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Nació en Roma, “Peppino”, el 27 de diciembre de 1904, fiesta de san Juan, apóstol predilecto y cuarto Evangelista, del cual, en su vida, breve vida, sería émulo. Por parte de madre, tenía una tía, sor Maria Elena, monja de clausura, que le será estimadísima y que rezaría por él toda su vida.

Sólo sacerdote

Desde niño, se hizo “hijo espiritual” del padre Enrico Rosa, jesuita y escritor de la Civiltà Cattolica. Todas las mañanas, desde via Terenzio ai Prati donde vivía, iba a servir a Misa a su “buen padre”. Terminado el desayuno después de la Santa Misa, salía escapando a la escuela. Frecuentó el Visconti (el mismo que frecuentó Eugenio Pacelli, futuro Pío XII) destacando entre sus compañeros por inteligencia brillante y seriedad de conducta.

En 1919, comenzó a llevar un diario espiritual, confidente de sus cosas más íntimas, una verdadera “historia del alma”, escrita a fragmentos, de su intimidad con Dios. En noviembre de 1922, es universitario en la Facultad de Derecho en la Sapienza. A principios de marzo de 1924, pierde improvisamente a su padre y es tomado en su puesto en el Credito Fondiaro, pero está madurando en él la vocación de hacerse jesuita, como el padre Rosa, siguiendo a Jesús, en ese momento ya el único Amor de su vida, sobre las huellas del padre San Ignacio de Loyola.

Al tercer curso de Derecho, Giuseppe Canovai añade el primero de Filosofía en la Gregoriana. En julio de 1926, logra el título en Filosofía “magna cum laude” y en el otoño sucesivo en Derecho con la nota máxima. Inmediatamente se inscribe en Teología en la Gregoriana, permaneciendo, sin embargo, en casa para no dejar a su madre. El padre Rosa le convence, aunque a regañadientes, para que se haga sacerdote diocesano y lo manda al Seminario Capranica, donde es rector mons. Alfonso Carinci, que llegará a Obispo y vivirá más de cien años, y dirá de Peppino, titulado múltiple y todo de Jesús: “Era otro San Juan Berchmans”.

Es un apasionado, un enamorado de Jesucristo, y sólo le ve a Él. El 4 de abril de 1931, fiesta de la Invención de la Cruz de Jesús, es ordenado sacerdote. Ahora en la Iglesia, con un meteoro incandescente y luminoso, se encontrará también don Giuseppe Canovai. En junio del mismo año, es tomado como asistente en la Santa Sede, en la Congregación de los Seminarios. Comienza, trabajando, en un lugar humilde, por los sacerdotes.

El día después de su ordenación, anota en su diario: “cuánto amor me ha guardado el Señor. Siento que el deber más fuerte que tengo… es conservar la paz del corazón para ser un verdadero hombre de Dios”.

Apóstol de luz

 Es cultísimo, brillante en su vida y en su palabra. Ha estudiado a fondo filosofía, teología, derecho. Su planteamiento filosófico-teológico-espiritual está basado totalmente en la Summa Theologiae de Santo Tomás de Aquino y conoce el pensamiento contemporáneo en sus abismos y en su necesidad de luz. Así, don Canovai, al trabajo en el despacho, añade inmediatamente un luminoso apostolado de la inteligencia.

Inmediatamente goza de un inmenso prestigio entre los intelectuales de Italia: los mejores nombres del saber están ávidos de su palabra, de su conversación, que trata todos los problemas y que ilumina con la Persona y el Evangelio de Jesús, única solución adecuada y definitiva de todo problema. Así, es durante sus primeros tres años de sacerdocio el apóstol de Jesús, Luz del mundo, “devorado” por el celo de la misión, de amarlo. De hacerlo conocer y amar, así como Él solo es: sublime, divino, nunca discurso de enanos, sino el “Logos”, el Verbo de las almas más grandes, el Constructor de hombres del infinito, de personalidades divinizadas por Él.

Después de que su madre muriera en enero de 1937, su director espiritual se marchó al Cielo en noviembre de 1938,  y don Giuseppe Canovai se quedó solo. En mayo de 1939, le llegó la propuesta del papa Pío XII de ir como auditor de Nunciatura a Buenos Aires en Argentina. No tenía vocación diplomática y sintió como si se le rompiera la vida, pero prevaleció en él la obediencia a la Voluntad de Dios. Se trataba de dejar Roma, a sus amigos, su apostolado floreciente, y partir hacia un mundo desconocido. Don Cavani, de su vida – tiene sólo 35 años – hace también ahora una ofrenda a Dios, con Jesús, por la Iglesia. 

Su verdadera estatura se reveló todavía mejor lejos de Roma, en una tarea altamente comprometedora al servicio de la Iglesia y también en un apostolado de la cultura, en el que tuvo éxito como pocos, entre los más doctos de Buenos Aires y de Santiago de Chile. El 14 de diciembre de 1939, en el barco Oceanía, con su Nuncio mons. Fietta, partió de Génova hacia Argentina. Apenas llegado, intentó dominar al máximo la lengua – el español – y adquirir clara visión de su oficio de auditor. Pero su salud comenzaba a hacerse frágil. ¿Qué hacer? Una ofrenda, sólo una ofrenda, como Jesús en la cruz.

