Nota: En la versión original, en inglés, el autor juega con el significado del verbo “unfold”, que en castellano tiene diversas traducciones: desenrollar, desarrollar, desdoblar, extender, abrir, desplegar, etc. Otro tanto sucede con la expresión “sheet”, que en castellano es hoja de papel, pero también sábana.

A lo largo de toda la historia de la Iglesia, como parte del Magisterio, se formulan nuevas declaraciones en cumplimiento de la misión docente de la Iglesia. ¿En qué sentido son nuevas? Jamás tales pronunciamientos pueden contradecir a los anteriores. Ellos sólo pueden hacer más explícitos lo que siempre ha sido parte de la Revelación Divina, que consiste en las Escrituras y en la Tradición. La jerarquía de la Iglesia y sus teólogos desarrollan gradualmente la Verdad Revelada de acuerdo con la parábola del Señor: “Por eso, todo escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos, es como el dueño de casa, que saca de su tesoro, lo nuevo y lo viejo” (Mateo 13, 52). Los datos no deben ser inventados ni importados– mucho menos interpretados– sino solamente expuestos bajo la guía del Espíritu Santo: “El Paráclito, el Espíritu Santo, a quien Mi Padre enviará en Mi Nombre, él os enseñará todas las cosas y os recordará cuanto os he dicho” (Juan 14, 26).

Para explicar el desarrollo de la doctrina católica, ofrecemos una analogía entre desplegar la Sábana Santa de Cristo y desarrollar la Revelación de Cristo. En ambos casos, el propósito es desplegar toda la figura de Cristo, ya sea visualmente, en la tela, o doctrinalmente mediante promulgaciones magisteriales. La mañana de la Pascua de Resurrección, San Pedro, San Juan y Santa María Magdalena encontraron los lienzos, enrollados juntos, en la tumba vacía. En algún momento de ese mismo día, se llevarían consigo la preciosa reliquia. De regreso en el Cuarto Superior, con qué emoción habrán desdoblado lentamente los lienzos, desplegando gradualmente la silueta del Maestro: primero Su hombro, luego Su codo, ahora, Su pie y después Su Cabeza… En todas partes sus ojos descubrieron tantas heridas, todas ellas sufridas por su redención- y la nuestra.

Por favor, nótese que es irrelevante, para nuestra analogía si el Manto de Turín es o no la mortaja en la que el Salvador yació muerto. Lo que es cierto es que hubo una sábana semejante y que ninguna es más convincente, científicamente, que la de Turín.

Sobre la Mortaja de Cristo, enrollada, tal como en la Revelación de Cristo, la totalidad del mensaje está presente, desde el comienzo- pese a estar oculto. En consecuencia, la Iglesia no puede añadir nada nuevo a los datos ya proporcionados. Ella solo puede desplegar la silueta de Cristo y hacer explícita Su Buena Nueva. Ella da testimonio, para que crezca, como la madre a su hijo en el vientre, o como el astrónomo Padre Georges Lemaître, formulando la teoría de la expansión universal (más tarde conocida como la teoría del Big Bang). En cada caso, se entrega un núcleo y sigue un desarrollo. ¿Cuánto tiempo requerirá desarrollar la Revelación de Cristo? Requerirá hasta Su regreso. La compleción de esta obra de paciencia, amor y humildad marcará el final de los tiempos. Entonces Cristo aparecerá ante los ojos de todos, como si, en la Sábana, se abrieran Sus párpados, irradiando Su Buena Nueva, como una recompensa de gloria para el justo y como retribución para aquellos que habrán cerrado sus mentes a Su verdad y sus corazones a Su misericordia.

1.- Considerando la Sábana Santa

¿A qué se parece la Sábana Santa? Es una representación del Cuerpo torturado de Nuestro Señor (tanto de frente, como por la espalda), en una tela de lino de 14,5 pies [4,42 metros] de largo, por 1,4 pies [0,43 metros]* de ancho, grabado con tal precisión, que esta sagrada reliquia ha sido llamada “El Quinto Evangelio”. La síndone- hoy conservada en Turín, Italia- es el objeto más estudiado en el mundo. Los hallazgos científicos, debido a su cantidad y complejidad, constituyen ahora una rama separada, dentro de las ciencias, llamada sindonología, por la palabra “síndone”, la expresión griega para “mortaja”.

