Viganò: Homilía en la festividad de la Conversión de San Pablo

VAS ELECTIONIS EST MIHI ISTE

Egregie Doctor Paule, mores instrue,

Et nostra tecum pectora in cœlum trahe;

Velata dum meridiem cernat fides,

Et solis instar sola regnet caritas

Pablo, egregio doctor, enseña las leyes

y arrastra nuestros espíritus al Cielo contigo,

hasta que la velada Fe vea el mediodía

y la Caridad reine sola Caridad a semejanza del sol.

La conversión de San Pablo fue una conquista de San Esteban, y no es casualidad que la divina liturgia haya situado esta fiesta a pocos días de la del Protomártir, cuyo martirio presenció  el judío Saulo, fiel a la Ley Antigua y leal ejecutor de la voluntad de los sumos sacerdotes; tal vez él mismo contribuyera al martirio, creyendo obrar conforme a los principios que todo judío ortodoxo debe observar. El padre Guéranger comenta: «Era conveniente que, para completar la corte de nuestro gran Rey, al lado del pesebre se elevasen las dos potentes columnas de la Iglesia, el Apóstol de los Judíos y el Apóstol de los Gentiles; Pedro con sus llaves y Pablo con su espada. Así fue como Saulo, hebreo observante y perseguidor de cristianos, se convirtió en Pablo, y conquistó a los paganos al Evangelio».

Hoy, el poder de Cristo se abate sobre su enemigo, y su misericordia lo levanta después para convertirlo en adalid de la Fe y compañero del Príncipe de los Apóstoles, junto al cual verterá su sangre en la Urbe: O Roma felix, quæ duorum Principum es consecrata glorioso sanguine, como cantamos en el himno Decora lux. ¡Dichosa Roma, consagrada por la sangre gloriosa de dos príncipes! Sangre que es gloriosa porque de ella, al derramarse por amor a Cristo, en vez de la muerte viene la vida; en vez de la derrota la victoria; y en vez de la ignominia del suplicio la gloria de la palma del martirio.

Cuando los pastores obedecían a Dios y no se dejaban seducir por los  engaños de este mundo, entre la festividad de la Cátedra de San Pedro en Roma y la de la Conversión de San Pablo se celebraba un octavario de oraciones por la conversión de los que no son católicos: los cismáticos, los herejes y los paganos. La nueva iglesia, siguiendo los pasos del Concilio, ha renegado de su misión y trata de disimular lo que nos diferencia de las sectas y los idólatras, haciendo hincapié en lo que –según ellos– nos une. Aquellos días se oración se convirtieron en la Semana para la unidad de los cristianos, anteponiendo los objetivos de un insensato ecumenismo a la misión sobrenatural de la predicación de la verdadera Fe. Os exhorto a rezar por los sacerdotes y prelados que persiguen a los buenos católicos, y por los que como Saulo creen que cumplen los preceptos de la Ley mientras están en el error. Pidamos al Señor que se les manifieste y los convierta, como se convirtió el Apóstol de los Gentiles.

No nos sorprendamos de este paralelo; el velo del Templo, que se rasgó de arriba abajo en el momento en que expiraba el Salvador en la Cruz puso fin a la Antigua Alianza. La Iglesia de Cristo se convirtió así en el nuevo Israel y los bautizados en el nuevo pueblo elegido. Esta nueva y eterna alianza, sellada con la Sangre del Cordero del que eran figura los sacrificados en el Templo, acogió a muchos hijos de la Sinagoga, iluminados por las profecías mesiánicas y confirmados por los milagros del Señor. Hubo entre ellos muchos que, al igual que Saulo, obedecieron a la Ley hasta que fueron alcanzados por la Gracia que les hizo ver que las Escrituras se cumplían en Jesucristo. Y mientras la ceguedad de la perfidia no les permitía percibir la Luz que vino al mundo y la rechazaba; mientras el Sanedrín conspiraba con Pilatos por temor a perder su poder, y ocultaba a los sencillos la verdad que custodiaban los rollos de Isaías y otros santos profetas; mientras Saulo intentaba en todas las sinagogas obligar mediante amenazas a los cristianos a blasfemar (Hch.26,11), es decir a renegar de la divinidad de Cristo y su venida como Mesías prometido, se preparaba el gran milagro de la conversión: instantánea, inmediata, fulminante como todo lo que tiene que ver con Dios.

A veces el camino de la conversión es largo y arduo, lleno de dificultades y de caídas; pero la conversión en sí con la fuerza y la potencia de la que es capaz el Señor cuando nos toca con la luz de la Verdad y el fuego de la Caridad. «¿Quién eres, Señor?», pregunta Saulo, caído del caballo. «Soy Jesús, a quién tú persigues» (Hch.9,5). En la deslumbrante luz en la que resuena la voz de Cristo, uno de los más temidos inquisidores del Templo reconoce el milagro, se da cuenta de quién es su divino Artífice, se dirige a Él llamándolo Señor y obedece la orden de encaminarse a Damasco. Permanece deslumbrado y ciego durante tres días, y durante esos tres días ayuda en mística preparación para la epifanía de Cristo.

