Permitiendo legítimas diferencias de opinión, vamos a exponer los claros límites entre la fe cristiana en la creación y la cuasirreligión materialista
La Iglesia Católica nunca ha dado su sello de aprobación oficial a la teoría de la evolución, y tampoco podría aprobar jamás el neodarwinismo, que entiende a todo ser viviente, el hombre incluido, como fruto de interacciones de la materia que se rigen por inevitables leyes de la naturaleza. No hay razones que validen la armonía entre las enseñanzas de la Iglesia y las premisas no teístas de la generalizada teoría de la evolución. Todo lo contrario: esta última no es otra cosa que ideología que se hace pasar por ciencia.
Aunque es frecuente citar a Juan Pablo II y a Benedicto XVI como partidarios del evolucionismo, en realidad tenían un concepto mucho más limitado de éste que la mayoría de los científicos. Y, en todo caso, siempre tomaron la precaución de distanciarse del naturalismo y el materialismo que son parte integral de la mentalidad evolucionista en todas las principales instituciones que la promueven. El pontífice polaco afirmó que es evidente que la verdad de fe sobre la creación se opone radicalmente a las teorías de la filosofía materialista, que entienden el cosmos como resultado de una evolución de la materia que se puede reducir a puro azar y necesidad.
En esta serie de tres artículos examinaremos tres cuestiones:
Para empezar, voy a resumir hoy la enseñanza de la divina Revelación sobre la misión de Dios en el mundo natural, ya que para los creyentes la primera y eterna fuente de verdad –y más en cuestiones dudosas y difíciles– es Dios, no nuestros endebles y falibles recursos.
En segundo lugar, hablaremos del concepto de azar, que suele ser invocado como el principio por el se rige la evolución, y demostraremos que el azar en sí no puede explicar nada y carece de sentido para establecer una relación entre inteligencia y finalidad.
Por último, traeré a colación el testimonio de algunos grandes pensadores de la Tradición cristiana.

Dios crea los animales terrestres (Francisco Villamena, 1626)
El testimonio del Génesis
Si bien es cierto que algunas creencias evolucionistas pueden refutarse mediante el razonamiento y con argumentos científicos, los creyentes tenemos también el deber de reconocer con claridad los límites que nos ha impuesto Dios desde arriba con la Revelación. No hablamos de fe ciega, sino de respeto al Dios de la razón, la infinita luz de la Verdad de donde procede la chispa de la inteligencia humana.
Las Sagradas Escrituras dan un testimonio inequívoco de que es posible descubrir la existencia de Dios, su sabiduría y capacidad creadora por medio de sus obras. La Biblia expresa de un modo magnífico hasta qué punto podemos y debemos conocer a Dios mediante una atenta consideración del mundo que ha creado. Algunos científicos católicos, como el P. George Coyne o Kenneth Miller, que no alcanzan a entender la relación metafísica entre Dios y la creación y, apoyados en su imaginación, ven a esta última como algo que no tiene nada que ver con Dios, se desarrolla por sí solo y va por su cuenta y a su manera como algo que simplemente se ajusta al plan (¿o a las expectativas?) de Dios. Tienen una perspectiva que choca de frente con la divina Revelación. Para ellos, Dios mismo es otra cosa que existe junto con el universo y tiene tanto que ver con él como un rey secular con un reino sobre el que no tendría más que un poder limitado y extrínseco. Un dios así es un ídolo, no el verdadero Dios vivo que está más cerca de las cosas que las propias cosas.
El relato de la Creación en los dos primeros capítulos del Génesis nos enseña que Dios, único autor del mundo, ha dejado su firma en ella en lo que se refiere a: 1) su bondad (la bondad de cada cosa y la bondad del todo); 2) belleza y orden; 3) utilidad para el hombre; 4) y el hombre en cuanto imagen de Dios, por ser un ser racional, libre y capaz de engendrar a otras personas.
Eso sí, el Génesis no hace reflexiones filosóficas sobre esa firma. Al describir el acto de la Creación y su consecuencia –un magnífico paraíso bien abastecido de aves, peces, bestias y otros animales, como reptiles e insectos, un verdadero reino sobre el que el hombre y la mujer reinan sobre la paz de una naturaleza integrada– lo que hace es demostrar que Dios ha derramado en abundancia su bondad, que su naturaleza es un reflejo, del mismo modo que una montaña se refleja sobre un lago de aguas cristalinas. Los relatos de la Creación nos dicen que independientemente de la manera en que Dios haya creado el mundo –no hemos asistido a su formación, sino al resultado y, de un modo general, a su finalidad, que es manifestar la gloria de Dios–, su fuente única y primaria no es otra que Él y su generoso amor.
