La verdadera mística y el falso misticismo (I)

I LA VERDADERA MÍSTICA

La devoción al Espíritu Santo

Suele creerse que la devoción al Espíritu Santo es algo reservado a ciertas almas especiales que han sido favorecidas con carismas excepcionales o extraordinarios. Nada más lejos de la verdad. Es una devoción necesaria para alcanzar la perfección en la vida sobrenatural, a la que todos somos llamados por Dios.

Santo Tomás (S. Th., II-II, q. 24, a. 9) enseña que la vida espiritual puede dividirse en tres etapas: la primera, vía purgativa, es la de los principiantes, que se libran del pecado mortal y hacen una meditación discursiva.  La segunda, la vía iluminativa, es la de los avanzados, que imitan las virtudes de Cristo y hacen una oración más afectiva; estas dos vías forman la ascética. Y la tercera, vía unitiva, que no es la facultad más necesaria, es la mística o vía de los perfectos, los cuales gracias a la actualización habitual de los dones del Espíritu Santo llegan, mediante la oración infusa o la contemplación, a la unión con Dios por medio de pleno y perfecto fervor de caridad, dentro de la medida en que ello es posible para la naturaleza humana en esta vida con la ayuda de la gracia divina1.

¿En qué consiste exactamente la tercera vía mística, la de los perfectos, en la que el Espíritu Santo es imprescindible con sus siete dones para llegar a la santidad? No se trata de mera teoría; de esta cuestión se derivan consecuencias eminentemente prácticas para poder ser santos.

En su encíclica Divinum illud munus (1897), León XIII afirmó que así como Jesús comenzó nuestra Redención y santificación, también ésta debe ser perfeccionada y llevada a término por el Espíritu Paráclito. Por eso es tan imprescindible en nuestra vida espiritual. No tenemos más que pensar en los Apóstoles, a los que Jesús instruyó durante tres años, y que sin la plenitud del Espíritu Santo que recibirían el día de Pentecostés no fueron capaces de mantenerse junto al Maestro.

Un don es algo que se regala por benevolencia. Algo gratuito que no se da por justicia ni por obligación. El donante no quiere otra que beneficiar gratuitamente al receptor. No hay ninguna exigencia, pues, por parte del que recibe, ni el que da pide nada a cambio.

Aristóteles (Tópicos, IV, 4; 125, a. 18) y Santo Tomás (I-II, q. 68, a. 1, ad 3) hablan de irredidibilitas, es decir, que no hay restitución. Dice también el popular refrán: «Santa Rita Rita, lo que se da no se quita». Ahora bien, sería un error pensar que no deba haber gratitud por parte del que recibe. En realidad, sólo se excluye la exigencia de volver a dar. Es más, un regalo supone el buen uso de lo regalado si el donante ofrece algo que contribuye a la perfección del receptor. Son de esa naturaleza los dones que Dios infunde a sus criaturas. El más grande don del Dios Trino es el Espíritu Santo, según la índole del amor, que consiste en entregarse, Altissimi donum Dei (himno litúrgico de Pentecostés, Veni Creator Spiritus), que es el amor sustancial con que el Padre y el Hijo se aman ad intra o in divinis y nos quieren amar ad extra enviando el Espíritu Santo a nuestras almas. Dios Padre se contempla en el Hijo y se ama, y viceversa; este amor que une al Padre con el Hijo constituye una tercera Persona, que es el Espíritu Santo2. De este primer don proceden todos los que otorga Dios a sus criaturas. Por eso, todos los que dones que da Dios a sus criaturas tanto en el orden natural (el ser y el actuar) como ante todo en el sobrenatural (la Gracia3y las virtudes), es una obra desinteresada de su generoso e infinito amor. En un sentido amplio, todo lo que recibimos de Dios es un don del Espíritu Santo. En sentido estricto, son dones del Paráclito la Gracia santificante, las virtudes infusas (teologales y morales) informadas por la caridad sobrenatural, y por último, los siete dones del Espíritu Santo, que son el objeto del presente artículo.

