Confesar… y aprender a confesar

Los católicos que no hemos perdido la conciencia de pecado sabemos bien la urgente necesidad de predicar y formar a los fieles para que la confesión se integre en la vida cristiana. Es increíble percibir como en la actualidad, y desde hace más de medio siglo, la pérdida de sentido moral ha invadido de tal manera los corazones que el pecado ha pasado a ser un concepto ausente de significado para una gran mayoría de creyentes en Cristo, y que comulgan con frecuencia y/o ocasionalmente sin pararse a examinar su conciencia antes de cometer el tremendo sacrilegio de recibir el Cuerpo de Cristo en pecado mortal. De este tema se ha escrito con abundancia en esta página. No obstante hay que ahondar todavía más para hacer más clara la catequesis (desde niños a adultos) en relación a “saber” confesarse bien, o sea, de forma válida. Debe recordarse que no solo es sacrilegio comulgar en pecado grave sino también hacer mal la confesión (ocultando pecados mortales o negándose a hacer propósito de enmienda). Por eso en las parroquias no hay que echar, como se dice vulgarmente, campanas al vuelo cuando los feligreses acuden con regularidad a la confesión. El primer paso es que confiesen, si, pero el siguiente (que debiera ser el previo) es aprender a hacerlo de verdad.

Voy a llamar la atención sobre los errores más habituales que HOY suceden en los confesonarios (o cualquier otro lugar de recepción del sacramento):

  1. Fieles que acuden a confesar sin haberse preparado lo más mínimo; como el que acude a una cita con un amigo para charlar.
  2. Fieles que van a confesar para desahogarse de sus problemas, y solamente para esa finalidad
  3. Fieles que se confiesan de los pecados de los demás y de si mismos solo expresan sus (supuestas) virtudes
  4. Fieles que acuden al sacerdote con la única intención de justificar sus situaciones de pecado y discutir “lo mala que es la Iglesia”

Ante estos errores, convertidos ya casi en “modas” contemporáneas, considero que los sacerdotes debemos tener previstas las siguientes respuestas (y me baso sobre todo en la magnífica obra “La práctica del confesor” de san Alfonso María de Ligorio):

  • Tener preparadas una serie de preguntas muy básicas (basadas en los diez mandamientos) para ayudar al penitente a remover su conciencia
  • Saber diferenciar la escucha del desahogo de conciencia de la parte propia del sacramento, y con toda caridad y acogida fraterna, explicarla así al penitente para que conozca bien la materia de la confesión
  • Corregir con suavidad y claridad al penitente cuando haga elogio de si mismo y compararlo, por ejemplo, al paciente que acude a su médico para decirle que no tiene nada de dolencia (lo cual resultaría ridículo)
  • Despedir con una bendición (nunca con absolución) a quien venga con idea de buscar “aval” para su situación de pecado, explicando que la doctrina no es subjetiva sino que es dada por Cristo y, por tanto, no sujeta a consensos sociales, y desde ahí es vana toda discusión.
  • No absolver bajo ningún concepto cuando no haya expresión de arrepentimiento y/o propósito de enmienda, aunque habrá casos donde se pueda administrar una absolución condicional como bien explica el teólogo Royo Marín en su “teología moral: sacramentos”.

La tarea del sacerdote confesor es hoy más urgente que nunca. Y dado que la situación es crítica no caigamos en la tentación de dar por “vencido” el problema con el solo hecho de que los feligreses acudan a confesar. Hay que enseñar a confesar para aprender a confesar.

Padre Ildefonso de Asís
Padre Ildefonso de Asís
Sacerdote tradicional sin complejos y con olor a pastor

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