Esto excluye toda idea de un proceso librado al azar que pudiera haber resultado en el cosmos que conocemos o en algún otro. Dios planificó en detalle el cosmos que Él quería. Es un artista que concibió la obra que iba a realizar, y la realizó bien, con vistas a conducir al hombre a unirse con Él. No es un pintamonas como Jackson Pollock, que pinta salpicando un lienzo con borrones de pintura, a ver qué sale.

Jackson Pollock. Obra sin título
El testimonio de los Salmos
Muchos Salmos participan de la perspectiva cosmológica del Génesis. Me vienen a la memoria las resonantes afirmaciones del 148: «Él lo mandó, y fueron creados. Él los estableció para siempre y por los siglos; dio un decreto que no será transgredido» (Sal. 148, 5–6). Una vez más, el autor sagrado no intenta describir como lo haría un científico las secuencias y procesos por los que las estrellas (del cielo o del mar) aparecieron en un mundo naciente. Lo que sí hizo el Señor fue dar la orden, y sucedió según ordenó, de tal forma que quedaron firmemente fijados unos límites. Se produjeron cosas concretas; es lo que quería el Todopoderoso.
La Biblia pone de manifiesto que el Omnipotente no es igualitarista en cuanto a las especies: los relatos del Génesis destacan al hombre y la mujer como cumbre de la creación visible, estando todo lo demás al servicio de ellos. En general, las criaturas inferiores están al servicio de las superiores: las plantas sirven de alimento a los animales, y más tarde, después del Diluvio, los animales sirvieron de alimento al hombre (ahora bien, esta relación de medios para un fin es de por sí sutil. El libro de la Sabiduría entiende al parecer el universo visible como algo diseñado principalmente para manifestar la belleza de Dios al hombre, y sólo de un modo secundario para atender a las necesidades y deseos de la vida humana. El Salmo 8 recoge ambos aspectos).
El Salmo 103, poema ampliamente citado en la liturgia, ensalza las maravillas de la Creación. Tres versos sintetizan esa perspectiva:
«Produces el heno para los ganados, y las plantas que sirven al hombre, para que saque pan de la tierra, y vino que alegre el corazón del hombre; para que el aceite dé brillo a su rostro y el pan vigorice su corazón (…) ¡Cuán variadas son tus obras, oh Yahvé! Todo lo hiciste con sabiduría; llena está la tierra de tus riquezas».
Las Sagradas Escrituras rebosan de expresiones semejantes de alegría y admiración por la obra de las manos de Dios, cantos de alabanza al Creador que reina sobre todos y cuya labor artesana es visible en todas partes, si bien Él permanece invisible porque es Espíritu infinito, en todo y aun así por encima de todo.
El Salmo 18 nos presenta al firmamento como un predicador del señorío creador divino: «Los cielos atestiguan la gloria de Dios; y el firmamento predica las obras que Él ha hecho. Cada día transmite
al siguiente este mensaje, y una noche lo hace conocer a la otra». Todo, no sólo los seres humanos, está supeditado a la Divina Providencia, «quien fija el número de las estrellas, y a cada una llama por su nombre» (Sal.146,4).
El 32 da fe tanto de la manera en que actúa el Señor –mediante intelecto y voluntad, concibiendo y ejecutando sus designios– como del alcance de su obra: se lo muestra como autor del ser, de la sustancia y naturaleza misma de las cosas. Aunque ello no excluya un periodo largo de tiempo a lo largo del cual Dios pueda introducir distinciones en su creación, ni otros medios subordinados de los que se pueda valer para llevar a cabo sus designios, salta a la vista que aquí la doctrina excluye el mero azar: «Por la Palabra de Yahvé fueron hechos los cielos, y todo su ornato por el soplo de su boca (…) Porque Él habló y quedaron hechos; mandó, y tuvieron ser».
No vendría mal hacer una pausa para preguntarnos por qué no podemos interpretar las Escrituras en un sentido metafórico en pasajes así, dejando abierta la posibilidad de que en realidad todo se formó de una forma caótica y desordenada como afirman los científicos seculares. Un principio fundamental de la interpretación de las Escrituras aceptado por todos los católicos tradicionalistas es que, independientemente de cómo queramos explicar lo que claramente son metáforas en la Biblia (por ejemplo: el brazo de Dios = su fortaleza; los ojos de Dios = su conocimiento), nunca podremos contradecir un pasaje de sentido evidente, o sea la intención del autor al emplear un lenguaje determinado.
