Desde el inicio de nuestra fe siempre se comparó a la Iglesia con un navío cuyo Capitán era Cristo y con un segundo de abordo y una oficialía que se encargaban de conducirnos a todos, en medio de las olas de un bravo y peligroso mar, hacia un puerto seguro que era el cielo.

Durante su trayecto la embarcación se fue encontrando muchos náufragos a quienes se les invitó a subir[1]; al tiempo que otros que iban en la nave prefirieron saltar por la borda, para desgraciadamente ahogarse o ser atrapados por los tiburones[2].

A lo largo de su travesía la nave ha tenido que superar muchas dificultades[3], pero después de corregir el rumbo, ha seguido fielmente la ruta conducido por su Capitán y ayudado fielmente por el segundo de abordo y la oficialía.

En los últimos tiempos, y hablo de los últimos sesenta años, parece como que el Capitán de la nave, cansado del camino, se ha echado a dormir[4] y la ha confiado en manos de su segundo y de la oficialía. Estos, al principio, intentaron llevar la embarcación por la ruta que el Capitán les había marcado, pero dándose cuenta o no, el timón se fue desviando; y lo que en un principio era una mínima separación de la ruta original, con el paso de los años fue tal, que si no se corrigiera el rumbo podría existir el peligro de no llegar a feliz puerto.

Es verdad que este fatal desenlace no puede ocurrir[5], pues el Capitán sigue a bordo; pero el daño que se está haciendo es tal que podría ser que algunos, desesperados al ver la nueva dirección totalmente diferente a la marcada por el Capitán, se tiraran por la borda para buscar la salvación por su cuenta. Y otros, aprovechando la confusión y el desorden subieran al barco como polizones; y sin tener propósitos de dejarse guiar por el Capitán, pretendieran llegar a buen puerto sin cumplir con las debidas condiciones.[6]

Al mismo tiempo, esta nave se ha encontrado con otros barcos que durante un tiempo parecían navegar en paralelo con nosotros, aunque la realidad no era tal, pues éramos nosotros, los que al haber perdido el rumbo nos pusimos en paralelo con ellos.[7]

En estos momentos de confusión actual, – en los que más parece que ha habido un auténtico motín, y el segundo de abordo, instigado por otros miembros de la oficialía, tripulantes y algunos pasajeros han tomado el mando del buque bajo pretexto de que el Capitán se había vuelto loco-, no hemos de perder los nervios. Aun a riesgo de que Cristo nos llame la atención, siempre podremos acudir a Él, pues en el barco está,  despertarlo, y decirle las mismas palabras que ya San Pedro le dijo: “¿Maestro, no te importa que muramos?” La respuesta de Cristo será la misma que Pedro recibió: “¡Hombres de poca fe! ¿Por qué habéis dudado?” De ese modo conseguiremos que Cristo clame al mar y la tempestad se calme y nosotros también.[8]

Lo que no se puede hacer, como ya han intentado muchos a lo largo de la historia, es amotinarse y levantarse contra la oficialía. Últimamente están apareciendo muchos, que queriendo aparecer como salvadores de la Iglesia, no hacen más que confundir, asustar y robar la fe de los más débiles y de aquellos que con poca formación, aunque con buenos deseos, intentan ser fieles a Cristo, pero no saben cómo compaginar eso con el hecho de ser fieles a la Iglesia del momento.

No nos dejemos engañar por los nuevos reformadores, pues no son nuevas “juanas de Arco” que vienen a salvar a la Iglesia y a Francia, sino pequeños “luterillos”, que bajo pretexto de buscar la perfección de la Iglesia no hacen más que denunciar y acusar, pero que no han derramado ni una gota de su sangre (ni están dispuestos a hacerlo).

Confiemos en Dios. La Iglesia ya pasó por muchos momentos de crisis, pero siempre surgieron concilios como los de Nicea, Constantinopla, Éfeso, Calcedonia, Letrán, Trento, Vaticano I –entre otros-, como respuesta del mismo Dios para salir rejuvenecidos y reforzados en nuestra fe.

