Dios se ha comprometido a concedernos todo cuanto le pidamos con la oración revestida de las debidas condiciones. La promesa divina consta expresamente en el Evangelio: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” (Mt 7, 7-8). Estas terminantes palabras las pronunció el mismo Cristo en el sermón de la Montaña, dirigiéndose a todos sus discípulos, no a una sola clase selecta y privilegiada: “Todo el que pide, todo el que busca, todo el que llama…”, sin ninguna limitación ni cortapisa.

Pues, si esto es así, ¿cómo se explica que no hayamos obtenido de Dios el gran don de desear eficazmente la perfección y la santidad cristianas? La explicación no puede ser más sencilla: porque no se lo hemos pedido, o se lo hemos pedido insuficientemente o sin reunir las debidas condiciones para que la oración resulte infaliblemente eficaz.

En efecto: para que la oración resulte infaliblemente eficaz según la promesa evangélica ha de reunir las siguientes indispensables condiciones:

a) Ha de ser humilde. El que pide limosna no puede exigirla en modo alguno, a diferencia del trabajador que ha merecido el salario correspondiente.

b) Confiada, o sea esperándola con toda seguridad y firmeza de la misericordia infinita de Dios.

c) Perseverante, repitiéndola mil y mil veces, sin cansarse ni desfallecer jamás, aunque parezca que Dios no quiere escucharnos. La razón de la tardanza en escucharnos a pesar de nuestra insistencia, es porque Dios quiere probar nuestra fe y confianza en su bondad y misericordia, y hacernos ver, al mismo tiempo, que por nosotros mismos jamás podríamos alcanzar lo que esperamos obtener confiadamente de su infinita misericordia.

Cuando se reúnen estas tres principales condiciones, la oración de petición resulta infaliblemente eficaz, en virtud de la promesa evangélica expresada por el mismo Jesucristo en el sermón de la Montaña.

Antonio Royo Marín, O.P

“Ser o no ser santo”