Existencia de los siete dones del Paráclito

Sólo la divina Revelación nos permite conocer la existencia de los siete dones del Espíritu Santo, ya que son realidades sobrenaturales tanto en cuanto a la esencia como en cuanto al modo de obrar, y por consiguiente exceden infinitamente la capacidad de la recta razón natural4.

El profeta Isaías revela: «Descansará sobre él el Espíritu de Yahvé; espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y temor de Yahvé» (11,2). Se refiere el profeta en sentido estricto y directo al Mesías, pero en un sentido indirecto y más amplio se refiere a todos los miembros que están unidos a Cristo por medio de la Gracia santificante. Los Padres de la Iglesia interpretaron unánimemente en ese sentido el pasaje de Isaías (San Justino, San Cirilo de Alejandría, San Gregorio Nacianceno, San Agustín, San Gregorio Magno, San Hilario, San Ambrosio y San Jerónimo)5. El Magisterio eclesiástico habló del tema en el Sínodo romano del año 382 bajo la dirección del papa San Dámaso. Más tarde lo hizo también en el Catecismo del Concilio de Trento (p. I, cap. 9, § 8), el de San Pío X (nn. 136-142; 564-578) yl a encíclica Divinum illud munus de León XIII (9 de mayo de 1897). La liturgia, que es la Fe de la Iglesia expresada en oración, menciona los siete dones del Espíritu Santo: Tu septiformis munere (himno Veni Creator). En la secuencia (Veni Creator Spiritus) de la Misa de Pentecostés se habla tambiém del sacrum septenarioum.

Naturaleza de los siete dones

Enseña Santo Tomás (I-II, q. 68, a. 3) que los dones son sobrenaturales e infusos. Por eso no puede el hombre adquirirlos por sus propias fuerzas, ya que superan enormemente la capacidad de la naturaleza humana, y no son actos pasajeros sino hábitos permanentes. En las Sagradas Escrituras, Jesús explica a los discípulos hablando del Espíritu Santo: «Mora con vosotros y estará en vosotros» (Juan 14,17). Al Espíritu Santo nunca le faltan sus dones. Por eso permanecen en el alma humana y no son actos ni movimientos transitorios o pasajeros (I-II, q. 68, a. 3, sed contra). Las virtudes proporcionan a las facultades del alma (intelecto y voluntad) la capacidad para obrar sobrenaturalmente (creer, esperar y amar), y por lo habitual están presentes en el espíritu humano. Por eso, también son hábitos permanentes y no acciones ni movimientos pasajeros. Los dones disponen las facultades del alma para  seguir  sin oponer resistencia las mociones o gracias actuales del Espíritu Santo y para dejarse influir por Él6. Santo Tomás enseña la distinción entre virtudes infusas (tanto morales como teologales) y dones del Espíritu Santo7. Ello obedece a que Isaías nos presenta los dones del Espíritu Santo como espíritus: «Por estas palabras se nos da a entender manifiestamente que estas siete cosas se enumeran allí en cuanto que existen en nosotros por inspiración divina. Pero la inspiración significa una moción del exterior. Pues hay que tener en cuenta que en el hombre hay un doble principio de movimiento: uno interior, que es la razón; y otro exterior, que es Dios Ahora bien, es evidente que todo lo que es movido ha de ser proporcionado a su motor (quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur: todo lo que es recibido lo es según la capacidad del sujeto que lo recibe), y ésta es la perfección del sujeto móvil en cuanto móvil: la disposición que le habilita para recibir bien el movimiento de su motor (O sea, el motor de un Ferrari no se puede instalar sobre el de un seiscientos, sino sobre un fórmula 1). Por tanto, cuanto más elevado es el motor, tanto más necesario es que el sujeto móvil le sea proporcionado por una disposición más perfecta, como vemos que es necesario que el discípulo esté más perfectamente dispuesto para que capte una doctrina más elevada de su maestro. Pues bien, es manifiesto que las virtudes humanas perfeccionan al hombre en cuanto que puede ser movido por la razón en las cosas que hace interior o exteriormente» (I-II, q. 68, a. 1).

