Mientras los de Sri Lanka y los católicos lloran la sangre vertida por los mártires asesinados en más iglesias, durante la Misa de Santa Pascua -sangre anunciada por el incendio de Notre Dame de París- los funcionarios à la page de la Iglesia interreligiosa, eclesiásticos y laicos, se precipitaron en “asegurar”, como lo hizo Andrea Riccardi, que «la iglesia de San Antonio, en Colombo, no solo es un santuario muy apreciado por la piedad de los católicos de toda la isla […] La imagen del santo también es objeto de devoción por parte de musulmanes, hindúes y budistas, en un lugar donde se conserva la memoria de un acontecimiento milagroso. La iglesia es un santuario nacional, pero también un lugar de convivencia multireligiosa […]» (Corriere della Sera, 21 de abril de 2019).

Todos juntos, cristianos, musulmanes, hindúes y budistas veneran a San Antonio … pero después llegan los terroristas que no practican actos religiosos, sino únicamente políticos (como si el Islam, para los musulmanes practicantes, no fuera un solo todo de política y religión) y, no pudiendo afirmar, como en este caso, que se trata de la iniciativa de “lobos solitarios”, textualmente se afirma: «Es un hecho que las iglesias cristianas, en los últimos años, han pasado a ser un objetivo, para quien busca, con el terrorismo, sembrar divisiones y llamar la atención pública». Mientras tanto, el «jihad inferior» continúa su marcha.

San José Vaz (1651-1711), apóstol de Sri Lanka, no pensaba como la Iglesia interreligiosa de hoy y no porque viviera entre el 1600 y el 1700, sino porque la Fe en Cristo es siempre igual a sí misma en sus principios y, por tanto, en su doctrina, y precisamente por ello no está sujeta a cambios genéticos, dado que su génesis está en Cristo, l’ α e l’ω.

El oratoriano Vaz fue el primer hindú elevado a la honra de los altares el 21 de enero de 1995 por Juan Pablo II y canonizado por Francisco el 14 de enero de 2015, el cual, durante su viaje interreligioso precisamente en Sri Lanka, puso las cosas inmediatamente en claro, exaltando del santo el «espíritu misionero no agresivo, al servicio de los pobres» (come si existiese o hubiera existido un espíritu misionero belicoso en la Iglesia) y especificando que «la Iglesia en Sri Lanka no exige sino la libertad de llevar adelante su misión para prestar una contribución aún mayor a la paz, a la justicia y a la reconciliación en la sociedad de Sri Lanka».

¿San José Vaz fue verdaderamente un funcionario del Estado Vaticano o un misionero lleno de santo celo? Originario de Benaulim, en la India, José se trasladó a la Universidad de los Jesuitas en Goa para su formación humanística y después al Colegio dominicano de Santo Tomás de Aquino por la filosofía y la teología. Finalmente fue ordenado sacerdote en 1676. Se dedicó al apostolado en Goa, pero aspiraba entrar en una orden religiosa.

Un documento de abril de 1709, conservado en el archivo de los Oratorianos de Roma, firmado por los Padres Giovanni da Guarda y Antonio de Attaide, del Oratorio de Lisboa, certifica que «en la India-Oriental, en Goa, fue erigida por la autoridad Regia y Ordinaria y confirmada por S. S. Clemente XI la Congregación del Oratorio de nuestro Padre Felipe Neri». San José Vaz fue el alma de aquel Oratorio generoso en vocaciones y que convirtió muchos hindúes, y aún cuando estaba puesto en marcha con el máximo provecho, pudo dedicarse a su máxima aspiración: ser misionero en la actual Sri Lanka, en aquel tiempo bajo el dominio holandés, que perseguía ferozmente a los católicos.

Reveló su deseo al P. Pascoal, a quien pidió lo sustituyera: llevar la buena Nueva de la Salvación allá donde era pisoteada y exterminada, aquella sin concesiones y sin disminuciones; llevar a Cristo a los pueblos, al igual que San Pablo o San Francisco Saverio, bautizándolos en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, sin Buda y sin Mahoma.

Llegó a la isla como clandestino por causa de la persecución contra los católicos, en aquel entonces al igual que hoy. Vestido como esclavo y mendigo, rico únicamente por ser Ministro de Cristo, no encontró más sacerdotes: todos habían sido martirizados o expulsados. Las iglesias habían sido profanadas o destruidas, mientras que los fieles, amenazados de muerte, habían sido asesinados o dispersos para escapar de la muerte. Podía ser descubierto, pero comenzó enseguida la búsqueda de creyentes, la mayor parte de los cuales había asumido exteriormente los usos calvinistas para escapar del peligro.

La estrategia adoptada por el Padre José fue bastante temeraria: se puso al cuello el Rosario y la corona del Rosario y llamó de puerta en puerta, pidiendo limosna. Budistas e hinduistas no lo atendían, pero alguno comenzó a notar aquel signo de la piedad católica y se encamina la nueva evangelización de Ceilán. Se encerró durante dos años en la más segura aldea de Jaffna, donde desarrolló su ministerio, celebrando de noche la Santa Misa, confesando y dirigiendo a las almas. Sin embargo, el reflorecimiento de la catolicidad en el País hizo surgir las sospechas en la autoridad holandesa que propuso un premio en dinero a aquel que delatara al misionero.

Ningún Judas se presentó, mientras que el P. José fue ayudado a huir al pequeño reino de Kandy, que había permanecido independiente. Mientras tanto el Gobierno holandés martirizó a muchos fieles o los encarceló hasta su muerte. En Kandy reinaba el budista Vilamadharma Surya, quien fuera informado por agentes calvinistas sobre la existencia del P. José Vaz, presentado como peligroso espía de los portugueses, así que el soberano, cuando llegó a su territorio el misionero oratoriano, lo hizo encarcelar.

El Rey, sin embargo, se quedó fascinado con la espiritualidad y la santidad del sacerdote y se hizo amigo de él. La misma admiración y estima demostró el hijo de Narendrasinha que le sucedió en el trono. Fue así que el santo misionero, que también tradujo a las dos lenguas locales -el tamil y el singalés- las oraciones católicas y el catecismos, logró llevar a cabo un apostolado extraordinario primero en soledad y después con la ayuda de hermanos que se le unieron en el año 1697.

Antes de su dies natalis, dejó una misión de 70.000 fervientes católicos, 10 misioneros, 15 iglesias, 400 capillas. Este hombre de Dios logró, con coraje y fervor, restablecer en Ceilán, la luz de la Iglesia. En la noche del 15 de enero, al recibir el Santísimo, dijo a sus hermanos: «Recordad que no se puede fácilmente cumplir en el momento de la muerte aquello que se ha descuidado de hacer durante toda la vida».

Con el nombre de Jesús en los labios, el misionero alter Christus expiró. Los católicos – nuestros hermanos en Cristo (no en Mahoma)- que han derramado su propia sangre en el día de la Santa Pascua por su Fe, nuestra Fe, son los hijos no ya de aquellos que no creen más en la Verdad de la religión revelada, sino de aquellos padres instruidos por el apóstol San José Vaz.

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