Dilexi te: primera exhortación de León XIV

La primera exhortación apostólica de León XIV, Dilexi te (te he amado), firmada el pasado 4 de este mes y publicada el día 9, amerita más nuestra atención que algunas entrevistas del Papa a las cuales tal vez se ha concedido una excesiva importancia mediática. No son breves palabras: tenemos ante nosotros un extenso documento que consta de 121 párrafos distribuidos en cinco capítulos y una introducción. Como se ha señalado, no se trata de una encíclica social, sino de una exhortación apostólica. Mientras que una encíclica es un documento doctrinal, una exhortación apostólica es un documento pastoral que no define principios pero exhorta a un determinado comportamiento.

El papa León aclara que Dilexi te es fruto de un proyecto emprendido previamente por Francisco que él ha hecho suyo añadiendo reflexiones personales. Ahora bien, si por un lado el tema de la pobreza es típicamente bergogliano, el enfoque es diferente. El papa Francisco parecía estar empeñado en cierto activismo político y social, en tanto que León XIV invoca un empeño moral y caritativo. Francisco atribuía una misión predominante a los movimientos como artífices de justicia social, mientras que León habla de los movimientos en un sentido genérico y subordinado, y encuadrados dentro de la justicia y la caridad, en torno a las cuales se ha desarrollado el debate sobre la cuestión social de un siglo para acá, se diría que concede un papel más importante a la caridad.

Su alusión a San Agustín en el párrafo 47, donde dice que «en una Iglesia que reconoce en los pobres el rostro de Cristo y en los bienes el instrumento de la caridad, el pensamiento agustiniano sigue siendo una luz segura», revela su intención de reconducir la caridad a su cimiento teológico y espiritual.

La expresión opción preferencial de Dios por los pobres, matiza el Papa, «no indica nunca un exclusivismo o una discriminación hacia otros grupos, que en Dios serían imposibles» (nº16). Para él, la pobreza no es una categoría social, y mucho menos revolucionaria, sino la condición humana de aquellos miembros de la sociedad que son débiles y frágiles, y quizás hasta marginados o perseguidos.

«La condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia. En el rostro herido de los pobres encontramos impreso el sufrimiento de los inocentes y, por tanto, el mismo sufrimiento de Cristo. Al mismo tiempo, deberíamos hablar quizás más correctamente de los numerosos rostros de los pobres y de la pobreza, porque se trata de un fenómeno variado; en efecto, existen muchas formas de pobreza: aquella de los que no tienen medios de sustento material, la pobreza del que está marginado socialmente y no tiene instrumentos para dar voz a su dignidad y a sus capacidades, la pobreza moral y espiritual, la pobreza cultural, la del que se encuentra en una condición de debilidad o fragilidad personal o social, la pobreza del que no tiene derechos, ni espacio, ni libertad» (nº9).

Los numerosos ejemplos que cita manifiestan la amplitud de la condición de pobres a la que se refiere, que no sólo incluye a los sufrientes, enfermos y perseguidos, sino también los necesitados de palabras de instrucción y verdad: «Entre finales del siglo XII y principios del XIII, cuando muchos cristianos eran capturados en el Mediterráneo o esclavizados en las guerras, surgieron dos Órdenes religiosas: la Orden de la Santísima Trinidad, Redención de Cautivos (trinitarios), fundada por san Juan de Mata y san Félix de Valois, y la Orden de la Bienaventurada Virgen María de la Merced (mercedarios), fundada por san Pedro Nolasco con el apoyo de san Raimundo de Peñafort, dominico. Estas comunidades de consagrados nacieron con el carisma específico de liberar a los cristianos esclavizados, poniendo a disposición sus bienes [46] y a menudo ofreciendo su propia vida a cambio» (n.º 60).

«En el siglo XVI, san Juan de Dios, al fundar la Orden Hospitalaria que lleva su nombre, creó hospitales modelo que acogían a todos, independientemente de su condición social o económica. Su famosa expresión “¡Haced el bien, hermanos!” se convirtió en el lema de la caridad activa con los enfermos. Contemporáneamente, san Camilo de Lelis fundó la Orden de los Ministros de los Enfermos –los camilos–, asumiendo como misión servir a los enfermos con total dedicación» (n.º 50).

El Sumo Pontífice recuerda asimismo a las Hijas de Caridad de San Vicente de Paul, las Hermanas Hospitalarias, las Pequeñas Siervas de la Divina Providencia y muchas otras congregaciones femeninas que «se convirtieron en una presencia maternal y discreta en los hospitales, asilos y residencias de ancianos» (nº51).

En el siglo XIX, San Marcelino Champañat fundó el instituto de los Hermanos Maristas, «sensible a las necesidades espirituales y educativas de su época, especialmente a la ignorancia religiosa y a las situaciones de abandono que vivía particularmente la juventud». «Con el mismo espíritu, en Turín, san Juan Bosco inició la obra salesiana, basada en los tres principios del “sistema preventivo” –razón, religión y amor–» (n.º 70). «En el siglo XIX, cuando millones de europeos emigraban en busca de mejores condiciones de vida, dos grandes santos se destacaron en la atención pastoral de los migrantes: san Juan Bautista Scalabrini y santa Francisca Javier Cabrini» (nº74).

Por último, el papa León recomienda las obras de misericordia (nº27) y sobre todo un precepto cristiano olvidado: la limosna. Porque, afirma, «hay que alimentar el amor y las convicciones más profundas, y eso se hace con gestos» (n.º 119). «De cualquier manera, la limosna, por pequeña que sea, infunde pietas en una vida social en la que todos se preocupan de su propio interés personal. Dice el libro de los Proverbios: «El hombre generoso será bendecido, porque comparte su pan con el pobre» (Pr.22,9) » (nº116).

Como vemos, la exhortación Dilexit te de León XIV pone de manifiesto las enseñanzas de la Iglesia sobre la caridad al prójimo. «El cuidado de los pobres –dice el Papa– forma parte de la gran Tradición de la Iglesia, como un faro de luz que, desde el Evangelio, ha iluminado los corazones y los pasos de los cristianos de todos los tiempos» (n.º 103). «La caridad cristiana –podríamos concluir citando a su gran predecesor León XIII– entendemos que compendia en sí toda la ley del Evangelio, y que, dispuesta en todo momento a entregarse por el bien de los demás, es el antídoto más seguro contra la insolvencia y el egoísmo del mundo» (Rerum novarum, nº41).

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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