El 11 de septiembre de 1683, el inmenso ejército turco, comandado por el gran visir Kara Mustafá, asedia Viena, en ese momento extremada por el hambre y cercana a la rendición. Los turcos, bloqueados por mar en Lepanto en 1571, han proseguido por tierra su marcha hacia Europa. Parecen invencibles: más allá de Viena, entrevén Roma y San Pedro, el centro de la Cristiandad, que deben conquistar.

Son ya mil años los que el islam trabaja para realizar su sueño: la conquista de Europa y del mundo con la cimitarra y la “media luna”. El ejército turco es decididamente superior al cristiano… pero con la Cruz de Jesús sucede lo imprevisto, lo inesperado, lo inédito.

Una gran oración

Lo que marca la diferencia entre las dos fuerzas militares es el genial gran comandante polaco, el rey Juan Sobieski, y el humilde fraile capuchino, el padre Marcos de Aviano. El papa Inocencio XI (Benedetto Odescalchi, “beato” desde el 7 de octubre de 1956 por voluntad del venerable Pío XII), reinante de 1676 a 1689, ha encargado al padre Marcos formar una Liga contra los turcos. El padre Marcos se convierte en consejero y confesor del emperador Leopoldo I y recoge, en torno a él, a España, Portugal, Polonia, Florencia, Venecia y Génova. De Francia llegan solo voluntarios, en cuanto que Luis XIV, el “rey sol”, se da luz a sí mismo, en búsqueda de su interés personal.

El día antes del encuentro, el padre Marcos consagra Viena a la Virgen y, con conmovedora invocación, reza así:

“Oh gran Dios de los ejércitos, míranos postrados aquí a tus pies para pedirte perdón por nuestras culpas. Sabemos bien que hemos merecido que los infieles empuñen las armas para oprimirnos, porque las iniquidades que hoy día cometemos contra tu bondad han provocado justamente tu ira (…). Pero ahora, por amor a Ti mismo, preferimos mil veces morir antes que cometer la mínima acción que te desagrade.

Socórrenos con tu gracia, oh Señor, y no permitas que nosotros, tus siervos, rompamos el pacto que solo contigo hemos estipulado. Ten piedad de nosotros, de tu Iglesia, para oprimir a la cual ya se preparan el furor y la fuerza de los infieles. Aunque es por nuestra culpa que han invadido nuestras hermosas y cristianas regiones (…) senos, sin embargo, propicio, oh Dios bueno, y no desprecies la obra de tus manos. Recuerda que para arrancarnos de la esclavitud de satanás, Tú has derramado toda tu preciosísima Sangre (…). No permitas, Señor, que se te eche en cara haber dejado vencer a la furia de los lobos, precisamente cuando te invocábamos en nuestra miserable angustia. ¡Ven a socorrernos, oh gran Dios de las batallas! Si tú estás a nuestro favor, los ejércitos de los infieles no podrán hacernos daño. ¡Dispersa a esta gente que ha querido la guerra!

Libera, pues, al ejército cristiano de los males que recaen sobre él; sostén el brazo de tu ira suspendido sobre nosotros y haz comprender a nuestros enemigos que no hay otro Dios fuera de Ti y que Tú tienes el poder de conceder y negar la victoria y el triunfo, cuando te agrada. Como Moisés, extiendo mis brazos para bendecir a tus soldados; sosténlos y apóyalos con tu poder, para la derrota de los enemigos tuyos y nuestros, para la gloria de tu Nombre. ¡Amén!”.

Como una legión de ángeles

Al alba del 12 de septiembre, cuando Viena estaba en oración, el padre Marcos de Aviano celebra la Santa Misa sobre la colina de Kalhemberg, ante todo el ejército cristiano. Después extiende las manos y hace descender la bendición de Dios Uno y Trino sobre la armada, por la intercesión de la Santísima Reina de la Victoria. Después, vuelto hacia el rey Juan Sobieski, le grita con certeza absoluta: “Johannes, tú vencerás”.

Y tiembla la batalla entre la Cruz y la “Media luna”. En el ejército cristiano, que se mueve como una avalancha a la batalla, se distingue una extraordinaria armada polaca – los húsares alados – la más hermosa caballería de todos los tiempos. Los húsares tenían sobre la parte posterior de la armadura dos grandes alas de plumas blancas.

Fueron ellos, en aquel memorable día, los húsares alados, con una carga increíble, quienes rompieron el asedio de los turcos a Viena, salvando Austria y Europa. Desde los muros de Viena, que ya se estaban derrumbando, minados por las explosiones de pólvora, la carga de los húsares alados dio la impresión de una legión de ángeles que venían en ayuda con las alas blancas y los estandartes de color púrpura y escarlata.

La victoria del ejército cristiano sobre el turco parece inmediatamente una derrota de dimensiones incalculables e imprevistas, hasta el punto que Mehmet IV envía al gran Visir Kara Mustafá una cuerda de seda verde invitándolo a ahorcarse con ella.