Recordemos unos pocos descubrimientos sindonológicos. Debieron transcurrir diecinueve siglos para descubrir que la Sábana Santa es un negativo fotográfico: invirtiendo las zonas claras con las oscuras, se revela la verdadera fotografía. Nuevos análisis establecieron que la imagen es el resultado de radiación, no de la aplicación de pigmentos sobre el lino. Posteriormente se encontró que la imagen es tridimensional, lo que ha permitido moldear un modelo en resina del Cuerpo de Nuestro Señor, tal como yacía envuelto en la Mortaja. Se explicaron anomalías tales como la ausencia de los pulgares en ambas manos, mientras un examen microscópico encontró variedades de polen, procedentes del Oriente Medio, adheridas a las fibras de la tela.

De esta manera, la Sábana Santa de Cristo revela sus secretos por etapas y, sin embargo, toda la información ha estado presente sobre el material, desde la mañana de Pascua de Resurrección. De un modo similar, la doctrina cristiana se desarrolla a través del tiempo, incluso aunque la Revelación de Cristo se completó cuando falleció Su último Apóstol. Por ejemplo, en el año 451, el Concilio de Calcedonia definió que Cristo tuvo dos naturalezas, la humana y la divina, bajo una misma persona. Pero estas verdades han estado contenidas en la Revelación de Cristo, desde el principio. 0tro ejemplo: en 1215, el Concilio de Letrán definió el cambio eucarístico como transustanciación, sin inventar una nueva creencia, sino explicando una verdad original. De allí que, así como ningún científico podría agregar nuevos datos acerca de la Sábana Santa, a partir de la nada, igualmente ningún teólogo católico puede, jamás, hacer crecer la Revelación de Cristo. Los científicos aplicarán a la Sábana Santa la tecnología moderna y los recursos de su intelecto para establecer nuevas evidencias. De un modo similar, los teólogos católicos confían en sus habilidades e inspiración, para extraer nuevas conclusiones, a partir de verdades preexistentes. En ambos casos, las nuevas investigaciones solo pueden basarse en hallazgos anteriores.

El siguiente episodio, en los exámenes de la Sábana Santa, ilustra este principio a sensu contrario. En 1989, las pruebas de carbono 14 parecían establecer que la Síndone databa de la Edad Media. Pero el principal investigador, Raymond Rogers, cambió de idea al descubrir que las muestras sometidas a la prueba no eran parte del material original. Por el contrario, pertenecían a las reparaciones hechas a la Sábana, después del incendio de 1532, en Chambery. En otras palabras, se habían entretejido hábilmente hebras de algodón medieval, en el tejido original, para reparar el daño causado por el fuego. Esto se aplica analógicamente a la obra de los teólogos que estudian la Revelación de Cristo. Cualquiera declaración teológica que se pueda proferir en contradicción con la Revelación de Cristo descansa sobre premisas falsas (y fomenta una agenda no católica). Como los hallazgos del carbono 14, tales declaraciones no ortodoxas pueden sonar convincentes cuando son expuestas, pero, como ellas están viciadas en algún nivel, no son científicas.

2.- Por qué la Santa Iglesia se toma su tiempo

La Santa Madre Iglesia nos dice toda la verdad acerca de Dios. Aunque no la dice toda de una vez por tres razones. Primera, Dios es infinito, mientras que nuestra inteligencia humana es limitada por su naturaleza y está oscurecida por el pecado, de manera que necesitamos de tiempo para explorar la verdad. Segunda, a diferencia de los ángeles que entienden por intuición o comprensión inmediata, nosotros los humanos alcanzamos gradualmente la verdad, de las consecuencias a las causas. Tercera, la Iglesia reacciona a las circunstancias históricas: sean adversas, como las herejías y las guerras, o sean favorables, como las obras de los santos o incluso los descubrimientos de los científicos. Por la Providencia Divina, la respuesta de la iglesia a las circunstancias la lleva a enfocarse en este o en aquel aspecto de la verdad revelada, mientras que los demás aspectos solo serán examinados con posterioridad. Por ejemplo, la doctrina provida de la Iglesia fue muy desarrollada en los últimos cincuenta años, en respuesta a la institucionalización del aborto.

