PUNTO PRIMERO. Le ponen por nombre el de Jesús, porque debe salvar a su pueblo de sus pecados. Considera cómo esta joya preciosísima de su santísimo Nombre no se le dio a Cristo inútilmente, sino que cargó con la obligación de salvar al mundo a precio de su sangre y de inmensos dolores, fatigas y de la muerte en cruz. Debes persuadirte de que Dios no da sus beneficios si no con la condición de padecer mucho por su amor y a costa de trabajos. Si con su propio Hijo se portó Dios de esta manera, ¿qué hará con los demás? Dios no quiere que nadie esté ocioso en este mundo, ni dado a sus gustos y comodidades. Quiere que todos trabajemos y padezcamos para merecer su santa gloria. Por tanto, ofrécete a su Divina Majestad con toda resignación, para lo que quiera hacer contigo. Y si te hiciere alguna merced, dale gracias por ella, y ármate de paciencia para enfrentar las ocasiones de trabajos que te ofreciere con ella, y dile con el Profeta: Dispuesto  está mi corazón ante vos, Dios y Señor mío, dispuesto está, pronto para tu servicio, y para padecer por tu amor todo lo que fuere de tu gusto y santa voluntad. Y así, continúa con tu diálogo en rendidos afectos.

PUNTO II. Considera que Cristo es tu Salvador, y el amor y caridad con que se encargó de salvarte, cuando tú le tendrías que haber tenido sin cuidado y le estabas ofendiendo. Agradécele su inmensa piedad para contigo, y llénate de gran confianza de que alcanzarás el perdón de tus pecados, pues tienes un Salvador que te ama más de lo que tú puedes amarte a ti mismo. Contempla cómo no evitó romper sus venas ni bien nació, y empezó a derramar su sangre para lavar con ella las manchas de tus pecados. Bastando una sola gota para redimir el mundo, fue tan copiosa su redención que la derramó por ti tantas veces y en tanta abundancia, que corrieron arroyos de sangre hasta la tierra. Reconoce tanto beneficio a tu amantísimo Redentor, y no te acobarden tus trabajos, ni pierdas la confianza aunque te veas anegar en mares de pecados. Mas levanta tu corazón a Él, y confía en la infinita piedad que tendrá contigo, ten por seguro que te perdonará, y te dará el Cielo si lloras tus culpas con verdadera contrición.

PUNTO III. Considera que se llama Salvador, porque salva a su pueblo de sus pecados. Otros hicieron en la ley antigua papel de salvadores, ya que libraron a su pueblo de la cautividad de los hombres y de la opresión de sus enemigos, sacándolo de Egipto y llevándolo a la tierra de promisión; quienes hicieron bienes temporales a los hombres sin ninguna costa suya. Pero Cristo es el verdadero Salvador, que a costa de su propia sangre sacó a su pueblo del Egipto de sus pecados y de satánica cautividad, y le introdujo en la verdadera tierra de promisión del Cielo. Échate a sus pies, y pídele con todo el afecto de tu alma que no haga excepción contigo, dejándote cautivo, sino que te libre de la esclavitud demoníaca y de las cadenas de tus pecados, y te ampare y defienda hasta introducirte en la patria celestial de la bienaventuranza.

PUNTO IV. Por último, considera que si a Cristo no se le dio semejante Nombre por que sí o inútilmente, tampoco te lo dio a ti el tuyo, que es una participación del Suyo, ni en vano, ni ociosamente. Te llamas cristiano, que es lo mismo que discípulo de Cristo y soldado de su milicia, porque estás bajo bandera, y por ello haz de seguir sus pisadas, y pelear varonilmente contra el mundo, el infierno y contra ti mismo, haciendo guerra sin cuartel a tu propia carne. Pon los ojos en el Redentor, y contempla despacio que cumple con todas las obligaciones que su nombre le impone, y reflexiona después sobre ti mismo, y mira qué haces para cumplir con las del tuyo. Y dolorido de tu negligencia, enmienda lo pasado, y pídele su gracia para cumplir en adelante tus obligaciones, y medita que a Cristo le costó su sangre toda, ser Salvador de otros, para que a nosotros nos costara la  nuestra, la propia salvación.

Padre Alonso de Andrade, S.J 

Meditación
Meditaciones diarias de los misterios de nuestra Santa Fe y de la vida de Cristo Nuestro Señor y de los Santos.