Los diversos errores de la falsa mística
A – El quietismo en general
Se trata de una tendencia pseudomística que sustituye la perfección por la contemplación pasiva, en la que el alma renuncia a todo esfuerzo y a su libertad de acción incluso en la práctica de las virtudes, así como en el dominio de la sensualidad y de las pasiones, hasta el punto de conciliar el más bajo sensualismo con una adhesión de apariencia mística a Dios. El quietismo desprecia la ascética. En España se empezó a difundir en el siglo XVI con la secta de los Alumbrados, y en Francia con François Fénelon (†1715) y Jeanne Marie Guyon († 1717), que era «una exaltada que aliaba al misticismo contemplativo la teoría de la pasividad del alma en las tentaciones y pecados de lujuria1. En Italia lo difundió Miguel de Molinos.
La esencia de la falsa mística está en la perversión de la pasividad o falta de resistencia del hombre a la gracia superabundante del Espíritu Santo extendida a la práctica de las virtudes y la lucha contra el mal. En los primeros siglos de la Iglesia el montanismo2 cayó en excesos perniciosos desde los puntos de vista dogmático, ascético y moral. En la Edad Media, los begardos3 y las beguinas conocieron desviaciones y desórdenes semejantes. En la época moderna, procede del quietismo el americanismo4, o sea el modernismo ascético. El quietismo ha conocido diversas formas: una más radical y otra más moderada o semiquietista.
B – El quietismo radical
El quietismo tiene su origen con Miguel de Molinos5, que nació en España en 1640, aunque vivió más que nada en Roma, donde difundió sus errores mediante sus dos obras principales: la Guía espiritual y Defensa de la contemplación, que fueron condenadas por Inocencio XI (Costitución Coelestis Pastor, 19 de noviembre de 1687, Denzinger 1221-1288).
Para Molinos, la perfección en la vida cristiana o mística consistía en la absoluta pasividad del alma humana, que es también dispensada de resistir las tentaciones. Su lema es precursor del del liberalismo económico (laissez-faire), si bien en el ámbito de la religión: dejar obrar a Dios, y llegará al culmen con el liberalismo o modernismo ascético, al que León XIII denominó americanismo.
Según Molinos, hay un solo camino: el de la mística o los perfectos, al que se llega por uno mismo, con el propio esfuerzo. De ahí que para él la vida espiritual se inicia por la vía unitiva, que para la Iglesia es la tercera y última a la que se accede tras una larga vida de ascesis (la primera es la de los que comienzan, y la segunda la de los adelantados), y se entra por un don gratuito de Dios que mediante la gracia transeúnte especial del Espíritu Santo activa los siete dones del Paráclito. Para Molinos, en esta vía pura y totalmente pasiva se vive de modo constante y habitual en la contemplación infusa, la cual, por el contrario, según la doctrina católica Dios la concede únicamente en actos breves de contemplación. En el concepto molinosista , como la contemplación es perpetua, el alma queda dispensada de todo acto explícito de virtud y toda mortificación y resistencia a las tentaciones. De esa forma se llega inevitablemente a desórdenes morales, porque el hombre, herido por el pecado original, lleva en sí en todo momento hasta la muerte la fomes peccati o tendencia al mal. Tendencia que debe resistir negativamente no haciendo el mal, y positivamente mediante actos virtuosos. Para el quietismo, por el contrario, el supuesto místico es tan perfecto que ya no puede pecar, y no tiene que cuidarse de las tentaciones, pues es seguro que nunca le dará el consentimiento de la voluntad. Presume de estar confirmado en la Gracia, aunque en lo externo realice actos objetivamente inmorales.
La antiquísima doctrina cabalística del antinomismo o santificación contra la Ley Moral (nomos) a través del pecado fue recuperada por movimiento jasídico moderno, en un primer momento elitista (v. Sabatai Tzevi †1666, Jacob Frank †1791), y posteriormente por el jasidismo contemporáneo de masas (V. Martin Buber †1965, Emmanuel Levinas †1995, que tanto influyeron en Wojtyła y en Ratzinger), después de haber sido renovada por Lutero con su pecca fortiter sed fortiter crede y el modernismo ascético o americanismo, condenado por León XIII (Testem benevolentiae, 1889). Actualmente ha resurgido con una virulencia que llega al paroxismo, sobre todo con el neomodernismo o sentimentalismo religioso, tan en boga en movimientos o caminos pseudocatólicos (neocatecumenales6, Comunión y Liberación, Renovación Carismática y pentecostales7 católicos).
