Objeciones del padre Fessio a las acólitas y lectoras

Reproducción de un texto clásico prácticamente inencontrable

Prefacio

El P. Joseph Fessio SJ no necesita presentación. Es más conocido por haber fundado la editorial Ignatius Press, pero en el sínodo de obispos de 1987 desempeñó un importante papel del que pocos católicos tienen conocimiento hoy en día. Fue uno de los veinte expertos nombrados por Juan Pablo II para dicho sínodo, en el cual se habló entre otros temas de los ministerios laicos, y que dio lugar a la exhortación apostólica Christifideles laici, en la que tuvo bastante eco su crítica de la clericalización de los fieles laicos.

En un folleto que distribuyó entre los asistentes, el P. Fessio expuso a grandes rasgos sus argumentos contra la autorización a mujeres para ejercer ministerios litúrgicos como el de acólito y lector. Parecer ser que se publicó en Origins 17/32 el 21 de enero de 1988, pero lo descubrí en un boletín bastante desconocido de la Fundación San José, del cual lo he escaneado, y lo reproduzco a continuación. En aquel tiempo el padre Fessio era miembro de la comisión asesora nacional de dicha fundación.

A pesar de la lógica y contundencia de los argumentos del padre Fessio, y de que parece lo bastante convincente como para que en el sínodo se lo pensaran dos veces, tanto él como los otros partidarios de la postura tradicional perdieron la batalla. Fue una vergüenza, Juan Pablo II cedió en la cuestión de las acólitas (de la misma manera que Pablo VI ya lo había hecho con las lectoras suplentes), y Francisco añadió otra ruptura al decretar que se podía designar acólitas y lectoras a las mujeres. Nada tiene que ver semejante tontería con las órdenes menores tradicionales ni con el subdiaconado, que son parte de la Tradición inmemorial de la Iglesia y siguen en uso en los institutos de vida apostólica tradicional y las comunidades religiosas. Mi libro Ministers of Christ explica y defiende las órdenes menores y refuta las novedades feministas.

Y ahora, sin más preámbulos, aquí tienen el excelente texto del padre Fessio de 1987. Ojalá goce de amplia difusión,

P. A. Kwasniewski

I. Introducción

Los debates sobre la posible admisión de mujeres a ministerios no estables de acólito y lector, así como de permitir que ayuden a Misa como los monaguillos, siempre han dado la impresión de que los motivos para no permitirlo son de índole cultural, pastoral o psicológica. En concreto, hay quienes han afirmado que no existen razones intrínsecas teológicas o doctrinales para impedirlo.

El objeto de este breve escrito es exponer en líneas generales algunos de los principales elementos

filosóficos y teológicos que muchos teólogos consideran relacionados con el tema. Desde luego, hay a priori una postura favorable a tales argumentos teológicos, pues no es muy razonable que una tradición continua de dos mil años en la Iglesia Católica a lo largo de todos los tiempos se asiente sobre unas bases puramente contingentes o que respondan a meros condicionamientos culturales. El presente estudio no pretende ser completo ni detallado, ni tampoco persuadir. Para ello haría falta un ámbito mucho más amplio que el breve esquema de elementos filosóficos y teológicos que voy a presentar. Es más, lo limitado de tales elementos no olvida ni niega los muchísimos argumentos sólidos que se pueden argüir a partir de perspectivas culturales, pastorales y psicológicas. La intención es, por el contrario, señalar que lo que en apariencia puede ser una simple cuestión de disciplina eclesiástica tiene que ver con principios derivados de la antropología filosófica, la doctrina trinitaria, la cristología y la eclesiología.

II. Fundamentos teológicos

A. La Trinidad

La fuente de todo ser creado es la increada Trinidad de Dios: un mismo Dios en tres personas radicalmente distintas. Este fundamento de toda realidad creada y de la Fe católica es un ser en el que se encuentra plena y completa unidad y una igual dignidad en la más plena diferenciación y diversidad, representada por la distinción entre tres Personas. Por consiguiente, debemos dar por sentado que la realidad creada, y más en los niveles cuya perfección los aproxima más a su divino origen, refleja dicha unidad en la diversidad, una misma dignidad dentro de una distinción radical.

B. La Encarnación

La doctrina de la Encarnación expresa la fe en que el Dios invisible y eterno se ha hecho presente e incluso se ha unido a lo visible y temporal. La unión hipostática de las naturalezas divina y humana en una Persona divina expresa una radical unión de lo espiritual con lo material, de lo increado con lo creado. Los elementos constituyentes de esta unión no se confunden, mezclan ni separan. La Encarnación es el medio que Dios ha dispuesto para impedir todo dualismo que divida lo espiritual de lo material, y de manera especial en la cumbre espiritual de la creación: el hombre.