Con otro milagro, se pide a Ananías que vaya a sanar a Saulo de Tarso, y queda estupefacto, porque este judío tiene autorización «de los sumos sacerdotes para prender a todos los que invocan su nombre» (Hch. 9, 14). El Señor le responde: »Anda, porque un instrumento escogido es para mí ese mismo, a fin de llevar mi nombre delante de naciones y reyes e hijos de Israel, porque Yo le mostraré cuánto tendrá que sufrir por mi nombre» (íbid., 15-16). Va, pues, a ver a Saulo, le impone las manos y lo cura, haciendo que se desprenda de sus ojos el velo de la ceguera, figura del entenebrecimiento de la vista del alma. Rebosante del Espíritu Santo, Saulo «fue bautizado » (íbid., 18) con el nombre de Pablo.

Hoy también hay un sanedrín de partidarios del Concilio que manda en las sinagogas a sus ministros que persigan a los católicos tradicionalistas, los castiguen y los obliguen a observar los ritos reformados. También hoy hay celosos y terribles saulos que andan detrás de los fieles para obligarlos a blasfemar, a renegar de las enseñanzas de Cristo y obedecer a los sumos sacerdotes y los escribas del pueblo. Muchos de ellos creen que son buenos y respetan la Ley. Pero el poder de Dios, que voltea y tira por tierra a los soberbios, quiere tocar su alma como tocó la de Saulo. Os invito, queridos fieles, a rogar por ellos. Para que el Señor manifieste su poder desmontándolos de sus graníticas certezas, ciegue su orgullo y tenga con ellos misericordia para levantarlos, restituirles la vista espiritual, llenarlos del Espíritu Santo y convertirlos en apóstoles suyos.

Roguemos que a los prelados y sacerdotes que hoy obedecen al sanedrín de Roma, que no quiere reconocer a Cristo Rey y rinde homenaje al César, los ilumine la Gracia del Señor. Que vuelvan a las sinagogas como San Pablo para proclamar a Jesús Hijo de Dios (íbid., 22), a predicar que el Sacrificio de la Nueva y Eterna Alianza se renueva sobre el altar de aquellos a los que hasta hoy persiguen. Que también se pueda decir de este monseñor, de ese obispo, de aquel cardenal: «¿No es éste aquel que destrozaba en Jerusalén a los que invocan este nombre, y aquí había venido con el propósito de llevarlos atados ante los sumos sacerdotes?» (íbid., 21).

Si sabemos dar testimonio de fe en el Señor y fidelidad al Santo Sacrificio de la Misa, que es el corazón y el alma palpitante de nuestra santísima religión, podremos hacer con esas almas alcanzadas por la Gracia de Dios lo que hicieron los discípulos en Damasco: hablarles de Cristo, ayudarles a estar con nosotros para «edificarse caminando en el temor del Señor »(íbid., 31). Quién sabe si tal prelado que ha venido para obligarlos a aceptar los ritos reformados querrá celebrar la Misa Tradicional, al descubrir hasta qué punto confirma y alimenta su sacerdocio la divina liturgia, al ver la medida en que su alma de levita encuentre su plena realización al repetir las palabras del Salvador que se inmola en el altar, del mismo modo que una vez lo hizo en la Cruz. Quizá ese obispo que llegó con intenciones belicosas se dé cuenta de que persigue a Cristo, y quiera hacerse apóstol y discípulo suyo después de sido perseguidor por orden del Sanedrín.

Entonces comprenderá, como lo hemos comprendido nosotros por la Gracia de Dios y a pesar de nuestra indignidad, cuánto tendrá que sufrir por el nombre del Señor.

Tal es nuestro más sincero deseo, nuestra oración, la razón de nuestro testimonio.

Así sea.

25 de enero de 2023

In Conversione Sancti Pauli Apostoli

Traducido por Bruno de la Inmaculada

Mons. Carlo Maria Viganò
Mons. Carlo Maria Viganò
Monseñor Carlo Maria Viganò nació en Varese (Italia) el 16 de enero de 1941. Se ordenó sacerdote el 24 de marzo de 1968 en la diócesis de Pavía. Es doctor utroque iure. Desempeñó servicios en el Cuerpo Diplomático de la Santa Sede como agregado en Irak y Kwait en 1973. Después fue destinado a la Nunciatura Apostólica en el Reino Unido. Entre 1978 y 1989 trabajó en la Secretaría de Estado, y fue nombrado enviado especial con funciones de observador permanente ante el Consejo de Europa en Estrasburgo. Consagrado obispo titular de Ulpiana por Juan Pablo II el de abril de 1992, fue nombrado pro nuncio apostólico en Nigeria, y en 1998 delegado para la representación pontificia en la Secretaría de Estado. De 2009 a 2011 ejerció como secretario general del Gobernador del  Estado de la Ciudad del Vaticano, hasta que en 2011 Benedicto XVI lo nombró nuncio apostólico para los Estados Unidos de América. Se jubiló en mayo de 2016 al haber alcanzado el límite de edad.

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