Estos tres factores ayudan a entender el desarrollo doctrinal. Aquí, desarrollo expresa un crecimiento interior e impide la adición a partir de la nada. Este es el punto fundamental a entender: cada vez que la iglesia hace un nuevo pronunciamiento, jamás es nuevo en relación con la Revelación Divina, sino solo en relación con los creyentes contemporáneos. Por ejemplo, cuando se definió la Divina Maternidad de Nuestra Señora, en el Concilio de Éfeso, en el 431, fue nuevo dicho dogma en tanto la Iglesia no había comprometido, hasta ese momento, su autoridad, para afirmar este hecho dogmáticamente. Pero esa verdad ya estaba contenida en la Revelación de Dios, en vez de ser añadida posteriormente. Mucho antes de ser promulgada como dogma, la Divina Maternidad existía como un hecho, desde el instante en que la Santísima Virgen María dio su “Sí” al Arcángel San Gabriel en la Anunciación. La promulgación dogmática en Éfeso no creó el hecho. Solo proporcionó una seguridad formal de ortodoxia. A causa de esto, los habitantes de Éfeso, en una acción de gracias, se tomaron las calles, empuñando antorchas y cantando himnos. Los creyentes de todos los tiempos podrían reaccionar de un modo similar cuando nuevos aspectos de la Revelación de Dios sean dados a conocer por la Santa Madre Iglesia, a través de su Magisterio.

3.- La Carta de Amor de Dios

La Revelación de Dios es como Su carta de amor a Su Esposa Inmaculada, la Iglesia. Para que una carta sea transmitida con seguridad, se necesita que la hoja de papel sea doblada y puesta en un sobre (o muchas hojas de papel, pues Dios tiene muchísimas cosas que contar a Su amada). Cuando una joven recibe una carta de su prometido (escrita con tinta, sobre el papel, es más personal que un correo electrónico en una pantalla o un mensaje instantáneo), ella no ve las oraciones y las palabras, tampoco su escritura y su firma, hasta que, con sus propios dedos, extrae delicadamente las hojas del sobre y amorosamente las desdobla, para que, finalmente, sus ojos encuentren los signos escritos. Incluso entonces, aunque ella puede intuir que él le escribió cosas graciosas acerca del amor que comparten, ella no puede, de un solo vistazo, comprender el detalle de la comunicación. Toma tiempo desdoblar y leer- hasta que el amado regrese.

Con esta comparación en mente, podemos preguntarnos ¿cuáles son los dedos con los que la Santa Madre Iglesia desdobla el amoroso mensaje de Dios? Esos son los teólogos y el Magisterio. Los dedos de la Iglesia son los creyentes católicos de ambos sexos, con el mandato de la Santa Sede, para aplicar su sólido entrenamiento filosófico y teológico, para escudriñar las Sagradas Escrituras y la Tradición. Esta gente examina el Depósito de la Fe de acuerdo con su temperamento individual, habilidades e intereses, bajo la inspiración del Espíritu Santo y en respuesta a las circunstancias históricas. En ese sentido, sus averiguaciones implican novedad y subjetividad. Pero el objeto de su investigación nunca puede ser un producto de su imaginación, una fantasiosa innovación o una artificiosa adición, no obstante lo inteligente o conveniente que pudiese sonar. Por el contrario, lo que sea que encuentren, debe ser solo eso: encontrado- no imaginado. Pueden deducir, nunca inventar.