El quietismo o molinosismo, llamado así por el sacerdote español Miguel de Molinos (†1696; no confundir con el molinismo del jesuita también español Luis de Molina, que se ocupó de la cuestión de la predestinación en 1582) es un sistema pseudomístico condenado por Inocencio XI en 1687 por la bula Coelestis Pastor (Denzinger 1221-1288). En el quietismo, el objeto principal de la contemplación es Dios y no Jesucristo, que al ser verdadero Dios y verdadero hombre parece menos perfecto, indigno de los quietistas, que serían más perfectos. Hablan del corazón de Dios en vez de del Sagrado Corazón de Jesús, porque este último es demasiado material, en tanto que el primero es sólo amor puro, espiritual, misericordioso y totalmente abarcante, por lo que dispensa al perfecto o iniciado de toda buena acción y toda resistencia al pecado.
c) El quietismo moderado
Para evitar las condenas de la Iglesia, el quietismo radical de Molinos fue retomado y moderado por Madame Jeanne-Marie Guyon, el padre P. Lacombe y François Fénelon. Este último organizó y edulcoró con ciertos excesos la piedad sentimentalista y fantasiosa del amor puro o desinteresado de la señora Guyon en su libro Máximas de los santos de 1697. Fénelon sostenía en este tratado que la perfección consiste en el estado habitual de puro amor de Dios, desinteresado o sin esperanza del Paraíso. Es posible, además, estar convencido en la parte superior del alma (intelecto) de haber sido reprobado por Dios y aceptar plenamente (voluntad) tal estado de condenación, ofreciendo a Dios el sacrificio de la propia felicidad eterna. Por último, el alma perfecta debe ser indiferente a la práctica de las virtudes y a la humanidad de Jesucristo, y pensar únicamente en Dios Padre. Estas proposiciones fueron condenadas en 1699 por Inocencio XII (Denzinger 1327-1349) por ser sustancialmente idénticas a las de Molinos aunque en cuanto al modo estén expresadas de manera menos radical o sean más moderadas.
V. La falsa espiritualidad orientalizante8
¿En qué se diferencian la espiritualidad y la meditación católicas de los métodos de concentración9 del Extremo Oriente? En que la espiritualidad cristiana se funda en la fe en un Dios personal y trascendente, Creador del hombre, el cual le reza dirigiéndose a Él como a un Padre divino, y lo conoce y ama sobrenaturalmente mediante las virtudes infusas de fe, esperanza y caridad. Se puede decir que conversa con Él con la meditación y la oración mental. De hecho, por la gracia santificante, Dios habita real y físicamente en el alma del justo. Por eso, la vida espiritual es conocimiento y amor recíproco, altruista y de convivencia entre Dios y el hombre, y comporta un verdadero diálogo entre éste y Dios (por el estilo del pastor con su rebaño; el pastor conoce y ama a sus ovejas y las llama para llevarlas a los pastos, y ellas reconocen su voz y lo siguen). Con todo, Dios es siempre infinitamente diferente del hombre, el cual participa de la vida íntima divina de un modo finito y limitado propio de las criaturas. Hay unión, pero no confusión entre Dios y el hombre, que habrá de intentar conformar su voluntad a la divina.
La filosofía del Lejano Oriente (hinduismo y budismo)10 es de tendencia panteísta y esotérica o gnóstica, porque identifica el hombre con la divinidad. No concibe a Dios como Persona que trasciende el mundo, como un ser infinito, inmutable, determinado, acto puro, Creador, sino como un todo inmanente al mundo (hinduismo) o un vacío universal (budismo) que no trasciende el mundo sino que se identifica con él. Más que de Dios, se trata de una vaga divinidad indeterminada11, indiferenciada, anónima e identificada con el mundo, que es absorbido por ella.
La oración o medio de concentración oriental, hinduista o budista (el budismo no es una religión, porque no une al hombre con Dios, sino una filosofía inmanentista, naturalista y panteísta); no un conocimiento amoroso entre el hombre y Dios, que conduce a un coloquio mutuo, como un amigo que conversa con otro amigo, según decía San Ignacio de Loyola. Se trata en realidad de un repliegue del hombre sobre sí mismo, porque la concentración oriental no conoce a un ser distinto del hombre. Por tanto, el pensamiento humano debe concentrarse en sí mismo, coincidiendo con la divinidad, que es concebida como un gran ser indiferenciado e impersonal.
