¡Recuperemos la Misa matutina!

En distintas ocasiones se cita en los evangelios que Nuestro Señor Jesucristo se iba a orar a primera hora de la mañana, incluso antes de amanecer. El salmo 62, muy rezado en el oficio divino y de forma preceptiva en fiestas y solemnidades, se inicia con «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti…”; la sagrada escritura como Palabra de Dios nos anima a ser almas de oración siempre, pero de forma preferente en la mañana cuando la jornada se inicia y que mejor manera de hacerlo que orando a Dios. Incluso el refranero popular, tan sabio, nos recuerda que “a quien madruga Dios le ayuda”.

Desde ahí, y durante siglos de historia cristiana, se ha catequizado sobre el gran beneficio para el alma que supone orar en la mañana. Y si constatamos que la oración perfecta e insuperable, por esencia, es la Santa Misa (oración dentro del santo sacrificio y sacramento eucarístico) concluimos que la Santa Misa celebrada y/o escuchada por la mañana ha de necesariamente ser fuente de infinitos frutos espirituales. Es cierto que la práctica de la Misa matutina ha sido durante siglos una práctica universal y extendida ya que hasta entrado el siglo XX el ayuno eucarístico era de doce horas y, por tanto, para comulgar era más sensato ir a Misa en la mañana en ese margen de ayuno entre cena nocturna y desayuno. Ya con Pío XII se redujo a tres horas y luego tras la reforma conciliar en solo una hora: con esa ayuda material pues se podía comulgar, sin alterar el horario normal de comidas, a cualquier hora de la mañana o tarde.

Pero pensemos en el gran beneficio de la Misa matutina, a todos los niveles, tanto para el sacerdote como para el fiel laico o religioso. El que firma este artículo es sacerdote y puede hablar por cuenta propia y ajena: la Misa celebrada en la mañana, normalmente, se celebra con mayor unción que por la tarde. En una vida normal del cura la jornada está repleta de momentos de catequesis, formación, visita de enfermos, asuntos parroquiales, confesiones…y llegar al final de la tarde supone celebrar Misa ya bien cansado y eso pasa factura. Algunos dirán que es el mejor “colofón” de la jornada, pero disiento totalmente de esa idea. Un magnífico colofón sería una exposición eucarística con su correspondiente espacio de silencio para orar y adorar al Santísimo. Pero vivir la Misa se hace mucho más real al inicio del día y no en medio o al final. Está claro que, dado el cada vez más reducido número de sacerdotes, se hace obligatorio en algunas parroquias celebrar, en domingos y preceptos, mañana y tarde; pero si nos ceñimos al diario, a la Misa que se acude más por devoción que por deber, se hace clara la diferencia. Añado igualmente que en una parroquia normalmente los asuntos de rectoría (partidas, documentos, peticiones de misas…) son mucho más habituales en la tarde y a veces el sacerdote carece hasta de medio minuto para prepararse debidamente en la sacristía antes de celebrar. Incluso para recibir confesiones es mucho más adecuado el tiempo vespertino mientras el Santísimo está expuesto y no las confesiones “a todo gas” minutos antes de la Misa de la tarde.

Y pensemos en los fieles. También hablo como sacerdote que he servido en varias parroquias (unas rurales y otras de ciudad) y he constatado que la unción de los fieles en la mañana es muy superior a la vespertina. Por la mañana se vive mucho mejor el silencio en el templo: los fieles vienen SOLO a orar y no a encontrarse con las personas vecinas a modo de entretenimiento. No digo que sea siempre así, pero haciendo una sencilla observación se percibe en seguida el clima de silencio en la Iglesia en Misa matutina frente al clima de tertulia por la tarde. Y eso se nota antes, durante y después de la Misa. Igualmente hace gran bien a los fieles devotos la Misa matutina y, si tienen tiempo y oportunidad, la exposición eucarística por la tarde en la cual pueden aprovechar también para confesarse.

Aparte menciono igualmente el desajuste creado por las Misas de sábado por la tarde (donde se cumple el precepto) que han cambiado la “praxis” sacramental de no pocos cristianos. Por una parte, restando valor al domingo como día del Señor: viene “mejor” ir a Misa el sábado por la tarde y “me la quito de encima” (eso dicen algunos) para tener el domingo a mis anchas. Como siempre, lo que se ofrece como una alternativa para casos excepcionales (como ir de viaje un domingo y asegurar la Misa el sábado) se convierte en algo genérico para católicos que cada vez se irán despegando más de la vida orante. Las Misas de sábado tarde han hecho casi desaparecer las Misas propias de sábado como por ejemplo el Inmaculado Corazón de María (al ubicarse en sábado tras el sagrado corazón); conozco curas que tras veinte años de ministerio aún no han celebrado esa Misa. Es solo un ejemplo, pero llamativo.

Para terminar algunos se preguntarán: ¿y cómo hacer para revertir esta situación?; pues depende sobre todo de los obispos y, en última instancia del Papa. Desde una llamada/invitación a los fieles al igual que sugerencia pastoral a todos los sacerdotes para que potenciemos la Misa matutina como general y quede la vespertina como excepcional. Si esta “batalla” la encara individualmente un solo párroco quedará en seguida tachado de “raro” y/o acusado de querer llamar la atención, y ya sabemos que sucede luego; que no se consigue nada.

Confiemos que Nuestro Señor ilumine a su Iglesia para que se recupere la Misa matutina como práctica habitual habida cuenta de los inmensos beneficios y frutos espirituales tanto para el sacerdote como para el laicado y la vida consagrada.

Padre Ildefonso de Asís
Padre Ildefonso de Asís
Sacerdote tradicional sin complejos y con olor a pastor

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