Esta viñeta de Snoopy es ilustrativa del típico pensamiento de la posmodernidad: lleno de fantasías y muy alejado del compromiso real. Sirve de prólogo a este artículo.
LA PARADOJA DE LA LIBERTAD EN LA POSMODERNIDAD
    Llama especialmente la atención, y a la vez pasa desapercibida, la gran paradoja sobre la forma de asumir la libertad dentro del pensamiento posmoderno dado sobre todo en Europa y Norteamérica. Por una parte la libertad se ha convertido en la condición necesaria e irrenunciable para vivir tanto a nivel de convivencia social como en el ámbito íntimo o individual. Hoy día, ¿Quién no defiende la libertad? Gracias a Dios esa conciencia de libertad hace que rápidamente se reaccione ante cualquier atropello evidente de la misma, por ejemplo el que pueda manifestarse en forma de ley coercitiva con los ejercicios de las libertades civiles (aunque en este sentido a veces obviamos que la libertad de una persona debe estar limitada donde comienza la de otra persona, sobre todo si ésta última es más débil o desfavorecida). Actualmente cualquier texto constitucional político contempla formalmente con contundencia toda clase de libertades asociadas normalmente a derechos humanos proclamados ya hace más de sesenta años en la asamblea de naciones unidas. Si hay una palabra “clave” que ha de inspirar cualquier ideología del siglo XXI, esa palabra es, sin duda, “libertad”.
    ¿Dónde radica entonces la paradoja? Pues, sencillamente, en que ese mismo sistema de pensamiento posmoderno que ha canonizado la libertad como un fin en si mismo, al mismo tiempo, y esto es lo sorprendente: NIEGA la existencia de esa libertad a nivel personal. Es decir, la niega en el terreno de la responsabilidad moral. O dicho en otras palabras, hoy día es cada vez más extendida la ideología de evadir la responsabilidad o, más bien, trasladarla al concepto de “estructura o circunstancia”. Si una persona comete un acto objetivamente malo (por ejemplo dañar la integridad física o moral de otra persona), la responsabilidad se busca en el contexto circunstancial o lo que en lenguaje teológico se denomina “estructura de pecado”. De ese modo, esa misma libertad canonizada se convierte en libertad vacía al no existir en realidad. Es decir, que ser libre significaría únicamente la mera posibilidad de elegir, sin cortapisa moral alguna, pero sin elegir nada comprometido en cuanto a que en esa elección se contenga asumir las responsabilidades del posible error. Esa forma de pensar procede sobre todo del pensamiento débil (Vattimo) y del espíritu del Mayo francés de 1968. Es la gran paradoja de una libertad que es defendida y a la vez negada. La teología modernista también es afín a este pensamiento contradictorio, al suprimir por completo la idea de “pecado personal” diluyendo éste en un absoluto “pecado estructural” que anula la responsabilidad moral de la ofensa a Dios. En ese sentido la teología de la liberación, en uno de sus apartados condenados por la Iglesia, asume el discurso marxista de lucha contra la estructura sin comenzar luchando contra el pecado personal con el que cada persona es tentado.
    Ante lo anteriormente expuesto, pienso que desde una concepción cristiana hoy más que nunca hay que plantearse una verdadera “catequesis de auténtica libertad” que no se para en el mero elegir sino que, partiendo de la opción, sepa integrar la responsabilidad, el compromiso y también la renuncia a lo que deja de elegirse. Si creemos que Dios nos creó a su imagen y semejanza, y Dios creó libremente por ser El mismo libre, con más motivo hemos de asumir que somos libres y no estamos totalmente determinados por circunstancias (aunque por supuesto éstas si nos condicionan, pero siempre quedará un margen de libertad).

    Desde el clásico pesimismo antropológico de Lutero, estaríamos determinados por el pecado original (por eso los protestantes creen que solo basta la FE para salvarse). Y desde el nihilismo posmoderno, lo estaríamos por las estructuras ( y desde ahí el “todos nos salvamos hagamos lo que hagamos” de la teología modernista y progre). Constatemos por eso que los protestantes y los modernistas católicos coinciden en ese punto aunque vengan de fuentes diferentes: la negación de una libertad personal que a la vez es reivindicada como libertad de la conciencia ante la Verdad objetiva.
     Yo creo en un Dios que nos ha hecho libres, creados a su imagen e invitados a lograr su plena semejanza a través del buen uso de la libertad (desde la doctrina de San Ireneo, padre de la Iglesia). Un Dios que quiere que seamos sus amigos, que le digamos SI desde el corazón agradecido y a la vez movido por la libertad bien usada en la conciencia.
    La posmodernidad cree, si acaso, en un “Dios” fabricado por la conciencia sentimental del ser humano. Por lo que no hay libertad al no existir la causa externa. La fe católica cree en Dios Verdadero que ha creado al ser humano para que sea feliz amándolo. La libertad radica en vivir desde un SI QUIERO a esa invitación amorosa de Dios. 
Padre Santiago González
Nacido en Sevilla, en 1968. Ordenado Sacerdote Diocesano en 2011. Vicario Parroquial de la de Santa María del Alcor (El Viso del Alcor) entre 2011 y 2014. Capellán del Hospital Virgen del Rocío (Sevilla) en 2014. Desde 2014 es Párroco de la del Dulce Nombre de María (Sevilla) y Cuasi-Párroco de la de Santa María (Dos Hermanas). Capellán voluntario de la Unidad de Madres de la Prisión de Sevilla. Fundador de "Adelante la Fe".