La doctrina del Aquinate puede sintetizarse de la siguiente manera: la diferencia entre virtudes y dones estriba en que en las virtudes morales adquiridas, que tienen por objeto un bien sobrenatural noble, la causa motriz es la razón humana. Por ejemplo, con la prudencia razona para saber cuál es el medio que mejor me ayuda a alcanzar el fin (si tengo que viajar de Milán a Roma, razono para decidir si es mejor ir en tren, avión o automóvil). En el caso de las virtudes infusas morales y teologales, la causa motriz es la razón iluminada por la Fe a raíz de una moción divina o gracia actual ordinaria. En los dones, la causa motriz es el Espíritu Santo, que activa el hábito de los dones, los cuales aceptan de buen agrado la inspiración o soplo especial del Espíritu Santo, la cual es una gracia actual más eficaz e intensa que la que exigen las virtudes infusas. Eso permite que podamos servirnos del hábito de la virtud cuando lo deseamos, impulsados por Dios o por la gracia actual, que Él no niega a nadie que viva en gracia santificante o habitual (por ejemplo, podemos realizar un acto de fe cuando lo deseamos, motivados siempre por la gracia sobrenatural actual, que no se le niega a nadie). En cambio, los dones reciben la gracia actual superabundante del Espíritu Santo sólo cuando Él quiere movernos de manera más eficaz para que no seamos pasivos con ellas limitándonos a no oponer resistencia, y el Espíritu Paráclito es activo. De ahí que las virtudes que disponen a acoger y poner por obra lo que sugiere la razón iluminada por la Fe y movida por la gracia actual ordinaria sean específicamente distintas de los dones, que dan la disposición para seguir las indicaciones  especiales del Espíritu Santo o la gracia actual más eficaz. Por otro lado, en las virtudes, la regla inmediata o próxima de los actos buenos es la razón humana iluminada por la Fe y movida por la gracia actual ordinaria. Mientras que, en los dones, la regla próxima e inmediata de los actos buenos es el Espíritu Santo, que acciona directamente los dones, orientándolos y haciendo que el buen acto se realice por motivos divinos. Por tanto, los dones son sobrenaturales tanto en cuanto a la esencia como al modo de obrar, mientras que las virtudes lo son sólo en cuanto a la esencia y no en cuanto al modo de obrar, que es meramente natural, aunque esté ayudado por la gracia actual e iluminado por la Fe. Es más, las virtudes, que tienen por principio al hombre y por regla próxima la razón humana iluminada por la Fe, producen actos humanos en cuanto al modus operandi, aunque quoad substantiam sean sobrenaturales. Por el contrario, los dones, que tienen por causa motriz y regla próxima al Espíritu Santo, no sólo producen actos sobrenaturales quoad substantiam, sino también quoad modus operandi. Esta doctrina tiene una consecuencia eminentemente práctica para lo que tiene que ver con nuestra vida espiritual: 1º) Las virtudes infusas no son totalmente perfectas, porque en cuanto al modo de operar son humanas. 2º) De ahí la necesidad de que los dones completen y perfeccionen las virtudes con su modalidad divina, sin la cual las meras virtudes no podrán llevarnos a la santidad o la perfección (relativa en esta vida) hacia las que debemos avanzar cada día más.

