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“Se postró en la tierra a los pies de Jesús, dándole gracias”

Acabo de regresar de una misión de dos semanas en Perú. En uno de los últimos días, una joven de nuestro grupo se lastimó y tuvimos que llevarla al hospital. Cuando apenas habíamos llegado, llegó una señora con su familia, y después de unos minutos de actividad frenética, la declararon muerta. Al ver la conmoción, me acerqué y pregunté a un familiar fuera de su cuarto si pudiera darle los Santos Oleos y para mi enorme sorpresa lo rechazaron. Pero insistí y pregunté al marido de la señora y él también me rechazó diciendo que son protestantes. Le pregunté si ella fue bautizada católica y me dijo sí, le pregunté que no tenía nada que perder si me lo permitiera, y con esto, me dio permiso. Iba a ungirla cuando me di cuenta que no había traído mis oleos. Entonces, llamé a la parroquia para pedir que viniera uno de los otro sacerdotes con los santos oleos. Mientras lo esperaba, otra enfermera vino y checó su pulso y al sentir algo, empezó con RCP. En ese momento llegó el Padre con los oleos para ungirla y darle la bendición apostólica, y cuando terminó la declararon muerta de nuevo.

Sus familiares no percibieron la gracia tan inmensa que recibió ella.  Pero una cosa es segura, si en verdad alcanzó salvarse, ella pasó a la eternidad alabando a Dios y dándole gracias por su bondad.

En el evangelio de hoy, el Señor obra un milagro para los diez leprosos, pero sólo uno de ellos volvió para darle gracias. La iglesia quiere que nos preguntemos si somos más parecidos a los nueve o al uno porque la gratitud es una de las virtudes más importantes y la falta de ella es uno de los mayores impedimentos a nuestro progreso en la vida espiritual.

Santo Tomás dice que la gratitud forma una parte de la virtud de justicia por la cual recompensamos de algún modo al bienhechor por un beneficio recibido. La gratitud es debida cuando el bien recibido no es merecido, es decir, cuando no tenemos ningún derecho a ello. Dice el Padre Royo Marín que, en un corazón noble brota espontáneamente la necesidad de demostrar la gratitud. Y así se ve la conexión intima entre la gratitud y la humildad, porque el humilde percibirá que merece muy poco o aún nada por sí mismo y reconocerá cada bien como algo que exige agradecimiento mientras el orgulloso se reclamará su derecho a cualquier bien que recibe y si su orgullo es mayor aún despreciará los bienes recibidos como insuficientes o menos que merece. Por eso el Padre Royo Marín dice que la ingratitud es un vicio tan vil, degradante, y feo porque niega nuestra dependencia de Dios. En verdad la ingratitud es signo que andamos hacia la perdición porque indica la falta de la humildad, la cual es un requisito indispensable para salvarse. Dice Fray de Estella: “Los perros y todos los otros brutos irracionales aman a su bienhechor y reconocen y agradecen el bien que se les hace. ¿Por qué yo, siendo criatura racional y criado a tu imagen y semejanza, seré peor que las bestias, no amando continuamente a ti, mi Dios y Señor, pues nunca cesas de obligarme con nuevos y singulares dones?”

Santo Tomás describe los tres niveles de mostrar gratitud. Primero la persona tiene que reconocer el beneficio recibido. Segundo, tiene que alabar y darle gracias a su bienhechor. Tercero, tiene que dar recompensa al dador según sus posibilidades. Al otro lado hay grados de ingratitud. Lo menos grave es el faltar de dar recompensa, el segundo es una disimulación que no demuestra haber recibido el beneficio, y el tercero y más grave es ni siquiera reconocer el beneficio. Ojalá que seamos muy cuidadosos para ser gratos en las relaciones con nuestros prójimos, y esto es muy importante. Y sobre todo con Dios. Debemos preguntarnos, ¿cuantas veces he dado, como recompensa por la infinitud de gracias que Dios me ha dado, nada más que pecados, quejas, y pretextos? ¿O es verdad, cuando rezo, que le digo nada más mis necesidades y olvido agradecerlo y alabarlo por no dejar de derramar  bendiciones sobre mí a pesar de mi ingratitud? ¿O con qué frecuencia, por mi falta de fe, me he quejado de una situación o dificultad como si fuera algo malo, olvidando que Dios maneja todo para nuestro bien?

Pues, San Pablo dice: “Dad gracias por todo al Señor; porque esto es lo que quiere Dios, que hagan todos en Jesucristo.”

Y San Bernardo dice: “Feliz el que por cada uno de los bienes de la gracia vuelve a Aquel en quien está la plenitud de las gracias; y, al mostrarnos agradecidos por las gracias recibidas, hacemos lugar en nosotros a la gracia para merecer recibir aún gracias mayores. Sola nuestra ingratitud nos impide en absoluto progresar en la vida perfecta, pues, reputando el dador que en cierto modo se ha frustrado lo que el ingrato ha recibido, se cuida en delante de no dar tanto al ingrato para no perder tanto.”

