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V Domingo después de Pascua

A partir del tercer Domingo después de Pascua, la Iglesia viene dirigiendo nuestra mirada para prepararnos a celebrar los misterios de la Ascensión de Cristo y de Pentecostés. Por eso, en los Evangelios escuchamos el discurso del Salvador la noche de la Última Cena. En él nos habla de esa vida nueva y sobrenatural de la gracia que hemos recibido por el bautismo y que es el fruto de la acción del Espíritu Santo en nuestras almas.

En concreto, el Evangelio de este Domingo V después de Pascua (Rito romano tradicional) está tomado de un párrafo de en el que se agrupan una serie de promesas que hace Jesús a sus discípulos para los días de su «ausencia». Y más en concreto, les invita a orar en «su nombre».

«En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa» (Jn 16, 23-24).

Es decir, los cristianos han de rogar al Padre por la fe en Cristo, el Hijo de Dios encarnado. Poniéndole a Él como intercesor. Jesús les garantiza el éxito de su oración así hecha al Padre.

Como en otros pasajes del Evangelio (cfr. Jn 14,13-14; Mt 7,7-11), nos encontramos ante un enunciado que supone restricciones o condiciones con las que ha de entenderse[1].

Veamos cuáles son algunas de estas condiciones que ha de cumplir la oración, fijándonos en concreto en dos cosas: a quién debe dirigirse la oración y cuáles deben ser algunas de las disposiciones del que reza[2].

I. En primer lugar, y aunque pueda parecer una obviedad es necesario recordarlo, la oración debe hacerse a Dios y ha de ser invocado su divino nombre. Por el nombre de Dios deben entenderse las tres Personas divinas.

Como sabemos, también ha de hacerse oración a los santos y de manera particular a la Virgen María. A Dios pedimos, o que nos conceda bienes, o que nos libre de males. Pero a los Santos, pedimos que tomen por su cuenta nuestras necesidades, para que nos alcancen de Dios lo que precisamos. Por eso a los santos decimos: «Ruega por nosotros».

«Podemos también en alguna manera pedir a los Santos que tengan misericordia de nosotros, porque son muy misericordiosos, y así podemos rogarles, que apiadados de la miseria de nuestra condición nos ayuden ante Dios con su intercesión y valimiento. Más en esto deben todos guardarse mucho de no atribuir a otro alguno lo que es propio de solo Dios. Así, cuando rezare alguno delante de la imagen de algún Santo la oración del Padre nuestro, tenga entendido que pide al Santo ruegue juntamente con él, y que pida al Señor le conceda las cosas que se contienen en esta oración, y por último que sea su Abogado y Medianero para con Dios. Pues los Santos ejercen este oficio, según lo enseñó San Juan  en su Apocalipsis (8, 3)»[3].

II. En cuanto a las disposiciones del que ora una de las más importantes es la fe, sin la cual no podemos conocer el poder eterno de Dios, ni su misericordia, ni tener por lo tanto la confianza necesaria para orar («Todo lo que pidáis orando con fe, lo recibiréis»: Mt 21, 22). Al contrario, si tenemos la fe y la esperanza cierta de alcanzar lo que pedimos, lo conseguiremos de Dios («Y si alguno de vosotros carece de sabiduría, pídasela a Dios, que da a todos generosamente y sin reproche alguno, y él se la concederá. Pero que pida con fe, sin titubear nada, pues el que titubea se parece a una ola del mar agitada y sacudida por el viento. No se crea un individuo así que va a recibir algo del Señor»: Sant 1, 5-7).

Los motivos de esta fe son:

  • La bondad de Dios hacia nosotros, manifestada al hacernos hijos suyos y enseñarnos a llamarle Padre en la oración.
  • El gran número de personas que por la oración obtuvieron beneficios de Dios.
  • La intercesión de Cristo nuestro Señor que nos propone el Evangelio de este Domingo: «Quiere también el Hijo de Dios, que nuestras oraciones lleguen en su nombre al Padre, pues el mérito y gracia de este Medianero les dan tanto valor y virtud, que son oídas por el Padre celestial»[4].
  • El mismo Espíritu Santo, que es el que nos mueve a orar y ayuda a nuestra flaqueza.

1. Podemos decir que la mejor oración es la de aquel que tiene la fe y además está en gracia de Dios. Es la oración de los virtuosos y justos, que progresan en el conocimiento, amor de Dios y puesta en práctica de su voluntad. Le bendicen, le adoran le dan gracias y, como hijos, exponen a Dios sus necesidades. Como dice San Agustín: «Lo, que cree la fe, piden la esperanza y la caridad».

2. Cabe también la oración de aquellos que han perdido la gracia de Dios por el pecado mortal y tienen una fe que se llama muerta. Y son oídos sus ruegos cuando, reconociendo sus pecados y afligidos por el remordimiento y dolor de ellos, imploran arrepentidos con humildad el perdón y la gracia de Dios. Es la oración del publicano que salió justificado del Templo (Lc 18, 10-14).

3. Por último, podemos preguntarnos acerca de la oración de quienes aún no han recibido la fe

Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres por lo que no cabe ningún estímulo a la práctica de una religión que rechace esta mediación. Ni puede hablarse de oración ante realidades tan diversas como el budismo que es una religión sin Dios o el islam y el judaísmo talmúdico que rechazan como una blasfemia la Santísima Trinidad y, en consecuencia, la divinidad de Cristo («Los gentiles ofrecen sus sacrificios a los demonios, no a Dios»: 1Cor 10, 20).

Ahora bien, los seguidores de las falsas religiones pueden salvarse si, viviendo según su conciencia y esforzándose en cumplir la voluntad de Dios en tanto la conozcan, reciben de Él las virtudes teologales. Por tanto, los que no tienen fe, movidos por la bondad de Dios a la luz de la razón natural, pueden orar con el deseo y amor de la verdad y piden ser instruidos en ella. Por el ejemplo del centurión Cornelio vemos que también Dios les escucha («Había en Cesarea un hombre llamado Cornelio, centurión de la cohorte llamada Itálica, piadoso y temeroso de Dios, al igual que toda su casa; daba muchas limosnas al pueblo y oraba continuamente a Dios. Este, hacia la hora de nona, vio claramente en visión un ángel de Dios que fue a su encuentro y le dijo: “Cornelio”. Él se quedó mirando, lleno de miedo, y dijo: “¿Qué hay, señor?”. Le respondió: “Tus oraciones y tus limosnas han subido como memorial a la presencia de Dios”»: Hch 10, 4).

*

Hagamos nuestra la petición de los discípulos: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11, 1); «Auméntanos la fe» (Lc 17, 5). Pidamos por intercesión de la Virgen María no solamente que el Señor atienda nuestras necesidades sino que nos enseñe aquello que debemos pedir y las disposiciones que son necesarias para alcanzarlo.


[1] Cfr. PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia comentada. Evangelios, Madrid: BAC, 1964, 1255-1256.

[2] Cfr. Catecismo Romano, IV, 1-7,

[3] Catecismo Romano IV, 6.

[4] Catecismo Romano IV, 7.

Padre Ángel David Martín Rubio
Padre Ángel David Martín Rubiohttp://desdemicampanario.es/
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU, en la que fue profesor. Actualmente es Canónigo Archivero de la Catedral de Coria, Vicario Judicial y Profesor. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y del portal "Desde mi campanario".

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