C. Creación y gracia (redención)

El orden de la gracia es el orden de la vida divina, infinitamente superior al orden de la creación original de Dios, si bien aquel orden en sí no es sólo bueno sino muy bueno. Los católicos creemos que el orden de la Creación no fue destruido por el pecado original de Adán y Eva, ni tampoco por los pecados actuales del género humano. El Sacrifico de Cristo en la Cruz y su gloriosa resurrección han restituido al hombre el orden de la gracia.

Para que los hombres, con su naturaleza compuesta, entiendan la distinción entre los dos niveles de creación y de gracia es necesario que el orden de la gracia (y la redención) se les presenten de un modo simbólico. Desde tiempos inmemoriales, todos los pueblos han tenido lugares, momentos y personas que encarnen dicha representación simbólica. El carácter de sagrado, es decir, de apartado, no separa el momento, el lugar ni la persona del orden creado. En realidad hace presente simbólicamente en el orden creado el invisible pero infinitamente sublime orden de la gracia divina o del propio Dios. La separación es símbolo de la otredad de Dios.

Nuestra Fe católica impone esta distinción entre gracia y creación. La naturaleza humana exige que se exprese simbólicamente mediante ocasiones, lugares y personas sagrados. Pero en Jesucristo esa representación simbólica se eleva a tal nivel de realidad que es el misterio central del cristinanismo: la naturaleza humana creada se ha unido hipostáticamente a la natura divina de Jesucristo. La creación no es mero símbolo de lo divino; en este caso, se ha divinizado.

D. Relación hombre-mujer

Al crear el mundo material, y al crear en concreto al hombre como varón y mujer, Dios tenía presentes a la vez su intención final de divinizar o elevar a la humanidad y la de salvar al hombre caído mediante la Encarnación. De ahí que, entre los numerosos sentidos de la distinción de los sexos, a lo largo de toda la Tradición de la Iglesia los santos y los teólogos han sido conscientes de la importancia simbólica o la función representativa del hombre y la mujer en su mismo ser.

La diferenciación sexual se manifiesta en lo que en biología se conoce como sistema reproductivo. Aunque esa diferencia abarca la totalidad de las células, su expresión más evidente y visible está en la diferenciación física entre hombre y mujer. Ahora bien, creer que dicha diferencia es puramente física o biológica sería caer en un dualismo metafísico. Gracias al principio de la Encarnación, en el que lo invisible está íntimamente ligado a lo espiritual y es su expresión, esas diferencias fisiológicas manifiestan una misteriosa pero profunda complementariedad entre hombre y mujer. A pesar de la dificultad de describir esa complementariedad en un lenguaje adecuado, se puede ver desde la perspectiva del acto sexual o marital, que se caracteriza por una igual dignidad y por participación igualmente activa pero diferente.

La mujer ejerce un papel activo al recibir lo que procede de fuera, del hombre, y nutrir en su seno la nueva vida que es fruto de su unión. Y el hombre es activo al pasar lo que tiene en su interior al cuerpo de la mujer. Por esa razón, aunque tanto el hombre como la mujer proceden del acto creador de Dios que contiene en grado eminente la totalidad de las perfecciones de sus criaturas, la mujer ha sido creada por Dios para representar lo que Él y la mujer no son: el Dios creador que infunde ser a la nada, que expresa su palabra a un vacío que la recibe. Habla, y la creación material es.

Esto no supone la menor diferencia en cuanto a dignidad entre el hombre y la mujer en tanto que criaturas de Dios. Pero es clara expresión de la diferencia de funciones dispuesta por Dios para que el compuesto humano, que no es capaz de vivir ni comunicarse sin símbolos materiales disponga de esta representación simbólica tomada de la más elevada de las criaturas de Dios en su forma adecuada de conocimiento de la realidad de Dios y su creación.

E. Mediación de María Iglesia

En el acto de la Redención, esta relación entre el Creador y la creación se eleva a una nueva dimensión . La nada de la que salió la creación expresa la perfección que se eleva al nivel de la personalidad en María, cuya virginidad y cuya nada expresan la perfección de la totalidad de la creación material elevada al nivel de lo personal. Dios pronuncia una segunda palabra –palabra de gracia y redención–, y en esta ocasión no habla a la nada ni al no ser, sino a un vacío personal, la receptividad de la Purísima Virgen. María, símbolo de toda la creación, se convierte en ese momento en símbolo de la Iglesia como Esposa de Cristo. Dios se hace hombre, y en concreto varón. Y no es una decisión arbitraria; se debe a que Dios ha creado así el mundo real y simbólico de hombres y mujeres precisamente para servirse de un lenguaje en que pueda comunicarse con nosotros. Así pues, el Cristo varón representa y es la Presencia de Dios Padre (cuya perfecta imagen es) en medio de la creación material, y la Iglesia maternal, que es María.