Así pues, al decir «habló, y quedaron hechos» o «todas las cosas fueron hechas por el Verbo», las Escrituras atribuyen claramente a Dios una causalidad inteligente, libre, primaria e inevitable que permite compararla con la obra de un artesano, aunque no se revele la manera en que su discurso creador produjo resultados visibles e invisibles. A priori, esas afirmaciones no excluyen un relato en el que la mente de Dios no sea origen de todo ser y perfección de ser; da igual, una vez más, cómo les infunda existencia con su palabra. Ello obedece a que palabras como hablar, palabra y otras por el estilo no son un plástico que se pueda moldear dándole la forma que se quiera. Su sentido central es totalmente incompatible con la imagen de un mundo que tiene más de balbuceo carente de sentido que de expresión inequívoca.

Naturaleza muerta con limones, naranjas y una rosa (Zurbarán). El género pictórico del bodegón es una demostración de los logoi que gobiernan todas las cosas.
Otros testimonios de las Escrituras
En el capítulo inicial de la Epístola de San Pablo a los Romanos podemos leer:
«Lo que es dable conocer de Dios está manifiesto en ellos, ya que Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Él, su eterno poder y su divinidad, se hacen notorios desde la creación del mundo, siendo percibidos por sus obras, de manera que no tienen excusa; por cuanto conocieron a Dios y no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su insensato corazón fue oscurecido» (Rm.1,19-21).
Seguidamente San Pablo hace responsable a a la humanidad pecadora de la espiral de pecados que tuvo origen en ese olvido de la naturaleza divina: en primer lugar la idolatría (vv. 22–23), a continuación la lujuria y la impureza, y la deshonra del cuerpo en castigo por servir a la criatura en lugar de al Creador (vv. 24–25), después los actos homosexuales sean entre mujeres o entre hombres (vv. 26–27), y por último bajeza de ideas y toda clase de malicia (vv. 28–31). Es una escalofriante descripción de lo que le pasa al hombre cuando se desconecta de la gracia; y también por haberse separado de los destellos de lumbre divina que es capaz de percibir la mente humana cuando presta fiel atención al mundo real.
Un texto complementario sobre la manifestación de la sabiduría divina por medio de la belleza y orden de las criaturas lo encontramos en el capítulo 13 del libro de la Sabiduría. Las enseñanzas este capítulo del libro sapiencial resultan mucho más llamativas al contrastarlas con la mentalidad materialista actual y sus justificaciones pseudocientíficas:
«Vanidad son ciertamente todos los hombres en quienes no se halla la ciencia de Dios, y que por los bienes visibles no llegaron a conocer a Aquel que es; ni considerando las obras, reconocieron al artífice de ellas; sino que se figuraron ser el fuego, o el viento, o el aire ligero o las constelaciones de los astros, o la gran mole de las aguas, o el sol y la luna los dioses gobernadores del mundo. Y si encantados de la belleza de tales cosas las imaginaron dioses, debieron conocer cuánto más hermoso es el dueño de ellas; pues el que creó todas estas cosas es el autor de la hermosura. O si se maravillaron de la virtud e influencia de estas creaturas, entender debían por ellas que Aquel que las creó, las sobrepuja en poder. Pues de la grandeza y hermosura de las creaturas, se puede a las claras venir al conocimiento de su Creador. Mas los tales son menos reprensibles; porque yerran tal vez buscando a Dios y esforzándose por encontrarle, por cuanto le buscan discurriendo sobre sus obras, de las cuales quedan como encantados por la belleza que ven en ellas; aunque ni tampoco a éstos se les debe perdonar. Porque si pudieron llegar por su sabiduría a conocer el mundo, ¿cómo no echaron de ver más fácilmente al Señor del mismo?» (Sab.13,1-9.)
Se trata de una confesión de confianza en la razón y la inteligibilidad de la Creación, que es un tema recurrente en la teología católica. Es paradójico que en los tiempos actuales sea el catolicismo el que se encuentre en la curiosa posición de tener que defender la capacidad de la razón para entender la realidad, y entenderla como un todo ordenado que requiere una fuente trascendente de orden, no sólo para entrar en existencia sino para que cada parte sin excepción siga existiendo mientras tenga ser. En cuanto a este punto se podría estar de acuerdo con la manida afirmación de Stanley Jaki de que, entendida en el sentido moderno de la palabra, la ciencia no podía surgir sino en un contexto judeocristiano, ya que exige una firme y confiada fe en la inteligibilidad del cosmos, en que éste está sujeto a ciertas reglas y a que tiene un sentido último. Requiere una epistemología realista.