No somos nosotros los encargados de tripular el barco sino “ellos”, pues así lo estableció Jesucristo (Lc 10:16; Mt 16:18; Mt 18:18). Amotinarse contra aquellos que fueron destinados por Cristo para dirigir su Iglesia es ir contra Él, y si eso hacemos, no queramos luego pretender que Él nos salve. Nunca olvidemos esa frase lapidaria que San Cipriano dijo hace ya muchos siglos y que luego la Iglesia repitió con insistencia los siglos posteriores aunque ahora muchos pretendan ocultar: “Extra Ecclesiam nulla salus”.

Tiempos duros se avecinan, pero no tengamos miedo, Él sigue con nosotros.  “Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis….Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16: 32-33). Tiempos que serán especialmente duros para aquellos, que saltando por la borda y abandonando el barco de salvación, busquen llegar a buen puerto sin contar con los medios de salvación que Cristo nos proporcionó.

Y en cuanto a aquellos que andan nerviosos y preocupados con lo que pueda ocurrir en el próximo sínodo de la familia, permítanme decirles lo siguiente: No va a ocurrir nada que no esté ocurriendo ya. La Iglesia nunca abrirá la puerta a los adúlteros, concubinos, homosexuales…, a no ser que se arrepientan y cambien; y no lo hará porque no puede hacerlo. Lo que sí ocurrirá, con sínodo o sin sínodo, es que mientras la Iglesia no recupere el rumbo originalmente establecido por su Fundador, más escándalos seguirán ocurriendo; pero nada, que no esté ocurriendo ya de facto; pues el pecado, aunque siga siendo una ofensa a Dios, ya no es considerado como tal en muchos confesionarios; los matrimonios ya se están separando previo pago de un canon en la curia correspondiente, a pesar de que siga siendo “indisoluble”; los adúlteros y concubinos públicos ya se acercan a recibir la Sagrada Eucaristía, aunque de iure no puedan hacerlo.

Mi pregunta no es lo que la Iglesia pueda hacer en este próximo sínodo, pues ya lo sé, sino si la Iglesia estará dispuesta a volver al rumbo fiel que originariamente Cristo le estableció o tendremos que esperar ya la inminencia de los acontecimientos finales de nuestra historia[9].

Padre Lucas Prados

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[1] Incluimos aquí a todos los conversos, arrepentidos y personas en general que no habiendo sido bautizadas originariamente en la Iglesia católica luego pidieron ser aceptados en la misma.

[2] Aquí tendríamos que nombrar a todos aquellos que se separaron de la Iglesia católica para formar sus propias iglesias: luteranos, presbiterianos, calvinistas…

[3] Subió a la barca y sus discípulos le siguieron. De pronto se levantó en el mar una tempestad tan grande que la barca quedaba tapada por las olas; pero él estaba dormido. Acercándose ellos le despertaron diciendo: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» Díceles: «¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?» Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza. Y aquellos hombres, maravillados, decían: «¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?» (Mt 8: 23-27).

[4] “Pero él estaba dormido” (Mt 8:24).

[5] “Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mt 16:18).

[6] “No todo el que me diga: “Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7:21).

[7] Me refiero al movimiento ecuménico. No es que otras religiones intentaran acercarse a nosotros, sino que más bien, al haber perdido nosotros el rumbo trazado, empezamos a navegar en paralelo con ellos. Fruto de ello han sido: la confusión doctrinal existente, la vulgarización de la liturgia, el sincretismo religioso, la pérdida del valor de los sacramentos; en especial de los siguientes: La Eucaristía ha quedado reducida para muchos a un mero pan de unidad de los cristianos; la Penitencia ha sido prácticamente eliminada al haberse perdido el sentido del pecado; el Orden Sacerdotal se ha difuminado al haberse “intentado unificar” el sacerdocio ministerial con el sacerdocio común de los fieles; y el Matrimonio, al haberse abierto vías para la ruptura de un vínculo que Dios quiso fuera indisoluble.

[8] “Se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza” (Mt 8:26).

[9] “Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?” (Lc 18:8).

Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a lucasprados@adelantelafe.com