pío XI confuta el error que querría disminuir la sujeción y la obediencia de la mujer al marido. Algunos dicen que es una indigna servidumbre y, por tanto, proclaman la emancipación de la mujer, que afirman ser triple: 1º) fisiológica, en cuanto que la mujer debe ser liberada de los pesos conyugales, tanto de esposa como de madre, abandonando al marido y a los hijos si quiere; 2º) económica, en cuanto que la mujer puede administras asuntos privados suyos, descuidando al marido, a los hijos y a la familia; 3º) social, en cuanto que la mujer puede dedicarse a los oficios públicos, descuidando la familia. Pues bien, responde el Papa, esta no es la verdadera libertad de la mujer, sino corrupción de la dignidad materna, perversión de toda la familia, “en cuanto que el marido queda privado de la mujer, los hijos de la madre, la casa y toda la familia de su siempre vigilante custodia. Más aún, esta falsa libertad e innatural igualdad con el hombre se convierte en la ruina de la misma mujer: ya que, si la mujer desciende de la sede real a la que, entre las paredes domésticas, fue elevada por el Evangelio, pronto recaerá en la antigua esclavitud (si no en apariencia, al menos de hecho) y se volverá a convertir, como en el paganismo, en un simple instrumento del hombre” (ivi). Cómo no apreciar esta “profecía de desventura” dados los “feminicidios” múltiples que son cometidos frecuentemente en nuestros tiempos de feminismo radical.

Errores contra el sacramento

Finalmente, Pío XI rechaza los errores contra el Bien del sacramento del matrimonio. En efecto, algunos enseñan que el matrimonio no es una cosa sagrada, sino totalmente profana y civil, en la cual solo el Estado tiene poder y no la Iglesia. Por tanto, niegan su indisolubilidad y propugnan la licitud del divorcio. El Pontífice responde que la naturaleza sagrada del matrimonio resulta, ya sea por su origen divino, teniendo a Dios por Autor, ya sea por su fin, que es la generación de la prole, que ha de educarse ordenándola a Dios y al cielo. Para terminar, el matrimonio tiene carácter sagrado a partir de su mismo oficio natural, ya que es como un medio por el que se transmite la vida, actuando los padres en esto casi como ministros de Dios y “pro-creando” en cooperación subordinada con el Señor omnipotente.

En cuanto al divorcio, el Papa retoma la enseñanza de la Encíclica sobre el matrimonio de León XIII (Arcanum, 10 de diciembre de 1880) y reafirma que “la corrupción de las costumbres es la fuerza más grande para destruir las familias y abatir los reinos. El divorcio es funestísimo para la prosperidad de las familias y de las naciones. En efecto, los divorcios nacen de costumbres depravadas y dan pie a una cada vez mayor corruptela de las costumbres públicas y privadas. Por tanto, si no se evita el divorcio, las familias y el Estado deberán estar en constante temor de ser arrollados en el caos de todas las cosas” (ib., p. 900). También aquí cómo no dar la razón a León XIII (retomado por Pío XI) tras haber visto la ruina aportada por el divorcio en Italia a partir de los años 70 del siglo XX, en los que la Sociedad, las familias y los individuos comenzaron a derrumbarse, con un movimiento uniformemente acelerado, hasta llegar a la ideología de género y a los matrimonios entre personas del mismo sexo.

Los remedios a estos errores

En la Cuarta Parte de la Encíclica, el papa Ratti trata de los remedios que deben oponerse a los males que ha denunciado en el curso de ella.

Ante todo, el Pontífice anima a reconducir el matrimonio a la conformidad con el plan divino y natural, que – como enseña Santo Tomás de Aquino – es “el ejemplar de la rectitud perfecta” (S. Th., II-II, q. 91, aa. 1-2). En efecto, las cosas instituidas por Dios son tanto más saludables cuanto más permanecen conformes al plan divino, de modo que, cuando el hombre altera el orden natural y divino, también las cosas instituidas con suma sabiduría y similar utilidad, comienzan a dañar o dejan de beneficiar. Por tanto, es necesario que todos estudien el diseño divino sobre el matrimonio para reconducirlo al recto orden.

Como tal estudio es contrastado sobre todo por la concupiscencia, que es la razón principal por la que se peca contra las leyes del matrimonio, los esposos, para vencer la concupiscencia, deben someterse a Dios. En efecto, si el hombre somete su alma a Dios, el cuerpo con la concupiscencia se somete al alma. Por tanto, es necesario tener una sólida instrucción sobre el matrimonio, acompañada de una buena educación religiosa sobre él. El Papa especifica que habla de educación religiosa y no fisiológica o sexual. Ella conlleva la educación del intelecto al conocer las leyes del matrimonio y a la vez la firme voluntad de observar las santas leyes de Dios sobre el matrimonio.

Ahora el Papa trata de la “preparación remota” al matrimonio, que consiste en una recta y virtuosa niñez. En efecto, normalmente, una niñez viciosa lleva a un matrimonio ruinoso, mientras que el matrimonio cristiano vuelve la casa de los esposos semejante a un “paraíso terrestre” (ib., p. 907).

Por lo que se refiere a la “preparación próxima”, es necesario prestar mucha atención en la elección del cónyuge. En efecto, de ella depende la futura felicidad o no del matrimonio que se contrae (ivi). El esposo es para el otro cónyuge ayuda o impedimento para vivir cristianamente. Por tanto, es sumamente importante elegir un cónyuge sobre todo virtuoso, con prudencia sobrenatural y no con la pasión de los sentimientos.

Augustinus

(Traducido por Marianus el eremita)

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