Entonces, la Santa Madre Iglesia tiene dedos amorosos. Ahora, ¿Cuál es Su carta de amor? ¿Sobre qué hoja y en qué sobre sellado Su Amado Jesús imprimió Su apasionado mensaje de amor? Es en una sábana de funeral, sellada en una cavidad en la roca. En la mañana de Pascua, el Esposo Resucitado dejó que Su ángel rompiese el sello de Su tumba y Su primer papa encontrara la sábana vacía, que cubría la Santa Faz y el Cuerpo del Señor muerto: ‘el pañuelo que envolvía Su Cabeza, no [estaba] con la tela de lino, sino envuelto y aparte’ (Juan 20, 7). El mensaje de Cristo estaba doblado, de manera que ni Simón Pedro contempló toda la silueta del Salvador, en ese momento. Más tarde, en ese día memorable, el Vicario de Cristo se habría llevado consigo, para salvaguardarla, la sábana doblada- el testigo material de la Resurrección, que es el corazón de la Revelación Cristiana, según lo afirma San Pablo: ‘si Cristo no hubiese resucitado, entonces vana sería nuestra prédica y vana también vuestra fe’ (1 Corintios 15, 14).

4.- La Verdad no tiene fecha de vencimiento

Ciertos pronunciamientos dogmáticos pueden ser más importantes que otros, pero no pueden contradecir a los anteriores. Algunos católicos bien intencionados creen, más o menos conscientemente, que referirse a los concilios anteriores al vigésimo primero (también el último, el Vaticano II, 1962-1965) es ser desleal. Asumen erróneamente que lo que fue definido hace siglos pierde su relevancia con el tiempo; o peor, que las antiguas verdades se vuelven tóxicas, tras unos años, como las drogas farmacéuticas, después de su fecha de vencimiento o expiración. El 19 de noviembre del 2013, el Papa Francisco demostró lo errado de tales suposiciones, cuando conmemoró el 450º aniversario del Concilio de Trento, escribiendo a su enviado extraordinario, el Card. Walter Brandmüller:

“Corresponde a la Iglesia recordar con prontitud y atento entusiasmo la más fructífera doctrina que surgió de aquel concilio convocado en la región del Tirol. Ciertamente no sin causa, la Iglesia ya había, por largo tiempo, cuidado que los decretos y cánones de ese concilio sean recordados y observados… Escuchando gentilmente al mismísimo Espíritu Santo, la Santa Iglesia de nuestros tiempos, incluso ahora, sigue restaurando y meditando la abundantísima doctrina de Trento… Usted exhortará a todos quienes participen en este evento a que, las almas, unidas al alma del Santísimo Redentor, puedan estar plenamente conscientes de todos los frutos derivados de este concilio y que puedan unirse, para llevar estos frutos a otros y propagarlos de todas las formas.”

Así, cinco siglos después del Concilio de Trento, el sucesor de Pedro afirma la perenne validez de las verdades definidas en sus documentos y manda que sean “propagadas de todas las formas”, siguiendo una alabanza similar a la del Papa Juan Pablo II, de “la doctrina perennemente válida del Concilio de Trento” (Encíclica Ecclesia de Eucharistia§15, 17 de abril del 2003).

No obstante, no puede negarse que en los últimos tiempos han sido formuladas por la jerarquía de la iglesia a todo nivel declaraciones desconcertantes. Incluso aunque no se haya promulgado una herejía formal, han sido socavadas la doctrina tradicional sobre el matrimonio, por ejemplo, o la pena de muerte o la salvación solo por medio de Cristo. ¿Cómo deben reaccionar los laicos y clérigos, en tales situaciones? El Código de Derecho Canónico (1983) establece que: “Tienen el derecho, incluso a veces el deber de hacer ver sus puntos de vista a otros fieles de Cristo, pero al obrar así, deben respetar siempre la integridad de la fe y la moral, mostrar la debida reverencia a los Pastores y tomar en consideración el bien común y la dignidad de los individuos” (Canon 212 § 3).

5.- El Sentido de la Fe nos prepara para discernir

Un documento de particular relevancia para estas cuestiones, El Sentido de la Fe en la Vida de la Iglesia, fue publicado bajo el Papa Francisco, por la Comisión Teológica Internacional de la Santa Sede, el 10 de junio del 2014, explicando cómo el “sentido de la fe” (sensus fidei) capacita al bautizado, para evaluar la verdad doctrinal. Ahora citaremos in extenso, seis párrafos de este documento:

“49.- El sensus fidei fidelis es una especie de instinto espiritual, que capacita al creyente para juzgar espontáneamente si una doctrina o práctica en particular está o no en conformidad con el Evangelio y con la fe apostólica. Está ligado intrínsecamente a la propia virtud de la fe, fluye desde ella y es una de sus propiedades. Se le compara con un instinto, porque principalmente no es el resultado de la deliberación racional, sino que es más bien una forma de conocimiento espontáneo y natural, una especie de percepción (aisthesis).