 Oigan lo que está diciendo este doctor de la iglesia que son los efectos de gratitud y porque es tan importante. Cuando estamos agradecidos, Dios aumenta su gracia en nosotros. Y cuando nos falta el debido agradecimiento, Dios cuenta la gracia que nos dio como si fuera perdida, y no nos da más. En verdad San Bernardo dice que al negar nuevas gracias y favores al ingrato es en realidad una gran misericordia de parte de Dios, puesto que por hacerlo asi, nos impide que nos hagamos aún más miserables por ser ingratos por aún más gracias.

“Si la multitud de beneficios divinos no ha logrado frutos proporcionales,” dice el Padre Gabriel de Santa María Magdalena, “es probable que se encuentra la razón en nuestra falta de gratitud.”

¿Y para que debemos dar gracias? La verdadera respuesta es: todo. San Pablo dice: “¿Qué tienes que no hayas recibido?” Por eso Dios nos bendice, para que reconozcamos su gloria y nos sujetemos a Él por amor. Desafortunadamente, los más ingratos pueden ser los que han recibido más. En la escena evangélica de hoy los que no devolvieron gracias son los judíos, del pueblo escogido de Dios, y el que volvió para dar gracias fue el impuro samaritano.

Para muchos de los jóvenes que me acompañaron en el viaje a Perú les llamó mucho la atención que hay gente que casi no tiene acceso a la misa, a la confesión, y a los demás sacramentos ni tiene la oportunidad de conocer bien la riqueza de nuestra fe, a veces fue la primera misa o oportunidad para confesarse en muchos años, mientras ellos pueden confesarse cuando quieran, pueden asistir a misa en esta forma tan hermosa y santa, cuando quieran, y muchas veces no lo aprecian como deben.

Como dice Santa Teresa de Ávila: “La grandeza de los favores de Dios en verdad condena los que son ingratos.”

Y San Bernardo dice: “La ingratitud es el enemigo del alma, el destructor de mérito y virtud y lo que causa que se pierda favores. Es un viento que quema y seca el fuente de piedad, el rocío de misericordia, y los torrentes de gracia.”

¿Cómo mostramos, entonces, nuestra gratitud? Según los tres niveles de Santo Tomás, primero necesitamos tener ojos de fe que reconocen los beneficios que Dios está dándonos en cada momento. Si vivimos en el momento presente y formamos la intención de aprovechar cada gracia que Él nos ofrece, de repente nos sentiremos inundados por la inmensidad de los beneficios que nos da. Si en verdad nos abandonamos a la voluntad de Dios, veremos la verdad del dicho de San Pablo: “Sabemos que todas la cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios, de aquellos, digo, que él ha llamado según su decreto, para ser santos.”

El segundo nivel es alabarlo y expresar nuestra gratitud. Todos saben que deben expresar sus necesidades a Dios, pero ¿cuántos en verdad recuerdan que también deben alabar, arrepentirse, y agradecer? Las alabanzas divinas siempre están en los labios de los santos. No tengamos miedo de contar las grandezas de Dios a todos y en todo tiempo, especialmente lo que ha realizado en nosotros y por nosotros.

Y finalmente, existe el deber de dar recompensa, y esto es lo más difícil. ¿Qué puedo dar a Dios que es adecuado? En verdad no hay nada, excepto todo lo que soy, y todo que me ha dado, y esto es lo que quiere. Intentemos no negarle nada, intentemos utilizar los dones que nos ha reglado para servirle y para aumentar su reino. Incluso debemos intentar ser mas generosos con nuestros recursos y tiempo especialmente al servicio de la parroquia, aun haciendo sacrificios para hacerlo. Pero, en fin, hay una sola cosa que bastará para recompensar a Dios, que es Jesucristo. Solo él puede dar las gracias infinitas que un Dios infinito merece y lo hizo perfectamente cuando se entregó totalmente a Dios en su sacrificio en la cruz. ¡Qué bendición que nos hace partícipes de esta acción de gracias perfecta en cada misa! Si queremos ser agradecidos, hemos de vivir la misa y hacer que toda nuestra vida sea una continuación de ella.

“¿Qué devolveré al Señor por todo lo que El me ha devuelto? Tomaré el caliz de la salvación e invocaré el nombre del Señor.”

Dice Santa Catalina de Siena:

“¡Oh amor inestimable, cuán admirable son las cosas que has realizado en tus criaturas! Oh alma mia, miserable y ciega, ¿dónde está tu grito de gratitud? ¿Dónde están las lágrimas que debes de derramar delante de tu Dios que te llama sin cesar? ¿Dónde están mis anhelos delante de  la misericordia divina? No existen porque todavía no me he olvidado de mí mismo porque si me hubiera olvidado y si sólo hubiera buscado la gloria y alabanza de tu nombre, mi Dios, mi corazón te habría ensalzado con un himno de gratitud. Gracias a ti, O Trinidad eterna y altísimoa. Soy ella que no es y Tú eres Él que es. Glorifícate haciendome alabarte. Perdóname,  Padre, porque soy tan miserable e ingrata a ti por los beneficios inmensos que he recibido.”

Padre Daniel Heenan FSSP




Padre Daniel Heenan
Padre Daniel Heenanhttp://www.fsspmexico.mx/
Miembro de la Fraternidad Sacerdotal San Pedro. Es Párroco de la cuasiparroquia personal de San Pedro en Cadenas en Guadalajara, México

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