La religión no tiene cosa más santa ni el mismo Dios pudiera hacer cosa mayor ni más respetable que el sacrificio de la Misa: institución del  todo divina, oblación santa, víctima de un precio infinito, sacrificio del Cuerpo y Sangre adorable de un  Dios hombre, Pontífice Sumo, igual en todo al mismo Dios. ¿Puede imaginarse cosa más divina ni más digna de nuestro culto? Todo esto se halla reunido en este divino misterio. El sacrifico de  la Misa no solamente es acto de religión: es, por decirlo así, el compendio de toda religión.

Todos aquellos augustos sacrificios de la antigua ley, que Dios había instituido y arreglado por sí mismo hasta las más leves ceremonias: aquellas majestuosas solemnidades que con tanta devoción se celebraban: aquella arca misteriosa, que no era permitido ni ligeramente mirarla; aquel Sancta Sanctorum donde el Sumo Sacerdote podía entrar una sola vez en el año; y en fin, aquel maná milagrosos que Dios hizo caer del cielo para alimentar a su pueblo: todo esto era solamente sombras y figuras imperfectas de la majestad y excelencias del sacrificio de la ley de la gracia. La Misa es propiamente el tesoro de la Iglesia: es la obra más prodigiosa de la Sabiduría y de la Misericordia de Dios.

La Escritura dice que Salomón sacrificó al Señor veinte y dos  mil bueyes y ciento veinte mil carneros en la solemnidad de la dedicación del templo. La Iglesia cuenta casi veinte millones de Mártires, que derramando su sangre por la fe, fueron otras víctimas consagradas al Dios vivo. ¡Qué honra no diera a Dios el sacrificio voluntario de todas las criaturas! Más todos estos actos de religión, y aún otros muchos más perfectos que pueden hacer las criaturas más nobles, no sólo son inferiores, pero ni aún proporción tienen con la excelencia del sacrifico incruento de Jesucristo en nuestros altares.

Más honra se le da a Dios con una sola Misa, que la que se le pudiera dar con todas las acciones de los ángeles y de los hombres, por heroicas y fervorosas que fuesen. La Hostia inmaculada que en ella se ofrece en sacrificio a la Majestad de Dios es de un mérito proporcionado al mismo Dios a quien se ofrece.

¿Está Dios irritado? ¿Tenemos necesidad de nuevo socorros? ¿Nos hace gemir la violencia de nuestras pasiones? ¿Nos faltan los alientos con las enfermedades que nos oprimen? ¿Debemos dar gracias a Dios por sus beneficios? ¿O por ventura tenemos que satisfacer a su Justicia? En este solo sacrificio tenemos con que acudir a todas estas necesidades y pagar todas estas deudas. Se halla en él un caudal inagotable de satisfacciones y de méritos. La Misa es un remedio universal: es el árbol de la vida. En ella revive Dios los reconocimientos de aquel Hijo amado en quien tiene sus delicias: es una víctima que desarma su indignación: es un sacrificio de propiciación que no puede menos de serle agradable.

Esta es una de las verdades fundamentales de nuestra religión, y un punto esencial de nuestra fe.

¡Cuáles deben ser los sentimientos de admiración, de amor y de reconocimiento de todos loso fieles con sólo acordarse de este incomprensible beneficio! ¡Qué asombro! ¡Más qué respeto a vista de esta maravilla! ¡Con qué humildad deben asistir delante de una Majestad tan adorable! ¡Qué deseo tan ardiente deben tener de participar de estos divinos misterios! ¡Qué veneración no deben a los sagrados altares! ¡Qué respeto a estas augustas ceremonias!

¿Puede tenerse la osadía de comparar la compostura respetuosa con que se está delante de los grandes, a la que se debe tener mientras dura este divino sacrificio? Porque ¿qué semejanza hay, o qué sombra de proporción puede haber entre el respeto de que debe a Dios y el que se debe a os hombres? Hay honores que se deben a los príncipes; ¿y cuáles deben ser los que se deben a Jesucristo ofrecido sobre nuestros altares?

Discurso sacado de las obras del P. Juan Croiset S.J.