53.- El sensus fidei es la forma que el instinto que acompaña a toda virtud, toma, en el caso de la virtud de la fe. “Así como, por los hábitos de las demás virtudes, se ve lo que se está convirtiendo, respecto de ese hábito, así, por el hábito de la fe, la mente humana es dirigida a asentir en tales cosas, a medida en que se convierte en una recta fe y no asentir a otras”. La fe, como virtud teologal, capacita al creyente para participar en el conocimiento que Dios tiene de Sí Mismo y de todas las cosas. En el creyente, toma la forma de una “segunda naturaleza”. Mediante la gracia y las virtudes teologales, los creyentes se hacen “participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1, 4), y están, en cierta forma, connaturalizados con Dios. Como resultado, reaccionan espontáneamente sobre la base de esa naturaleza divina participada, del mismo modo en que los seres vivientes reaccionan instintivamente a lo que calza o no con su naturaleza.

60.- Pueden resaltarse tres manifestaciones principales del sensus fidei fidelis, en la vida personal del creyente, el sensus fidei fidelis capacita a los creyentes individuales: 1) a discernir si una doctrina o práctica en particular que encuentre realmente en la Iglesia es coherente con la fe verdadera, por medio de la cual viven en la comunión de la Iglesia (ver más abajo, §§61-63), 2) para distinguir, en la prédica, entre lo esencial y lo secundario (§64) y 3) para determinar y poner en práctica, el testimonio de Jesucristo, que deberían dar, dado el particular contexto histórico y cultural en que viven  (§65).

61.- “Amadísimos, no os fiéis de todo espíritu, sino que probad los espíritus, para ver si vienen de Dios, porque hay muchos falsos profetas en el mundo” (1 Juan 4,1). El sensus fidei fidelis confiere al creyente la capacidad de discernir si una doctrina o práctica es coherente con la verdadera fe, por la cual él o ella ya vive. Si los creyentes individuales perciben o “sienten” esa coherencia, dan su adhesión interior, espontáneamente, a esas doctrinas o se comprometen personalmente en las prácticas, sea que se trate de verdades ya explícitamente enseñadas o de verdades aún no explícitamente enseñadas.

62.- El sensus fidei fidelis también permite que los creyentes individuales perciban cualquier disonancia, incoherencia o contradicción entre una doctrina o práctica y la auténtica fe cristiana, gracias a la cual vive. Reaccionan como un amante de la música lo hace ante las notas falsas en la interpretación de una pieza musical. En tales casos, los creyentes resisten interiormente las enseñanzas o prácticas relacionadas y no las aceptan ni participan en ellas. ‘El habitus de la fe posee una capacidad tal que, gracias a ella, el creyente evita dar su asentimiento a lo que se opone a la fe, tal como la caridad brinda protección respecto todo lo que es contrario a la castidad’.

63.- Alertados por su sensus fidei, los creyentes individuales pueden negar su asentimiento incluso a la doctrina de los pastores legítimos si no reconocen en esa doctrina la voz de Cristo, el Buen Pastor. ‘La oveja sigue [al Buen Pastor] porque reconocen su voz. No seguirán a un extraño, sino que huirán del él, porque no reconocen la voz de los extraños (Juan 10, 4-5). Para Santo Tomás, un creyente, incluso sin competencia teológica, puede y hasta debe resistir, en virtud del sensus fidei, a su obispo, si éste predica la heterodoxia. En tal caso, el creyente no se considera a sí mismo como el criterio definitivo de la verdad de fe, sino más bien, enfrentado a la prédica materialmente ‘autorizada’, que él encuentra perturbadora, sin ser capaz de explicar exactamente por qué, dilata su asentimiento y apela interiormente a la superior autoridad de la Iglesia universal’.