En las filosofías mistéricas y esotéricas del Lejano Oriente no hay lugar para un conocimiento amoroso de Dios, porque no hay un Dios distinto del hombre; sino un soliloquio del hombre-dios, un diálogo consigo mismo, y una inmersión del hombre en un Todo impersonal e indeterminado.
El objetivo de la concentración oriental es que el hombre cobre conciencia de que no es una criatura de Dios, sino una Totalidad que tiene identidad con la divina. Por eso, al concentrarse el hombre debe entenderse a sí mismo como algo impersonal, como una amalgama entre el mundo, la divinidad y él mismo, personalmente inexistente; o sea, una partícula del Todo indeterminado. El fin último de la la concentración y la filosofía oriental es la anulación de la conciencia de la propia personalidad, individualidad (ser en sí indivisible y distinto de los demás) y la conciencia de la unidad con el Todo o Ser indeterminado. Conocerse a uno mismo como individuo, como yo, como persona, es una ilusión (maya) de la que el hombre tiene que liberarse por medio de la concentración, que lo libera del sufrimiento (nirvana, estado de indiferencia o liberación), que es la conciencia de la realidad objetiva, la cual con frecuencia pone trabas a los deseos del iniciado.
La oración cristiana nos permite cobrar conciencia de esa dificultad, y con la ayuda de Dios se obtienen las fuerzas para aceptarla y sobreponerse. En cambio, la concentración oriental nos hace perder la noción de la realidad objetiva y nos engaña haciéndonos creer que no somos engañados, es decir que somos una parte del Todo.
Josephus a Copertino
1 P. Parente, Dizionario di Teologia dommatica, Roma, Studium, 1957, IV ed., voz Quietismo; reedición de Proceno di Viterbo, Effedieffe, 2018.
2 El montanismo es una herejía ascético-espiritual que apareció hacia el año 170 d. C. en Frigia (Asia Menor) por la predicación de un tal Montano, convertido al cristianismo. Comenzó a experimentar extraños fenómenos pseudomísticos de naturaleza patológica o preternatural. Dos mujeres, Priscila y Maximiliana, lo siguieron y tuvieron fenómenos análogos. Montano predicaba también la inminencia del fin del mundo y de la segunda venida de Cristo a la Tierra, entendida en clave milenarista y no escatológica. Más que una doctrina dogmática, el montanismo es una praxis ascética rigorista. De hecho, Montano se declaraba imbuido del Espíritu Santo porque habría de hacer surgir un cristianismo más perfecto (una especie de tercera alianza joaqunista ante litteram). El montanismo, procedente de Asia, llegó a Roma, donde conquistó a Tertuliano en el año 213, el cual murió montanista y fuera de la Iglesia Católica. El papa Ceferino condenó el montanismo. (Cf. Pio Paschini, Lezioni di storia ecclesiastica, Turín, 1930, I vol., p. 99; A. MAYER, voz Montanismo, en Enciclopedia Católica, Ciudad del Vaticano, XII vols, 1949-1954).
3 Los begardos fueron una de tantas sectas que pulularon por Europa entre los siglos XII y XIII. Se trataba de una derivación de las beguinas, mujeres consagradas de vida casta y pobre. Al principio eran ortodoxos, pero más tarde empezaron a desviarse, levemente las beguinas, pero en gran medida los begardos. El Concilio Ecuménico de Viena del Delfinado (1311-1312) condenó a los begardos y las beginas (Denzinger 471-478 ), ante todo por la doctrina de la impecabilidad de los iniciados en la secta, los cuales llegados a un determinado grado de perfección ya no debían predicar, mortificarse, resistir las tentaciones ni obedecer a la Jerarquía, y podían conceder al cuerpo toda satisfacción, que sería pecaminosa para los demás pero no para los perfectos. Los perfectos tendrían la capacidad de ver a Dios cara a cara ya en la Tierra sin necesidad del Lumen gloriae, y no debían perder el tiempo con el culto a la humanidad de Cristo ni a la Eucaristía (Cf. F. Vernet, Béghardes, Béguines, en D. Th.. C.). Tuvieron concomitancias con los frailes menores franciscanos heterodoxos (fraticelli) que se apartaron de los ortodoxos espirituales. Aparecieron en tiempos del papa Nicolás III, cayeron en desgracia con Bonifacio VIII y fueron condenados en 1316 por Juan XXII (costitución Gloriosam Ecclesiam, Denzinger 484-490). Su doctrina fue descrita en dicha constitución apostólica como rebelión contra la autoridad de la Iglesia, en la cual veían dos formas: una petrina, carnal, corrompida y rica encabezada por el Papa, y otra joánica, espiritua, pura y pobre de la que formaban parte los fraticelli y sus seguidores. El matrimonio era intrínsecamente maligno, y el fin del mundo inminente. A pesar de ello, se entregaban a la sensualidad y negaban el derecho a la propiedad privada, tendiendo a una forma de comunismo ante litteram (cf. F. Vernet, voz Fraticelles, en D. Th. C.).
