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Segundo Domingo de Pasión o de Ramos

I. El día que estamos celebrando recibe en la edición del Misal Romano de 1962 el nombre de Dominica II Passionis seu in palmis: Segundo Domingo de Pasión o de Ramos.

En la Liturgia de hoy, que es como la puerta de entrada a la Semana Santa, encontramos que se dan cita dos motivos:

  • La conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén (cfr. Evangelio de la procesión: Mt 21, 1-9).
  • Ese mismo Jesús que descendió del monte de los olivos como rey pacífico, será crucificado pocos días después (cfr. lectura de la Pasión en la Misa: Mt 26, 36-75; 27, 1-60).

A esos dos motivos corresponden las dos partes en que se articula la celebración. La solemne procesión de ramos en honor de Cristo Rey es una gozosa manifestación de la fe que profesamos: Cristo, rey de los mártires se dirige con la Iglesia de sus mártires y confesores a la Pasión y por esta a la glorificación. El tono cambia en la Misa cuyas partes variables están cargadas de una nota de profunda tristeza. Si en el cortejo procesional hemos acompañado a Cristo nuestro Rey vencedor, en la Misa vamos a la muerte con Él. De este modo, la liturgia de la Iglesia nos inculca que si hemos acompañado a nuestro redentor en la vida y en la lucha, entraremos en el reino de los cielos para reinar eternamente con Él (cfr. Pius PARSCH, El año litúrgico, Barcelona: Herder-Editorial Litúrgica Española, 1964, 236-241).

II. La última semana de Cuaresma se llama Santa porque en ella se celebra la memoria de los más grandes misterios que Jesucristo obró por nuestra redención. Pero en las celebraciones litúrgicas de estos días no nos limitamos a la mera conmemoración histórica de dichos misterios, de lo que Jesús realizó.

Por el bautismo estamos inmersos en el mismo redentor, para morir y resucitar con Él: «Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo y habéis resucitado con Él, por la fe en la fuerza de Dios que lo resucitó de los muertos […] Por tanto, si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios» (Col 2, 12; 3, 1-3).

Como rezamos en el Credo, el Hijo de Dios «por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del Cielo y se encarnó…». Era necesario que Jesucristo fuese hombre para que pudiese padecer y morir, y que fuese Dios para que sus padecimientos fuesen de valor infinito.«Por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato». En cambio, no era absolutamente necesario que Jesús padeciese tanto, porque el menor de sus padecimientos hubiera sido suficiente para nuestra redención, siendo cualquiera acción suya de valor infinito. Pero quiso padecer tanto «para satisfacer más copiosamente a la divina justicia, para mostrarnos más su amor y para inspirarnos sumo horror al pecado» (Catecismo Mayor).

«Por nosotros los hombres…». San Pablo, nos revela la estrecha relación que hay entre la redención de todos los hombres y la vida de la gracia que concreta esa entrega de amor por mí, como si no hubiese nadie más, como si Dios no tuviera a otro a quien amar: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gal 2, 20). Mons. Straubinger glosa esta afirmación paulina subrayando su carácter trascendental para nosotros: «Es muy importante para nuestra vida espiritual el saber que “el amor de Cristo no pierde nada de su ternura al abarcar todas las almas, extendiéndose a todas las naciones y a todos los tiempos”» (La Santa Biblia, versión de Mons. Juan Straubinger, in loc. cit.). ¿Y por qué se entregó por mí? continúa preguntándose:

«¡Para llevarme a su propio lugar! (Jn 14, 2 s.). La caridad más grande del Corazón de Cristo ha sido, sin duda alguna, el deseo de que su Padre nos amase tanto como a Él (Jn 17, 26) […] Jesús  […] nos invita a vivir de Él por la fe (Jn 1, 16; 15, 1 ss.) y por la Eucaristía (Jn 6, 57), esa plenitud de vida divina, como Él la vive del Padre. Todo está en creerle (Jn 6, 29), sin escandalizarnos de ese asombroso exceso de caridad (Jn 6, 60), que llega hasta entregarse por nosotros a la muerte para poder proporcionarnos sus propios méritos y hacernos así vivir su misma vida divina de Hijo del Padre, como “Primogénito de muchos hermanos” (Rm 8, 29).» (ibíd.).

En consecuencia, las celebraciones de estos días nos servirán para renovar el propósito firme de llevar una vida de acuerdo con nuestra condición de hijos de Dios. Para recorrer así los mismos caminos de la vida de Cristo: obediencia a la ley de Dios, humildad, servicio a los demás…

El camino ordinario de esta vida de la gracia pasa por la oración y la frecuencia de Sacramentos, muy en especial la Eucaristía y la Confesión. Esto último se ve particularmente dificultado por las circunstancias que estamos viviendo y que impedirán a muchos fieles asistir a los ritos litúrgicos. Por eso mismo, la Iglesia nos invita a que aprovechemos la oportunidad para intensificar la oración personal y en familia (lectura del evangelio, rezo del santo rosario u otras prácticas devocionales…) usando también los medios de comunicación y otros recursos a nuestro alcance. Nunca como en este tiempo la Iglesia experimenta el poder de la comunión de los santos y eleva a su Señor Crucificado y Resucitado votos y oraciones, en particular el Sacrificio de la Santa Misa, celebrada diariamente, incluso sin el pueblo, por los sacerdotes.

En circunstancias normales, estos días son aprovechados por muchos fieles para acercarse al sacramento de la Penitencia y disponerse así para la comunión pascual. Quienes estén impedidos de comulgar sacramentalmente pueden hacerlo de manera espiritual, también con fruto abundante. Si alguien se encontrara en la dolorosa imposibilidad de recibir la absolución sacramental, procure hacer un acto de contrición perfecta, procedente del amor del Dios amado sobre todas las cosas, expresada por una sincera petición de perdón y acompañada del firme propósito de recurrir cuanto antes sea posible, y antes de recibir la sagrada comunión, a la confesión sacramental con un sacerdote.

Procuremos, pues en estos días redoblar nuestro espíritu de oración y penitencia. Y acudir con más confianza a la Virgen María, mediadora de todas las gracias. Que ella nos alcance la misericordia divina y la salud del alma y del cuerpo.

Padre Ángel David Martín Rubio
Padre Ángel David Martín Rubiohttp://desdemicampanario.es/
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU. Ha sido profesor en la Universidad San Pablo-CEU y en la Universidad Pontificia de Salamanca. Actualmente es deán presidente del Cabildo Catedral de la Diócesis de Coria-Cáceres, vicario judicial, capellán y profesor en el Seminario Diocesano y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Virgen de Guadalupe. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y el portal "Desde mi campanario"

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