“Por aquellos que te ignoran – escribía en el diario el 20 de enero de 1940 – tómame, oh Señor, para que te conozcan. Por aquellos que te olvidan, tómame, oh Señor, para que te recuerden. Por aquellos que te ofenden, tómame, oh Señor, para que te sirvan. Por aquellos que te insultan, tómame, oh Señor, para que te glorifiquen. Por aquellos que te traicionan, tómame, oh Señor, para que den la vida por Ti. Tómame… tómame. En mi trabajo, en mi sacrificio, en mi salud, en mis fuerzas, en mi soledad, en mi exilio, en mi oración… tómame, consúmeme, per Mariam in Spiritu Sancto ad gloriam Patris”. 

Esta fue la vida de mons. Giuseppe Canovai, siempre y todavía más en sus últimos años, cuando todavía jovencísimo ya se acercaba a su fin.

Atardecer a mediodía 

Apenas dominador de la lengua, mientras desarrollaba de manera intachable su oficio, poco a poco se dejó llevar por una actividad apostólica vertiginosa. El Nuncio, mons. Fietta, que lo amaba como a un hijo, habría querido frenarlo, pero ante el bien inmenso que “don Giusseppe” esparcía – entre los obreros, en la periferia de Buenos Aires, entre los religiosos y el clero, con magistrales conferencias, entre los intelectuales – le dio rienda suelta, de modo que su predicación de Cristo era como las cataratas del Niágara.

En las horas libres (¿dónde las encontraba?) se encerraba en su aposento y, a pesar del calor, la falta de sueño, el mordisco de la úlcera duodenal, estudiaba a morir. Los representantes de la más alta cultura argentina – estudiosos, catedráticos, literatos – debieron reconocer que raras veces habían escuchado una palabra más docta, más convincente, más fascinante que la llevada por aquel joven sacerdote, animado del ardor de su celo y de su sed de santidad y de irradiar a Jesús.

Es imposible en pocas páginas decir apenas nada de su intensísima vida de diplomático y apóstol, como era mons. Canovai, acompañada siempre de los fastidios de una salud mantenida por su voluntad resuelta y por el deseo de gastar la vida y el sufrimiento como moneda preciosísima que ofrecer a Dios, a la Iglesia, a las almas, con su configuración cada vez más plena a Jesús Crucificado y la eficacia de su trabajo sacerdotal. Siguiendo la agenda de aquellos años es para echarse las manos a la cabeza: retiros, cursos de ejercicios, de apologética, en capillas de pocas religiosas, en seminarios, en salas repletas para conferencias, en Universidades de Estado, en noviciados, en hospitales, a los médicos, a los profesionales, a la Acción Católica. Adonde le llamaban, iba. 

Había superado hacía poco los 35 años, la edad que los antiguos, como Dante, consideraban el “mediodía”, “il mezzo del cammin di nostra vita” [la mitad del camino de nuestra vida, ndt], y queda por lo menos otra mitad. Pero para don Canovai, estaba cerca el atardecer: atardecer a mediodía, cuando el sol está en su cénit, atardecer de fuego.

A principios de enero de 1942, le llegó la orden de ir como encargado de asuntos ad interim a la Nunciatura de Santiago de Chile. Pocos días después, partió, tras haber salido apenas de una “noche oscura” del alma en la que le había parecido, en una miseria sin fondo, ser reprobado por Dios, no haber vivido lo suficiente por Él. En Santiago hizo prodigios de actividad siempre alternada con la siembra del Evangelio de Jesús. Memorable lo que hizo para conjurar el divorcio. Más que con la acción diplomática prudente y penetrante, conjuró la nefanda ley contra la unidad de la familia con noches de oración y de penitencia infligidas hasta la sangre.

En Mar de La Plata, el 2 de mayo de 1942, anotaba en su diario: “Distanciarse del alma, fuera de todo, menos de aquel Uno – Jesucristo – a Quien me entrego totalmente… Sed incontenible de estar siempre a los pies del altar y ofrecer su Sacrificio, aspiración ardiente de desaparecer y anularme en su única ofrenda. ¡Gracias, Dios mío!”. 

En junio de 1942 termina su misión en Chile y vuelve a Buenos Aires. Su colega se enferma y mons. Canovai carga también con su trabajo. No se puede decir no a Cristo y a las almas. “Alegría incontenible – escribe en su diario incandescente – de ser sacerdote, alegría de ofrecer, de ofrecer al menos la pena de no hacer y mucho más todavía la pena de no ser todavía lo que querría. Deseo conmovedor de ser Jesús”.

Al final de octubre de 1942 dio un curso de cultura católica, en el que les pareció a los presentes emanar el esplendor insólito de su llama, que está a punto de extinguirse en esta tierra. El 5 de noviembre, se sintió mal. Al día siguiente no pudo levantarse para celebrar la Santa Misa. Llamó al jesuita padre Andrea Doglia para confesarse: “Padre, muero ahora, voy donde Jesús”. Es ingresado en el hospital porque la peritonitis estaba haciendo ya su camino. Recibe todos los Sacramentos con una serenidad, una alegría indecible. La mañana del 11 de noviembre de 1942, don Giuseppe Canovai va al encuentro de su Dios. No ha cumplido todavía 38 años, pero en sus labios ha dicho hasta el final, con una paz serena, en una verdadera transfiguración:

“Todo para ti, Señor”. Y después todavía: “Toma, oh Señor, lo poco que ofrezco, la nada que soy; dame el mucho que espero, el todo que eres”.

Candidus

(Traducido por Marianus el eremita/Adelante la Fe)

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