4 El americanismo nació a fines del siglo XIX por obra de un sacerdote estadounidense llamado P. Hecker, el cual, conocedor del carácter exuberante y ávido de total libertad de sus compatriotas, insensible a la metafísica y amante del pragmatismo, a quien la riqueza había llevado a cierto hedonismo ascético o naturalismo al menos práctico, había intentado adaptar o actualizar la religión católica conciliándola con el espíritu de la filosofía pragmática norteamericana. En su carta al cardenal Gibbons titulada Testem benevolentiae (1889), León XIII condenó la posibilidad de adaptar o actualizar (aggiornamento) la doctrina católica para conformarla a las exigencias de la filosofía y la civilización moderna, sacrificando la metafísica clásica y escolástica, atenuando el esfuerzo ascético y orientándose hacia el democraticismo. Desde el punto de vista espiritual, el americanismo devalúa ls virtudes infusas y escondidas en favor de las virtudes activas y naturales (acción, organización, pastoral, asociacionismo, activismo). El Papa ha recalcado la primacía de la contemplación (a la que se llega tras el esfuerzo ascético) sobre la acción y el activismo (herejía de la acción); igualmente, ha advertido del peligro de arruinarse moralmente olvidando la vida interior y lanzándose al activismo natural y vehemente, antesala del pecado mortal y la condenación eterna. 5 Cfr. P. DUDON, Le Quiétiste espagnol Michel Molinos, París, 1921.
6 Cf. E. Zoffoli, Verità sul cammino neocatecumenale. Testimonianze e documenti, Udine, Il Segno, 1996.
7 Cf. F. Spadafora, Pentecostali e Testimoni di Geova, Rovigo, Istituto Padano Arti Grafiche, 1980.
8 Cf. M. Eliade (coordinador), Enciclopedia delle religioni, vol. 13, Religioni dell’Estremo Oriente, Milán-Roma, Jaca Book-Città Nuova, 2007.
9 Cf. M. Aniol, Può un cristiano pregare utilizzando i “metodi orientali” di concentrazione?, Pessano (MI), Mimep-Docete, 1990.
10 Cf. J. M. de la Croix, La Religione e le religioni, Pessano (MI), Mimep-Docete, 1990. Sobre el hinduismo, véase M. Quéguiner, Introduzione all’induismo, Milán, EMI, 1984; M. Eliade (coordinador), Enciclopedia delle Religioni, vol. 9, Induismo, Milán-Roma, Jaca Book-Città Nuova, 2006; G. Filoramo, (coordinador), La grande storia delle religioni, vol. 5, Induismo. Spiritualità e tradizione sulle rive del Gange, Bari, Laterza, 2005. Sobre el budismo, véase M. Zago, Buddismo e Cristianesimo in dialogo, Roma, Città Nuova, 1985; M. Eliade (coordinador) Enciclopedia delle religioni, vol. 10, Il Buddhismo, Milán-Roma, Jaca Book-Città Nuova, 2006; H. de Lubac, Buddismo e occidente, Milán, Jaca Book, 1987; G. Filoramo (coordinador), La grande storia delle religioni, vol. 4, Buddismo. Religioni dell’Estremo Oriente, Bari, Laterza, 2005.
11 Ojo con confundir infinito con indeterminado. No finito significa que no tiene limites ni condición de criatura. El límite o creaturalidad es una imperfección del hombre en cuanto criatura Sólo el Infinito, que no tiene límites ni es creado, es perfecto y es Dios. En cambio, determinado significa actuado. Ahora bien, acto supone perfección con respecto a potencia, mientras que indeterminación significa potencialidad e imperfección. Por eso, Dios es infinito y determinadísimo o acto puro, libre de toda potencialidad e indeterminación. Por el contrario indeterminado es aquello que no tiene acto, perfección. De ahí que indeterminado e infinito sean conceptos opuestos, como Dios, Ser Creador, y ente, creado, limitado y finito.
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)




