Por lo que se refiere al desarrollo de los dones que recibimos originalmente con el Bautismo o el día de nuestra justificación, sólo podemos beneficiarnos de ellos mediante una larga vida ascética, primera y segunda vía de los principiantes y los adelantados (II-II, q. 24, a. 9), para que el Espíritu pueda hacerlos obrar cuando y como quiera. Nuestros actos buenos sólo pueden aumentar nuestra capacidad receptiva para los dones, pero su actualización depende del soplo del Espíritu Santo, que los hace pasar de la potencia al acto. En la medida en que los dones van aumentando en perfección, aumenta su capacidad para recibir dócilmente las inspiraciones del Espíritu Santo (del mismo modo que las velas de un barco que estaban recogidas bajo el palo, al irse soltando, van recogiendo cada vez más viento). En todo caso, la actualización será siempre independiente de nosotros; quien las actualiza es el Paráclito, que actúa cuando y como quiere. Esta es la diferencia concreta entre dones y virtudes, las cuales, por el contrario, actualizamos con nuestra inteligencia y libre albedrío iluminadas por la fe y movidas por la gracia actual ordinaria. De ahí la diferencia entre estado activo del hombre, en las virtudes, y estado pasivo, en los dones. De hecho, en el ejercicio de las virtudes infusas (morales y teologales) el alma se encuentra en un estado activo por el cual si la virtud infusa es sobrenatural en su sustancia en cuanto al modo de obrar, se la vive a la manera humana y el hombre puede realizar un acto virtuoso siempre que quiera y como quiera, movido siempre por la gracia actual ordinaria o moción sobrenatural divina, como una barca impulsada a remo cuando el viento le es favorable y las olas no le son contrarias. En cambio, en el ejercicio de los dones el Espíritu Santo es la única fuerza motriz que sopla sobre el hábito de los dones como el viento sobre la vela de un barco. El alma es entonces un mero sujeto receptivo (consciente y libre) a la inspiración o Gracia actual más abundante del Espíritu Santo, a la cual el alma reacciona vital o consciente y libremente con el intelecto y la voluntad, y colabora con el impulso del Espíritu Santo no oponiendo resistencia. Por eso, la iniciativa principal es del Consolador, al que el alma no opone resistencia, mientras que en el caso de las virtudes la iniciativa es primeramente del ánimo humano ayudado por la Gracia actual e iluminado por la Fe. ¡Ojo! La pasividad o falta de resistencia del alma es sólo hacia la moción del Espíritu Santo, mientras que para todo lo demás el alma debe hacer activamente lo que le es pedido o aquello a lo que la impulsa el Paráclito. Es decir, que el alma obra secundariamente lo que el Espíritu obra en ella primariamente: la suya es una actividad recibida, pero muy intensa, porque la   moción   que recibe y luego prosigue es notabilísima y superabundante. Santo Tomás lo resume de forma lapidaria: «In Donis Spiritus Sancti mens humana non se habet ut movens, sed magis ut mota» (II-II, q. 52, a. 2, ad 1).

El Doctor Angélico afirmó en numerosas ocasiones que una de las notas más características de la distinción entre dones y virtudes es su diversa manera de actuar: «Las virtudes perfeccionan en acto al modo humano, mientras que los dones lo hacen de un modo sobrehumano» (III Sent., dist. 34, q. 1, a. 1). Y el padre Antonio Royo Marín comenta: «Según Santo Tomás, lo que distingue a los dones del Espíritu Santo de las virtudes infusas es precisamente su modo distinto de actuar (…) Las virtudes mueven al alma al modo humano, siguiendo la regla dee la razón iluminada por la fe; los dones, en cambio, la mueven al modo sobrehumano, siguiendo el impulso del Espíritu Santo»8.

Los dones son necesarios para el perfeccionamiento de las virtudes

En cuanto al modo de obrar, las virtudes son humanas y por tanto imperfectas, y es necesario sobrenaturalizarlas o perfeccionarlas quoad modum. Y esa es precisamente la función de los dones del Paráclito. Por consiguiente, los dones son necesarios para la vida cristiana, dado que son movidos o actuados por la gracia actual especial del propio Espíritu Santo en vez de por la razón humana, aunque ésta esté iluminada por la Fe (S. Th., I-II, q. 68, a. 2). ¡Ojo! La imperfección de las virtudes es meramente accidental. O sea, en cuanto a nuestro modo humano, y por tanto imperfecto, de obrar (accidente modal). Accidental, no esencial, porque en sí son sustancialmente sobrenaturales. De ahí la necesidad de que los dones acudan a perfeccionar las virtudes disponiendo las facultades del alma para que también sean movidas sobrenaturalmente en cuanto al modo de actuar. O mejor dicho, de ser actuadas o movidas por influjo del Paráclito. El doctor Angélico lo explica a las mil maravillas: «En orden al fin último sobrenatural, al cual mueve la razón en cuanto que está de algún modo e imperfectamente informada por las virtudes teológicas, no basta la sola moción de la razón si no le asiste de arriba el instinto y la moción del Espíritu Santo» (S. Th., I-II, q. 68, art. 2). Dicho  soplo  las perfecciona en cuanto al modo y las vuelve heroicas o divinas (S. Th., I-II, q. 65, a. 2; II-II, q. 23, a. 8; I-II, q. 68, a. 4).

