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Sermón del Reverendísimo Dom Antoine Forgeot
Abad Emérito de Nuestra Señora de Fontgombault
(Fontgombault, Noviembre 1 de 2014)

Tu solus sanctus
Solo Tú eres Santo

Queridos Hermanos y Hermanas,
Amadísimos hijos de nuestro Padre Abad,

La solemnidad de este día nos introduce, aunque sea poco, en la Jerusalén celestial, a fin de contemplar la innumerable asamblea de todos los Santos y escuchar las canciones de alabanza y adoración que presentan ante Dios y el Cordero.

En otras partes del Apocalipsis, San Juan nos hace escuchar fragmentos de la liturgia celebrada ante el Trono:

Los cuatro Vivientes tienen cada uno seis alas, están llenos de ojos todo alrededor y por dentro, y repiten sin descanso día y noche: Santo, Santo, Santo, Señor, Dios Todopoderoso, “Aquel que era, que es y que va a venir” (Ap 4,8)

Ya en tiempos de su vocación Isaías había visto Serafines parados ante el Trono de Dios, exclamando entre sí: “Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos, la tierra entera está llena de Su gloria.” (Is. 6,3) Dios es infinitamente santo, como lo canta el Salmista:

Grande es Yahveh en Sión. Excelso sobre los pueblos todos; loen tu nombre grande y venerable: santo es él. Exaltad a Yahveh nuestro Dios, postraos ante el estrado de sus pies: santo es él. (Salmo 98 [99] 2,3,5)

Dios es la fuente y modelo de toda santidad. Su Hijo, nuestro señor Jesucristo, es “el brillo de su Gloria y la figura de Su substancia” (Hbr. 1,3); es en Él y por Él que tenemos acceso al Padre y podemos entrever algo de su perfección, tanto como Él quiera concedernos; de igual forma, tanto como nosotros, bajo la influencia de su gracia, lo deseemos y nos preparemos para ello.

Es a través del contacto con nuestro Señor, mediante su imitación y la escucha de sus enseñanzas, que avanzaremos hacia el camino de la santidad al que todos estamos llamados. En diferentes ocasiones, San Pablo invitó a los destinatarios de sus cartas a imitarlo, así como él mismo imitaba a Cristo. A los cristianos en Éfeso escribió:

Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma. (Ef. 5, 1-2)

En estas pocas palabras aprendemos cuál es la esencia de la santidad: la caridad y una caridad perfecta. Caridad que llega hasta el sacrificio de nuestra riqueza y de nuestra vida por amor a Dios y a nuestros semejantes, como nos dan ejemplo en la actualidad tantos cristianos del Este: ellos experimentan la octava bienaventuranza, la de aquellos que son perseguidos por causa de la justicia. Hagamos oración por ellos y celebremos en ellos la cosecha que no dejará de producir, en una Iglesia que da frutos por la sangre de tantos mártires; y oremos para que Dios, por medio de la intercesión de estos mártires, nos conceda la fortaleza para seguir sus pasos en caso de pasar una prueba similar.

Si bien la gracia del martirio no es para todos, nadie queda exento de seguir el mandamiento de nuestro Señor: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto.” (Mt. 5, 48). El programa de santidad ha sido delineado en el Sermón de la Montaña, precisamente en las Bienaventuranzas, en las cuales podemos admirar la imagen de nuestro Señor mismo. ¿Quién en verdad ha sido más pobre, manso y misericordioso que Él? ¿Quién más que Él ha sido injuriado, rechazado, sediento de justicia y al mismo tiempo buscado la paz? ¿Podrá haber un corazón más puro e incandescente de amor que su corazón?

El camino de las Bienaventuranzas es el camino que han seguido todos los Santos en el fervor por el buen celo mencionado por San Benito, el cual no es otro que la caridad. El Papa Benedicto XVI, siendo aún el Cardenal Ratzinger, dijo en una homilía:

Orígenes nos legó una palabra del Señor: “El que está cerca de mí, está cerca del fuego.” Aquel que rechaza ser consumido por el fuego se alejará y permanecerá lleno de miedo ante Él. El “sí” de los seguidores de Cristo implica la valentía de permitirnos ser quemados por el fuego de su pasión, el cual es al mismo tiempo el fuego salvífico del Espíritu Santo. Sólo si tenemos el coraje suficiente para permanecer cerca de su fuego, si nos dejamos ser consumidos, seremos capaces de prender fuego a la Tierra con el fuego de su vida, esperanza y amor. (Cuarto Centenario del Seminario Bamberg, 1986)

Nuestro Señor dijo: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!” (Lc 12, 49). Y San Pablo escribió a los Tesalonicenses: “Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación.” (I Tes. 4, 3)

Pidamos a nuestra Señora nos permita entender estas palabras y correr tras de ella en el camino de la perfección, de modo que con ella y todos los Santos repitamos por siempre:

Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén. (Ap. 7,12)
Artículo original

[Traducción Ramses Gaona]