Según dijimos el pasado 6 de enero, la palabra “Epifanía” significa “manifestación”. Y en ese día conmemoramos el misterio del Verbo encarnado que quiso manifestarse, mostrarse a los Magos como primicias de los pueblos gentiles.

Hoy celebramos una nueva revelación de Jesús: su Bautismo en el Jordán, en el que se manifiesta la Santísima Trinidad: el Padre que habla desde el Cielo, el Hijo encarnado y el Espíritu Santo que se hace visible (Evangelio de la Misa: Mc 1, 7-11). Además, en ese momento, con el contacto del purísimo cuerpo del Salvador, las aguas quedaron consagradas para el uso saludable del Bautismo (aunque reciben su virtud y eficacia de la Pasión de Cristo) y se abrieron los cielos, significando que por el bautismo cristiano se nos abre la entrada del reino celestial, cerrada al primer hombre por el pecado (Cfr. Catecismo Romano II, 2, 20).

I. La Trinidad en pleno se expresó en el Jordán, exaltando al Hijo de Dios que se había humillado por nuestros pecados

«Tú eres el Hijo mío amado, en Ti me complazco» (v. 11). Se trata de la primera revelación del más grande de los misterios: el infinito amor del Padre a su Hijo Únigénito por quien recibe eternamente su gloria. Vemos aquí el cumplimiento de lo profetizado por Isaías, según lo escuchamos en la Primera Lectura (Is 42, 1-4. 6-7): «He aquí mi Siervo, a quien sostengo, mi escogido, en el que se complace mi alma. Sobre Él he puesto mi Espíritu» (v. 1).

En diversos lugares, Cristo es llamado siervo (Hch 4, 27) sin la consideración peyorativa que tenía en el mundo grecorromano. En la sociedad oriental de tradiciones seminómadas y pastoriles, el siervo y el hijo vivían al servicio del clan familiar. Por tanto, estaba incluido en esta palabra el sublime misterio de la Persona que es Hijo del Eterno Padre (Cfr.. Mons Straubinger, La Santa Biblia, in Is 42, 1ss).

II. El Bautismo de Jesús, al mismo tiempo que revela su condición de Hijo nos manifiesta el motivo de su Encarnación.

Como es sabido, San Juan Bautista comenzó su predicación exhortando a la penitencia: «Haced penitencia, porque se acerca el Reino de los cielos» (Mt 3, 2). No era el suyo un bautismo sacramental como el instituido por Cristo sino «un bautismo de penitencia para la remisión de los pecados» (Lc 3, 3), es decir, un medio eficaz para conseguir la gracia del arrepentimiento, condición del perdón. Santo Tomás de Aquino advierte que este bautismo venía de Dios por habérselo inspirado el Espíritu Santo; pero sus efectos eran puramente naturales o humanos, ya que no producían la gracia, aunque preparaban los corazones para recibirla1.

Cristo recibe el bautismo de manos de San Juan no para buscar la santificación, pues es principio de toda santidad, sino para comunicar al agua esa virtud santificadora. «Sale Jesús del Jordán, y sube a la orilla, llevando tras de sí, según opinión de los Padres, a la humanidad regenerada y santificada y dejando allí sumergidos todos sus crímenes y pecados»2.

El Bautista es el primero que llama a Jesús «Cordero de Dios» (Jn 1, 29) es decir, la Víctima divina que, cargando con nuestros pecados, se entregaría para que su Sangre atraiga la misericordia del Padre, su perdón y los dones de su gracia para los creyentes.

Por eso el bautismo del Jordán está en estrecha relación con la Cruz. Y el bautismo del Jordán anticipa en figura a la Cruz porque, cuando termina el rito de la humillación que representaba, la voz del Padre celestial glorifica al Hijo. Paso que resume la existencia de Jesús desde la Encarnación a la Resurrección.

Ya desde el comienzo de su vida pública, Cristo es el cordero de Dios que camina hacia el altar del sacrificio. A partir del Jordán comienza para Él la ascensión al Calvario. Y cuando esté clavado en la Cruz, de su costado abierto saldrá el agua viva, el agua que purificada antes en el Jordán, sería la materia del Bautismo cristiano. A lo largo de los siglos, de las aguas del Bautismo nacerán incesantemente nuevos hijos, hijos de Dios3.

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Pidamos a la Madre de Dios y Madre nuestra, que nos acompañe a lo largo de todo el camino de nuestra vida de bautizados para estar atentos a las manifestaciones de Cristo y percibirlas cada vez con mayor claridad hasta que nos deje verlo en la revelación definitiva de su gloria, que es la epifanía eterna, que inunda de gozo a los bienaventurados.

Padre Ángel David Martín Rubio

1 Cfr. STh III 38, 3; cfr, a.2.

2 Prospero GUERANGUER OSB, El Año Litúrgico, I, Burgos: Aldecoa, 1954, págs. 475.

3 Cfr. Alfredo SÁENZ, Palabra y Vida, Ciclo B, Buenos Aires: Gladius, 1993.

Padre Ángel David Martín Rubio
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU, en la que fue profesor. Actualmente es Canónigo Archivero de la Catedral de Coria, Vicario Judicial y Profesor. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y del portal "Desde mi campanario".