¿Son necesarios los dones para la salvación?

Esta cuestión la plantea Santo Tomás en la Suma teológica (I-II, q. 68, a. 2), y responde afirmativamente. El Aquinate se basa en la imperfección que el hombre posee y utiliza las virtudes infusas, y concluye con estas palabras: «Nadie puede llegar a la herencia de aquella tierra de los bienaventurados si no es movido y llevado por el Espíritu Santo. Por eso, para conseguir aquel fin, necesita el hombre tener el don del Espíritu Santo». El padre Antonio Royo Marín comenta: Muchos se salvan sin los actos de los dones, aunque no sin sus hábitos. He aquí algunos casos: a) los niños bautizados que mueren antes del uso de la razón. Se salvan sin los actos de las virtudes ni de los dones, aunque no sin sus hábitos; b) los que se arrepienten a la hora de la muerte y mueren enseguida; c) los que viven una vida tibia (sin actuación manifiesta de los dones) y mueren en gracia. Ya sabemos que las virtudes pueden sin los dones producir actos imperfectos. Si no se presentan situaciones difíciles que requieran la ayuda de los dones, esto bastará para salvarse, pero siempre quasi per ignem, como dice S. Pablo9», o sea por el fuego del Purgatorio. De facto, es decir la excepción, es poder salvarse con la sola gracia santificante o con las virtudes y dones del Espíritu Santo que la acompañan, sin realizar también actos sobrenaturales en cuanto al modo e incluso actos virtuosos, como en el caso de los recién nacidos que con el Bautismo han recibido la Gracia, el hábito de las virtudes infusas y los siete dones, pero que careciendo de uso de razón no pueden realizar actos voluntarios. Si mueren en gracia de Dios se van al Cielo a pesar de no haber realizado actos virtuosos. De iure, o sea la regla, es que para salvarse es necesaria la gracia habitual, con las virtudes y dones ejecutados con actos imperfectos en cuanto al modo o perfeccionados por los siete dones que todo hombre en uso de razón debe realizar para alcanzar su fin último. Así pues, en la vida normal de todo hombre es moralmente necesaria la actuación de los dones para vivir en gracia de Dios y salvar el alma. Por ejemplo, en caso de martirio, o si se realiza el acto heroico de fortaleza gracias a la virtud de la  fuerza sobreelevada por el don de la fortaleza, o en caso contrario se apostata y se pierde.

Los frutos del Espíritu Santo y las Bienaventuranzas

Cuando el alma no opone resistencia, sino que coopera dócilmente con la acción o moción de la gracia actual especial o sobreabundante del Espíritu Santo, que activa los dones, produce los frutos del Espíritu, que son actos heroicos virtuosos comparables a los frutos de un árbol, como los dones a las ramas y el efecto a la causa. Esos actos, que son heroicos en cuando al modo de acción, son efecto de los dones y de la   moción   actual y superabundante del Paráclito. Se distinguen por la facilidad, suavidad y dulzura con que se presentan y que hacen experimentar al alma. Dice Santo Tomás que «son frutos [del Espíritu Santo] todas las obras virtuosas en las que se deleita el hombre» (I-II, q. 70, a. 2). La Vulgata nos recuerda doce de ellos: «Amor, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza» (Gal., V, 22-23). Los frutos del Paráclito producen las obras del Espíritu, en tanto que los de la naturaleza humana caída, herida por el pecado original y tentada por el Demonio producen las obras de la carne (I-II, q. 70, a. 3, ad 4). Los frutos del Espíritu suponen una oposición radical a las obras de la carne, que inclina a los bienes sensibles, inferiores al hombre. En cambio, el Espíritu Santo nos impulsa hacia lo que es superior a nosotros (I-II, q. 70, a. 4). Las Bienaventuradas son más perfectas aún que los dones y los frutos, como una degustación previa del Paraíso (I-II, q. 69, a. 2). No son hábitos, sino obra perfecta, como las llama el Doctor Angélico (I-II, q. 69, a. 1). Tan perfectas, que son más efecto de los dones que de las virtudes (I-II, q. 70, a. 2). Jesús enumera ocho en el Sermón de la Montaña: Pobreza de espíritu, mansedumbre, aflicción, sed de santidad, misericordia, pureza de corazón, paz y persecución por causa de Él (Cf. Mt., V, 3-10).