Me gustaría finalizar este repaso a los fundamentos escriturísticos señalando otro pasaje: el conocido himno del libro de Daniel llamado Benedicte, en el que, en un estilo que posiblemente inspirase los cánticos de San Francisco de Asís, toda la Creación de Dios es convocada para «alabarle y ensalzarle por los siglos» (V. Dan.3, 52–90; cf. Sal. 148).
Es de uso frecuente entre los sacerdotes, religiosos y seglares que rezan el Oficio Divino. ¿Se aprecia siempre su sentido? Dice claramente que todas las criaturas, siendo lo que son, se convierten en una suerte de ofrecimiento de alabanza a Dios cuando el hombre, contemplando la sabiduría y bondad de Dios expresada en ellas, se dirige a Dios para alabarlo. Sean cuales sean las causas segundas que participen en el cumplimento del plan eterno de Dios, Él es la causa primera de todo, y así, como causa inteligente y libre, las conoce, las planifica (es decir, concibe su plan) y quiere que sean tal como Él las conoce. Independientemente de cualquier otra causa que intervenga, todo está supeditado al plan por Él previsto, por lo cual tampoco actúan por azar, sino conforme a un designio. Todo lo que se deba al azar es, de suyo, no intencionado; y lo que no es intencionado no suscita elogio de nadie.
¿Qué conclusión podemos sacar, releyendo estos textos de las Escrituras, en particular el capítulo 13 del libro de la Sabiduría? En primer lugar, es un hecho revelado que para quien se esfuerce suficientemente –a propósito, esto me parece importante; hablamos de una cuestión moral: ¿queremos saber de Dios, o preferimos prescindir totalmente de Él?– La existencia de Dios, su sabiduría, su amor, su capacidad creadora se pueden vislumbrar en lo que ha creado, en la obra de sus manos. Las Escrituras enseñan claramente que a) Dios ya tenía (y tiene) pensado todo lo que hay en el universo creado; b) por eso, vela por sus criaturas conforme a las necesidades y merecimientos de éstas, hasta por el menor de los pajarillos, y provee para dichas necesidades; y c) que en todo lo que Dios quiere o permite que ocurra hay una finalidad por muy oculta que nos sea, y esa finalidad tiene que ver con la salvación de los elegidos y contribuye a ella (Rom. 8,28).

Portada del Evangeliario de Lindau (c. 875 a.C.). Nuestros antepasados decoraban sus biblias con tanto primor porque creían que verdaderamente eran las palabras de Dios para el hombre. Más ejemplos aquí.
Para el católico, la Escritura es inerrante
Sorprende la frecuencia con que hoy en día se compara a católicos con protestantes de la siguiente manera: «Los protestantes creen que la Biblia es la Palabra literal de Dios, que está inspirada y libre de errores, mientras que para los católicos es un medio del que Dios se vale para enseñarnos, pero sólo es inerrante en lo que respecta a doctrinas de fe y moral».
Es una mala descripción de la doctrina católica, como se puede comprobar con una lectura detenida de documentos clave (y no me refiero sólo a Providentissimus Deus de León XIII, por supuesto, sino también a Divino Afflante Spiritu de Pío XII y a la constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II). La propia Iglesia Católica enseña que, en su conjunto y en todas sus partes, las Escrituras tienen a Dios como autor primario y a los hombres como autores secundarios, instrumentos inteligentes de los que se sirve para transmitir un mensaje que, debidamente entendido, es siempre la pura verdad.
De ahí que no pueda haber errores de hecho que un autor secundario no sólo entendiese como ciertos –pues la Biblia recoge muchas opiniones falsas–, sino que, como instrumento de Dios, tuviera la finalidad de comunicar como si fueran ciertas. La Escritura es cierta en su conjunto y en todas sus partes, precisamente conforme al sentido que sus autores (primario y secundarios) les quisieron dar (una vez publiqué un artículo en OnePeterFive, The Inspiration and Inerrancy of Sacred Scripture que explicaba más detalladamente este punto, por si alguien está interesado en profundizar).
Por consiguiente, los católicos aceptamos el sentido literal de cada pasaje de la Biblia, pero no conforme a un concepto superficial de lo que significa la palabra literal, sino con el matiz de lo que la letra –o sea, el sentido que le ha querido dar el autor– significa en realidad en este o aquel pasaje (V. CIC, nº 105–119).
La mejor explicación de la doctrina católica sobre las Escrituras se puede encontrar en el libro de Thomas Crean Letters From That City: A Guide to Holy Scripture for Students of Theology. Recomiendo encarecidamente ese texto; es muy contundente.
En la próxima entrega hablaremos del azar y de lo que este puede –y lo que es más importante, no puede– explicar.
¡Gracias por su atención, y que Dios los bendiga!




