6.- Preocupación Filial

Estas citas autorizadas de un documento teológico publicado por la Santa Sede, tan recientemente como el año 2014, puede sorprender por su audacia. Señalan claramente que la aceptación indiscriminada de cualquier doctrina no es católica. Por el contrario, el verdadero culto a Cristo, como la Verdad Encarnada, lleva a todo creyente a evaluar lo que se le presenta como la verdad, incluso cuando es anunciada por quienes actúan en nombre de Cristo. La piedra de toque de la ortodoxia es la continuidad con lo que siempre se ha profesado y creído, dentro de la Iglesia de Cristo: ‘Porque el Espíritu Santo fue prometido a los sucesores de Pedro, no para que pudiesen, por propia revelación, dar a conocer una nueva doctrina, sino para que, por su asistencia, pudiesen guardar religiosamente y exponer fielmente la revelación o depósito de la fe, transmitido por los apóstoles’ (Vaticano I, Pastor Æternus, Capítulo 4).

Teniendo esto presente, se entiende cómo considerar la hipótesis de un papa hereje, en sí, no es imprudente ni irrespetuoso. Eminentes y santos teólogos lo han hecho, en aras de guiar a las almas en tiempos de perplejidad. El Card. San Roberto Belarmino declaraba que: ‘Un papa que es un hereje manifiesto cesa de ser papa y cabeza, tal como deja de ser un cristiano y miembro del cuerpo de la Iglesia’. Una cosa es que un soberano pontífice permita la propagación de la falsedad por otros prelados o que hasta la apoye en privado o ser citado como tal- y otra es que él enseñe una herejía formal, con todas las marcas propias de la autoridad, que son requeridas para vincular a la Iglesia, con su error. San Roberto Belarmino creía que Cristo preservaría a Su Iglesia de este último mal.

Todos deberíamos rezar filialmente por esto, a la vez que deberíamos hacer buen uso del caudal de fuentes seguras de buena doctrina, que encontramos en Internet. Fácilmente a nuestro alcance podemos tener acceso libre a los textos de los veintiún concilios y a las numerosas encíclicas papales, pero también a los Padres de la Iglesia y a las obras de sólidos teólogos y autores espirituales. Todas esas riquezas doctrinales nos son ofrecidas como el gradual desdoblamiento de la Revelación de Cristo. Nada puede ser cambiado o añadido a la Revelación de Cristo, puesto que ella quedó completa a la muerte del último de Sus discípulos. Pero se pueden deducir muchas cosas de la misma revelación, a través del humilde y amoroso proceso de explicar la verdad preexistente, según nuestra analogía con la Sábana Santa de Cristo desenrollada.

Como habrá notado nuestro lector, reunir la Revelación de Cristo con la Sábana descansa sobre un motivo más fuerte que una analogía. Sin duda que la Sábana da testimonio de la revelación del modo más realista. Es significativo que el Evangelio del Domingo de Pascua, más arriba citado, muestra a San Juan esperando fuera de la tumba, para que San Pedro entrara primero. Nuevamente, se notan las posiciones de los lienzos, como a través de los ojos de San Pedro. ¿Quién más que el Vicario de Cristo tiene autoridad para guardar, proponer y exponer el tesoro confiado por el Señor Resucitado? Ese mismo día de Pascua, como sabemos, el Señor ‘se apareció a Simón’ (Lucas 24, 34). No hubo testigos. O talvez, la Sábana fue testigo, mientras que ahora intentamos formar un cuadro ofreciendo esta meditación para concluir nuestro ensayo.

Conclusión

Solo, finalmente, en el cenáculo, Simón ha desenrollado la larga tela; ningún lugar más apropiado que sobre la mesa de la Última Cena. Tres noches antes, sobre otra tela, el Señor Mismo se había hecho presente bajo las especies eucarísticas en la primera Santa Misa. De allí, Él y los Once marcharon al Getsemaní. Antes del canto del gallo, Simón había negado tres veces a su Señor. Luego, Cristo había muerto y resucitado.