Joseph A. Copertino

1 Cfr. R. GARRIGOU-LAGRANGE, Perfección cristiana y contemplación, Athanasius, 2024; rist., Monopoli-Roma, Ed. Vivere in, 2011,, Las tres edades de la vida interior, Madrid 1975, A. Tanqueray, Compendio di Teologia Ascetica e Mistica, Roma, Desclée, VIII ed., 1954; rist. Proceno di Viterbo, Effedieffe, 2020; A. Royo Marín, Teología de la perfección cristiana, Madrid, BAC, 1962.

2 La relación del Padre y el Hijo con el Espíritu Santo se llama inspiración activa, mientras que la del Espíritu con el Padre y el hijo se denomina inspiración pasiva o procesión. La relación del Padre con el Hijo se llama paternidad, y la del Hijo con el Padre, filiación (I, q. 27, a. 1).

3 Objetivamente, gracia significa don, beneficio. Su verdadera definición es «don gratuito sobrenatural infundido por Dios a la criatura racional angélica o humana en orden a la vida eterna». La gracia santificante o habitual es un don permanente a modo de hábito que se encuentra en la esencia del alma como las virtudes en las facultades espirituales del hombre (intelecto y voluntad)e si trova nell’essenza dell’anima come le Virtù nelle facoltà spirituali dell’uomo (intelletto e volontà), como los dones del Espíritu Santo. La gracia actual es un influjo divino transeúnte y pasajereo por el que Él nos impulsa a realizar una obra sobrenatural meritoria. Cf. N. del Prado, De Gratia et libero arbitrio, Friburgo, 1906, I vol.; R. Garrigou´Lagrange, De Virtutibus theologicis, Turín, Marietti, 1949.

4 S. Th., I-II, q. 68, a. 1; Juan de Santo Tomás, In I-II, dist. 16, a. 3.

5 Cfr. A. GARDEIL, De donis Spiritus Sancti in genere, Torno, Marietti, 1930; R. SPIAZZI, I

Doni dello Spirito Santo, Milano, 1955; L. BILLOT, De Virtutibus, Roma, Gregoriana, 1928.

6 «Los dones son disposiciones infusas de Dios por las que el alma santificada y se hace dóci y esta dispuesta a obrar impulsada por el Espíritu Santo. […]. Los dones son hábitos infusos que se distinguen de las virtudes en que mientras que éstas son principios intrínsecos de actividad, aquellos son disposiciones de las potencias del alma para recibir el impulso externo del Espíritu Santo. Se pueden comparar apropiadamente las virtudes con los remos de la barca y los dones con las velas desplegadas y listas para recibir el impulso del viento» (P. Parente, Dizionario di teologia dommatica, Roma, Studium, IV ed., 1957, voz “dones; Proceno di Viterbo, Effedieffe, 2018).

7 Cf. S. Th., I-II, q. 63, a. 1; III Sent., dist. 34, q. 1, a. 1.

8 Teología de la perfección cristiana, Madrid, BAC, pág. 137.

9 Teología de la perfección cristiana, Madrid 1962, BAC, pág. 151.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

SÍ SÍ NO NO
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Mateo 5,37: "Que vuestro modo de hablar sea sí sí no no, porque todo lo demás viene del maligno". Artículos del quincenal italiano sí sí no no, publicación pionera antimodernista italiana muy conocida en círculos vaticanos. Por política editorial no se permiten comentarios y los artículos van bajo pseudónimo: "No mires quién lo dice, sino atiende a lo que dice" (Kempis, imitación de Cristo)

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