La vocación de los pueblos se identifica con la de sus santos. Y los primeros santos de un pueblo ayudan a entender su identidad. De ahí la pregunta: ¿cuál fue el primer santo estadounidense? Pregunta que, no obstante, carece de una respuesta unívoca .
Si nos fijamos en la totalidad del continente americano, la primera figura fue sin lugar a dudas Santa Rosa de Lima (1586-1617). Nacida en la capital del Virreinato del Perú con el nombre de Isabel Pérez de Oliva, fue la primera persona canonizada de América, por Clemente X en 1671. Terciaria dominica y alma penitente de intensa vida contemplativa, Rosa encarnó el florecimiento espiritual de la América española. Su canonización demostró que el Nuevo Mundo era una tierra capaz de generar santidad plenamente reconocida por la Santa Sede.
Ahora bien, si nos fijamos en los EE.UU., la respuesta cambia. Durante mucho tiempo el título de primer santo estadounidense se le aplicó a Santa Francisca Javier Cabrini (1850–1917), natural de Sant’Angelo Lodigiano (Lombardía). Llegó como misionera a Nueva York en 1889, y no abandonó el país hasta que murió. Se dedicó a la asistencia a los inmigrantes, y fundó escuelas, hospitales, orfanatos y conventos en un país cada vez más caracterizado por la pobreza urbana y por oleadas de anticatolicismo. Adquirió la ciudadanía estadounidense, por lo que fue la primera santa de su país. En las palabras que pronunció Pío XII en la ceremonia de canonización el 22 de diciembre de 1946, afirmó: «Falleció en las llanuras de Illinois, cerca de Chicago, el 22 de diciembre de 1917, en vísperas de Navidad, con esa muerte tranquila y serena sin espasmos agónicos con la que de vez en cuando una repentina invitación del Cielo lleva a cambiar a los santos la tierra de exilio por la beatitud del premio».
Pero la primera santa nacida en los EE.UU. proclamada como tal por la Iglesia fue Elizabeth Ann Seton (1774–1821), que canonizada por Pablo VI en 1975. Nació en una familia episcopaliana de Nueva York, fue esposa y madre y enviudó siendo aún joven. Tras una estancia en Livorno (Italia), que transformó su vida llegó a la religión católica. La conversión le costó el ostracismo y tuvo que afrontar grandes problemas, pero le abrió un nuevo sendero: en Maryland fundó la orden de las Hermanas de la Caridad de San José, primera congregación religiosa femenina de Estados Unidos. Con ella, la santidad adquiere una fisonomía típicamente estadounidense: el de la laica madre, educadora y fundadora metida de lleno en las necesidades concretas de la joven república.
Por su parte, San Juan Neumann (1811-1860) es el primer prelado canonizado del país de las barras y las estrellas. Natural de Bohemia, emigró a los EE.UU. y llegó a ser obispo de Filadelfia y organizó en su diócesis una amplia red de obras educativas para proteger la fe de las familias católicas en un ambiente de mayoría protestante.
Un poco antes que él, la francesa Santa Rosa Filipina Duchesne (1769-1852), religiosa de la Sociedad del Sagrado Corazón, cruzó el charco para evangelizar. Soñaba con misionar entre los indios. Después de años de fatigas, pobreza e incomprensiones, vivió entre los potawatomi y se convirtió en símbolo de la dimensión misionera católica en EE.UU. Fue canonizada en 1988. Habría que añadirle a su compatriota Santa Teodora Guérin (1798-1856), misionera de las Hermanas de la Providencia.
La geografía de la santidad en dicho país se extiende hasta el Océano Pacífico con San Damián de Veuster y Santa Mariana Cope, cuyos nombres están ligados a la tragedia de los leprosos de la isla de Molokai en el archipiélago de Hawai. Damián, misionero belga, compartió la vida con los enfermos y terminó contrayendo la lepra. Mariana Cope, alemana de nacimiento y criada en EE.UU., continuó su obra con extraordinaria caridad.
La santidad estadounidense no se limitó a santos europeos trasladados al Nuevo Mundo. Con Santa Catalina María Drexel (1858-1955), heredera de una pudiente familia de Filadelfia, aparece una figura muy típica de su país: una mujer perteneciente a la élite económica que consagra su patrimonio y su vida a la educación de los indios. León XIII la recibió en audiencia, y ella le pidió que enviase misioneros a su país, pero el Papa le respondió: «¿Y por qué no va usted misma de misionera?» Catalina fundó las Hermanas del Santísimo Sacramento y empleó sus bienes económicos en el apostolado con los indios y los negros.
Una de las figuras más destacadas de la santidad en EE.UU. fue precisamente el primero de raza negra de su país en ser elevado a los altares. Se trata de Pierre Toussaint (1766-1853), católico de Nueva York que había nacido en Haití en 1766 esclavo de una familia de nobles católicos franceses que lo educó en la Fe y, en vista de su inteligencia, lo animó a leer y escribir. En 1787, a raíz de revueltas revolucionarias originadas en Francia, se trasladó a Nueva York, que por aquel entonces era una pequeña localidad con escasos católicos. Allí, su amo lo mandó a aprender el oficio de peluquero, en el cual llegó a tener una gran habilidad. Cuando su amo regresó a Haití para recuperar sus bienes, descubrió que lo había perdido todo y falleció repentinamente. Su viuda quedó desprovista de medios de subsistencia. Entonces Pierre se convirtió en la mano de la Providencia. El joven esclavo peluquero tuvo mucho éxito trabajando como estilista para alta sociedad neoyorquina. Ganó mucho dinero, y aprovechó sus ingresos para mantener la familia de su ama sin buscar en ello la propia libertad. Al contrario, compró la libertad para otros esclavos, entre los que se contaba su hermana Rosalie. Su jornada era durísima: misa al amanecer, compras en el mercado y largas horas de trabajo con sus clientes. No sólo llegó a destacar por su capacidad profesional, sino por la sagacidad de los consejos que daba a católicos y no católicos que se los pedían. El ama lo liberó poco antes de morir, insistiendo en firmar personalmente el acta de emancipación. Pierre Toussaint falleció en 1853 a la edad de 87 años. Sus restos descansan en la catedral de San Patricio de Nueva York, y en 1996 la Iglesia lo declaró venerable.
La santidad estadounidense no es cosa de una sola figura. Es una historia de frontera, emigraciones e identidades múltiples, con la riqueza, complejidad e identidad del pueblo de EE.UU.
Para concluir, no olvidemos que desde 1846 la patrona de los Estados Unidos es la bienaventurada Virgen María bajo la advocación de la Inmaculada Concepción, y la de toda América es Nuestra Señora de Guadalupe, patronazgo que le concedió Pío XII en 1946.




