De regreso en el cenáculo, el Domingo de Pascua Simón estaba de rodillas en el extremo más alejado del largo rectángulo de lino. Con sus ojos, ligeramente puestos sobre el nivel de la tela plegada en oleadas sucesivas sobre los caballetes de la mesa, el Pescador podía contemplar la Sábana manchada, tal como un marino ante un vasto archipiélago que se desparrama sobre un mapa sin límites. Ancha o pequeña, cada mancha de sangre era una isla, que llevaba místicamente el nombre de cada uno y de todos los pecadores, redimidos por medio de las llagas del Cordero.

¿Qué mancha llevaba el nombre de Simón? No serían menos de tres, una por cada negación- y tantas más… En el alma de San Pedro, la contrición conectada a las rojizas formas de diversos tamaños, como las estrellas bajo las cuales renació, como en una nueva constelación llamada Absolución. Probablemente no era una sorpresa para Simón, entonces, cuando se percató de la presencia corporal de Cristo, de pie, al otro extremo de Su ahora desenrollada Sábana. El contrito Vicario ya había abierto su alma al Salvador. Cristo confirmó Su perdón y se marchó, hasta que se volvieran a encontrar en el Mar de Galilea.

Su Vicario permaneció de rodillas, mirando a lo largo de la ensangrentada sábana, mientras que, al otro lado de la mesa de la redención, cientos de hombres se materializaban, imitando su postura: sus sucesores. ¿Cuáles eran sus nombres, razas e idiomas: Clemente, Anacleto, Alejandro, Fabián, Juan, Esteban, Pío, León, Gregorio, Benedicto… Francisco? ¿Cuántos sucesores tendría el Pescador, hasta el glorioso regreso de Cristo? El Señor no dejaría de asistirles, como lo había hecho con Pedro, para que cada uno fuese fiel: ‘Pero he rezado por ti, para que tu fe no desfallezca y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos’ (Lucas 22, 32).

Simón rezaría por ellos, para que pudieran ‘alimentar a las ovejas de Cristo’ (Juan 21,17), en los pastos de la verdad no adulterada, sin importar el costo. Sin embargo, para salvarse, la verdad no solo debe ser creída, sino también llevada a la práctica por todos los fieles. Cada auténtico papa del rebaño de Cristo también tendría que ‘enseñarles a observar todo cuanto el Señor había ordenado a Sus apóstoles (Mateo 28, 20). La Madre del Señor así lo había ordenado, en las bodas de Caná. Ella no solo mandó creer en lo que Cristo dijese, sino hacerlo: ‘Su madre dijo a los sirvientes: haced todo cuento él os diga’ (Juan 2, 5).

En este momento, Pedro sintió su [de ella] mano, reposando suavemente sobre su hombro. Ningún clavo había traspasado aquella mano, sino que una espada había penetrado en el inmaculado corazón de la Madre que, de pie a su lado, silenciosamente le aseguró el perdón al reclinado penitente y le prometió su asistencia al primer papa de Su Hijo, que ahora se ponía de pie. A los cincuenta días, Ella estaría junto a Pedro y a los otros diez, en esta misma habitación, cuando el Espíritu Santo se posaría sobre ellos, haciendo de todo creyente una ‘epístola de Cristo… escrita, no con tinta, sino con el Espíritu del Dios viviente; no en tablas de piedra, sino en las tablas de carne del corazón’ (2 Corintios 3, 3).

¿Cuánto tiempo tomará desenrollar la Revelación de Cristo, hasta Su regreso, en gloria y majestad? ¿Unos pocos años, unos pocos siglos, o milenios? Una cosa era cierta: todo cuanto debía ser proclamado, mediante promulgaciones dogmáticas, en los tiempos por venir, ya estaba allí, ante los ojos llorosos de Pedro, esparcido por la tela de lino del Resucitado. Su mensaje estaba impreso en Su Sábana: aparentemente plana, pero insondablemente profunda, si es medida en términos de misericordia- trascendentalmente elevada, si es calibrada con gozo.

Padre Armand de Malleray, FSSP

*Hay un error en el original, el ancho del Manto es de 1,13 metros, es decir alrededor de 3 pies y 1 pulgada.

(Traducido por Valinhos. Artículo original)