Los cien primeros días de León XIV

El pasado día 17, León XIV regresó definitivamente al Vaticano tras las vacaciones estivales en Castelgandolfo. En dicha fecha se cumplieron también los cien primeros días de su pontificado, inaugurado el 8 de mayo de este año.

¿Es suficiente el tiempo transcurrido hasta ahora, durante el cual el Sumo Pontífice no ha hecho ningún nombramiento decisivo, ningún viaje al extranjero ni pronunciado discursos importantes, para pronosticar el derrotero inmediato que seguirá su pontificado? En modo alguno. Los tiempos por los que se rige la Iglesia no son los mismos que los de la política, y tres meses no son suficientes para hacer un análisis serio sobre el futuro.

El pontificado de Francisco fue, objetivamente, catastrófico. No tanto por los triunfos del progresismo, que no ha alcanzado ninguna de sus metas más radicales, como por la confusión que generó en todo el orbe católico. Dentro de esa confusión se cuentan las divisiones que originó en los ambientes tradicionalistas, a consecuencia de las cuales algún sector rechazó la primacía petrina. El proceso de autodemolición de la Iglesia avanza, por tanto, a toda marcha, y es lógico preguntarse si León XVI contendrán dicho proceso, aunque todavía sea muy prematuro responder de un modo definitivo a la pregunta.

La primeras impresiones son importantes, y en el momento de su elección León XIV dio la impresión de ser un pastor consciente de que su misión no tiene otro cimiento que Cristo. La expresión In Illo unum uno (somos uno en el Cristo único), retoma unas palabras de San Agustín en sus comentarios al Salmo 127, es el lema del flamante pontífice, que al parecer está convencido de que no se lo juzgará por sus innovaciones ni por su éxito ante el mundo sino por su fidelidad a las enseñanzas del Evangelio. Con la misma diafanidad se manifestó su devoción mariana desde el momento en que, dos días después de ascender al solio pontificio, acudió al santuario de Genazzano.

Las alusiones a Cristo, y por consiguiente a la naturaleza sobrenatural de la Iglesia, son al parecer una constante de sus tres primeros meses de pontificado. Por otra parte, si se prescinde de dicha piedra angular, es imposible llevar a cabo el programa de León XIV, que, según ha reiterado en bastantes ocasiones, es llevar la paz y la unidad a la Iglesia y al mundo, que es precisamente el aspecto en que fracasó el pontificado de Francisco.

Los críticos conservadores y tradicionalistas de Francisco ponen de relieve que en los cien días que lleva como papa ha citado en más de sesenta ocasiones a su predecesor Francisco, poniéndolo como punto de referencia. Destacan igualmente que no ha derogado, ni total ni parcialmente, infaustos documentos como Amoris laetitia o Traditionis custodes; que tiene intención de proseguir con el camino sinodal; que en algunos discursos se ha expresado en el lenguaje ambiguo típico del progresismo; y, por último, que ha confirmado en sus puestos a los titulares de diversos cargos y dicasterios, empezando por el cardenal Parolin. El veredicto es implacable: León XIV es un Bergoglio con rostro humano.

Pero no es menos cierto que el Santo Padre no ha ido más allá en ningún aspecto que su predecesor. Todo lo contrario: ha dado indicios de una inversión de ruta: «El matrimonio no es un ideal, sino el modelo del verdadero amor entre el hombre y la mujer», afirmó el pasado 31 de mayo, corrigiendo con ello Amoris laetitia; en su discurso durante el Jubileo de los Gobernantes el 21 de junio defendió con firmeza la ley natural, «escrita no por manos humanas, reconocida como válida en todos los tiempos y lugares»; el 9 de julio, pronunciando una homilía en Castelgandolfo, dio la impresión de corregir la ideología verde tan apreciada por Francisco; en la audiencia del 13 de agosto declaró que, con su traición, Judas Iscariote decidió excluirse de la salvación; muy diferente de Bergoglio, que decía no saber si Judas se había ido al Infierno. En una carta firmada el 17 del presente mes y dirigida a la Conferencia Episcopal Amazónica condenó la adoración de la naturaleza y puso a Cristo y a la Eucaristía en el centro de la evangelización.

Por otro lado, la confirmación en sus puestos de colaboradores de Francisco se ha hecho donec aliter provideatur, es decir hasta que se decida por otros. Pero entretanto el Papa ha nombrado al cardenal Robert Sarah enviado especial para las solemnes celebraciones que tuvieron lugar el 25 y el 26 de junio en el santuario de Santa: «El pontificado de León XIV se caracteriza por su cristocentrismo. Habla siempre del Señor y de la Iglesia. Que es importante destacar que la Iglesia no se convierta en una ONG. León se toma tiempo para escoger a personas que pueden serle de ayuda en sus labores principales. Es imposible cumplir con el oficio petrino si no se cuenta con los colaboradores adecuados. El hecho de que haya elegido un nombre que evoca a San León Magno y a León XIII arroja luz sobre su voluntad de ser un auténtico padre de padres, un verdadero pastor de la Iglesia Universal. Tenemos que rezar por él y ayudarlo cada uno según la función que cumplamos».

Desde luego se trata de indicios, no de pruebas de auténtico cambio, pero tampoco hay la menor prueba en contrario, y los pronósticos críticos del pontificado leonino se basan en frágiles indicios. La pelota está aún sobre el tejado, y sobre el tapete problemas como, aparte de los nombramientos, hay cuestiones cruciales como la sinodalidad y las relaciones de la Santa Sede con China.

Es muy fácil proponer al Papa lo que tiene que hacer, o incluso pretender que lo haga lo antes posible, cuando no se está en su lugar ni se tiene la obligación de hacerlo. Sin embargo, es preciso recordar que San Pío IX se demoró cuatro años en condenar el modernismo a pesar de tener a su lado como Secretario de Estado al cardenal Merry del Val. ¿Qué colaboradores antimodernistas podría ayudar hoy en día a tomar decisiones a León XIV, que no es ciertamente un Pío X, como demuestran su formación cultural y su experiencia pastoral?

Entre los grandes pontífices de los últimos dos siglos encontramos también a San Pío IX. Este papa tardó tres años en volverse antiliberal después de ser elegido, tras un brusco despertar y ante la persecución revolucionaria y su huida de Roma. Pío XII, que era un papa amable y aficionado a negociar, se vio azotado por la Segunda Guerra Mundial y tuvo que esperar algunos años antes de promulgar sus encíclicas Mystici Corporis (1943), Mediator Dei (1947), Humani Generis (1090) y Ad Coeli Reginam (1954).

La virtud de la prudencia, natural y sobrenatural, puede exigir tiempos prolongados para llevar a cabo una obra, así como sucesos externos, del mismo modo que las guerras que actualmente se vislumbran en el horizonte pueden trastornarla. Por eso, no debemos ser impacientes, sino velar atentos, cifrando toda nuestra esperanza únicamente en Dios y rezando por el Papa y por la Iglesia en estos momentos tan tenebrosos de la historia.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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