Al día siguiente, cuando los pasteleros de Viena inventan los “cruasanes”, un dulce con forma de media luna, en la iglesia de la Virgen de Loreto los vencedores cristianos cantan a Dios el solemne Te Deum de acción de gracias. El Santo Padre, Inocencio XI, para celebrar la victoria de las armadas cristianas, instituye el 12 de septiembre la fiesta del Santísimo Nombre de María, así como su predecesor, Pío V, en 1571, había instituido, el 7 de octubre (día de la victoria de Lepanto), la fiesta de la Reina del Rosario.

“La Virgen se llama María”

En 2002, en memoria del 12 de septiembre de 1683, el Santo Padre Juan Pablo II restaura, el 12 de septiembre de 2002, la fiesta del Santísimo Nombre de María, que había sido suprimida. El 27 de abril de 2003, el papa Wojtyla beatifica a Marcos de Aviano, el padre franciscano del Véneto, que tras su muerte había sido sepultado en la iglesia de los Capuchinos en Viena, donde reposan los restos mortales de los emperadores austriacos.

El imperio de Austria había ofrecido el obsequio más solemne a la memoria del Beato Marcos de Aviano y a la tarea altísima que había desarrollado en la formación de la Liga santa, en la ayuda dada a Leopoldo, en la conducción de los equilibrios de las fuerzas en el campo de batalla. En 1699, con la paz de Carlowitz, se puso fin al peligro turco en Europa: Hungría, Transilvania, Croacia, Dalmacia quedan libres de la dominación musulmana. Ha terminado el avance de los turcos.

Pero volvamos a la fiesta del Santísimo Nombre de María, abriendo el Misal y leyendo sus textos litúrgicos, vemos que el Evangelio narra la Anunciación (Lucas 2, 26-28). Subrayamos en especial el versículo: “La Virgen se llamaba María”, o traducido: “El Nombre de la Virgen era María”. Hemos ilustrado el origen glorioso de esta festividad, una de las etapas de la acción de María Santísima en la historia de la Iglesia y del mundo, las que San Maximiliano Kolbe llamaba Acta Mariae Immaculatae in universo mundo. Toda alma que se santifica es obra de Jesús y de María, pero hay incluso momentos de un alcance histórico incalculable, como la victoria de Lepanto (1571), de Viena (1683), del Vístula (1920).

¿Pero qué significa el nombre de María, si es cierto que cada “Nomen” es “omen”, es decir, augurio y señal de la misión de quien lleva ese determinado nombre?

María es nombre que corresponde a alrededor de sesenta etimologías, como bella, gota o estrella del mar, amada por Yahweh: este último, junto al de señora (de donde Madonna en italiano) es el que preferimos. Quizá sus padres, Joaquín y Ana, le impusieron este nombre para recordar a María, la hermana de Moisés.

Casi todos los poetas han encendido su “vela” con una poesía a María Santísima, incluso los no creyentes o los creyentes a su manera. Basta consultar el texto a cargo de mons. G. B. Proja, I poeti italiani a Maria, Basilica Lateranense, 1994, para ver que verdaderamente todas las naciones, en especial al nación itálica, la han llamado bienaventurada. En la cima de todos se elevan Dante (“Vergine Madre, figlia del tuo Figlio / Virgen Madre, hija de tu Hijo”, Par, 33), Petrarca (“Vergine bella que di sol vestita / Virgen hermosa que vestida de sol”) y Manzoni, con su himno sagrado “Il nome di Maria / El nombre de María”.

Es cierto que el primer nombre es el de Jesús, Hijo de Dios hecho hombre, más aún, el único Nombre en el cual nos es concedido salvarnos (Hech, 4, 12): Solo Él es el único Salvador, el único Redentor, el único Maestro, el único Esposo de las almas y de la humanidad,que anhela la salvación y a vivir el pleno sentido y la más alta dignidad de la vida. Nadie puede negar esto, ni siquiera hoy, cuando se difunde la fobia por el Nombre de Jesús, en la blasfemia más infame del insulto o de la negación, pero junto al Nombre de Jesús, he aquí que, como “segundo Nombre”, está el de María, la Inmaculada, la Virgen para siempre, la Madre de Dios, la Asunta en cuerpo y alma en la gloria, la Corredentora y la Mediadora de todas las gracias, aquella por la que pasa Jesús para un nuevo renacimiento espiritual del mundo.

Por esto Manzoni, tras haber glorificado a la Virgen en su himno Il nome di Maria, concluye así su luminosa contemplación:

“Salve, o degnata del secondo Nome, o Rosa, o stella ai periglianti scampo, inclita come il sol, terribile como oste schierata in campo / Salve, oh hecha digna del segundo Nombre, oh Rosa, oh estrella salida de los que están en peligro, ínclita como el sol, terrible como adversaria alineada en el campo de batalla”.

Candidus

(Traducido por Marianus el eremita)

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