“Todo lo ha hecho bien”

I. Las lecturas de este undécimo domingo después de Pentecostés pueden considerarse a la luz de un significado que vamos a denominar bautismal.

En el Evangelio (Mc 7, 31-37) vemos la curación de «un sordo, que, además, apenas podía hablar» (v. 32). El día de nuestro bautismo, el Señor abrió nuestros oídos para poder escuchar a Dios y nuestros labios para poder hablarle y fuimos admitidos en la Iglesia, la comunidad de sus elegidos. Esa transformación se llevó a cabo por la infusión de la gracia que tiene sus exigencias sobre nosotros hasta el punto de que todo bautizado debería poder exclamar como san Pablo en la Epístola (1Cor 15, 1-10): «por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo» (v. 10).

De este modo, si el Evangelio nos recuerda el bautismo, la Epístola nos amonesta acerca de la cooperación que debemos prestar a la gracia recibida en él[1].

II. Volviendo al milagro del Evangelio, la mudez y la sordera han sido interpretadas simbólicamente por los santos Padres: la sordera representa el entorpecimiento del alma que no escucha la voz de Dios y la mudez, nuestro olvido de glorificar a Dios, particularmente con las obras.

«O bien es sordo y mudo el que no tiene oídos para oír la palabra de Dios, ni lengua para hablarla; y es necesario que los que saben hablar y oír las palabras de Dios ofrezcan al Señor a los que ha de curar»[2].

Entre los impedimentos para oír la palabra de Dios, podemos señalar[3]:

  • La falta de amor a Dios. la palabra de Dios necesita preparación en el que la recibe para que pueda oírla. A medida que el alma está más unida a Dios, percibirá un contenido más profundo y a la inversa ocurre cuando el hombre pone algún obstáculo.

Como dice Jesús a los judíos que le escuchaban materialmente pero no oían con el espíritu: «El que es de Dios escucha las palabras de Dios; por eso vosotros no escucháis, porque no sois de Dios» (Jn 8, 47). Pero si ellos reconocen el lenguaje de Cristo ni pueden escuchar su palabra (cfr. Jn 8, 43), es debido a sus malas disposiciones morales para ello[4].

  • La ignorancia religiosa. Muchos no dan oído a la palabra de Dios por falta de formación humana y religiosa; por el ambiente social en que se desarrolla su vida, por el desconocimiento de los elementos más fundamentales de la doctrina cristiana o la deformación de la misma.
  • Los propios pecados personales y la corrupción del corazón que llevan a considerar la Ley de Dios y la moral evangélica demasiado pesadas. Recordemos a los que en el Antiguo Testamento pedían a los profetas que no les hablasen de cosas desagradables y preferían a los falsos profetas que halagaban sus pasiones.

III. Para salir de esta situación debemos imitar a Jesús en su vida ordinaria; haciendo bien como Él todo lo que tenemos que hacer, nuestros actos de cada día: «Y en el colmo del asombro decían: Todo lo ha hecho bien […]» (v. 37). Para nosotros, esto consiste en hacer todo aquello que Dios quiere, y hacerlo bien[5].

  • Es claro que, primeramente, esto excluye todo pecado, todo acto malo y culpable.
  • Hacer todo lo que es de obligación según el estado o la condición en que nos encontramos; descuidar estos deberes aunque fuera para dedicarse a largas oraciones, es desagradar a Dios.
  • Y en las cosas indiferentes procurar hacer lo que es mejor, lo que puede procurar más gloria a Dios o ayudar más al prójimo. A veces es necesario un cierto discernimiento: pidiendo gracias, procurando actuar con rectitud de intención o considerando lo que querríamos haber hecho a la hora de la muerte y ante el juicio de Dios.

III. Nos dirigimos a la santísima Virgen María para que su maternal intercesión nos alcance cada día la apertura de nuestros oídos y de nuestros labios para escuchar la palabra de Dios, conocer su voluntad y dar testimonio de la fe que profesamos con lo que decimos y, sobre todo, con lo que hacemos en cada uno de los días de nuestra vida.


[1] Cfr. «Verbum vitae». La Palabra de Cristo, vol. 6, Madrid: BAC, 1959, 999-1000.

[2] SAN BEDA, in Marcum, 2, 31, cit.por Catena aurea in Mc 7, 31-37.

[3] Cfr. “Verbum vitae”, o. c., 1073-1074.

[4] Cfr. Manuel de TUYA, Biblia comentada, vol. 5, Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 1154.

[5] Cfr. J. THIRIET; P. PEZZALI, Archivo homilético para todas las domínicas y fiestas del año, vol. 5,          Barcelona: Editorial Litúrgica Española, 1950, 274-275.

Padre Ángel David Martín Rubio
Padre Ángel David Martín Rubiohttp://desdemicampanario.es/
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU. Ha sido profesor en la Universidad San Pablo-CEU y en la Universidad Pontificia de Salamanca. Actualmente es deán presidente del Cabildo Catedral de la Diócesis de Coria-Cáceres, vicario judicial, capellán y profesor en el Seminario Diocesano y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas Virgen de Guadalupe. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y el portal "Desde mi campanario"

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