III. Aplicación

Con el sacramento de las órdenes sagradas, valiéndose como instrumentos de aquellos a quienes ha autorizado a hablar en nombre de su Hijo, Dios confiere a los ministros sagrados autoridad para actuar en nombre de Cristo y para ejercer como representante en determinados sacramentos del único mediador, que es Cristo. Si bien la totalidad de la Iglesia es femenina y maternal, el clero es por naturaleza masculino y paternal. Porque el obispo y el sacerdote (y por participación, el diácono) no sólo representan a Cristo, sino que hacen las veces de Cristo en el sacrificio eucarístico del sacramento y la palabra, y solamente el sexo masculino puede representar debidamente en los sacramentos al Cristo varón que representa a Dios ante la creación y al esposo ante su esposa la Iglesia.

La Iglesia sólo se convierte en cuerpo de Cristo en el misterio de los dos que se hacen una sola carne, por lo que la que era al principio novia, al desposarse con el novio se convierte en un cuerpo con cabeza.

La Eucaristía, centro y culmen de los sacramentos, requiere un espacio sagrado, un momento sagrado y una persona sagrada, que a la vez separen el orden de la gracia y la redención del de la creación, y hagan efectivamente presente a la persona de Cristo en la palabra y el sacramento. Por esa razón, muchos teólogos (Lubac, Von Balthasar, Bouyer) sostienen, coincidiendo con una larga e ininterrumpida tradición, que está terminante prohibido que las mujeres reciban el sacramento del Orden.

¿Se aplica también alguno de estos principios teológicos y filosóficos a la posibilidad de que pueda conferirse a las mujeres el ministerio de acólita o lectora, o a que puedan ejercerlo? Veamos algunas razones que permiten responder afirmativamente:

El presbiterio, y en concreto el altar, son el espacio sagrado; la eucaristía, el acto sagrado y la celebración el momento sagrado. Y el sacerdote la persona sagrada que ocupa el centro más misterioso y profundo de toda la religión cristiana. El acólito participa en esta máxima santidad: lo más sagrado de los momentos, lugares y personas, porque ayuda de forma directa al sacerdote que actúa in persona Christi. Y lo hace de manera especial al preparar los dones del Sacrificio. Se podría decir que en dicha función de ayudante del sacerdote se convierte en las manos de éste. Por eso, aunque el sacramento no sería inválido en el caso de que acolitase una mujer, desentonaría enormemente con la propia naturaleza y carácter del orden de la gracia y la redención, la mediación del sacerdote y el simbolismo del hombre y la mujer. No sólo eso; quedaría opacada la función de la mujer, que en concreto es representar la creación y la Iglesia.

Aunque a lo largo de muchas épocas se ha tendido a acentuar la sacralidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, disminuyendo con ello el sentido de sacralidad propio de la Palabra de Dios, el Concilio y muchos autores contemporáneos han destacado una sacralidad igual de la Palabra de Dios en el Sacrificio eucarístico. Si esta revalorización de la Palabra sagrada se meditara hasta llegar a una conclusión, surgirían dudas sobre si sería apropiado que la mujer ejerciese ni siquiera la función de lectora.

IV. Conclusión

Como dije en la breve introducción, estas reflexiones filosóficas y teológicas no tienen por qué ser concluyentes ni persuasivas. Las expongo como simple prueba de que existen motivos intrínsecos o doctrinales para que no se permita a la mujer el ejercicio de los ministerios que están más relacionados con el Sacrificio del altar. Como mínimo, serían razones para tener cautela, pensárselo muy bien y someterlo a debate antes de introducir novedades que, aunque parezcan de minina importancia, pueden tener mucha. Sobre todo si pensamos que la industrializada sociedad occidental puede se muy insensible al carácter simbólico y representativo de la creación y a la distinción dispuesta por Dios entre las funciones complementarias del hombre y la mujer, además de que tiene un sentido muy reducido de lo sagrado. Por su predisposición a favor de la uniformidad, la impersonalidad, el anonimato y la igualdad, podría venir bien fijarse en iglesias más jóvenes, las de países en vías de desarrollo. No para tratarlas despectivamente como más primitivas o atrasadas, sino porque es posible que en ese sentido hayan mantenido un sentido mucho más profundo de lo sagrado y un sentido más agudo de cuál fue la intención del Creador al preparar la elevación a la gracia y enviar al Redentor.

Razones pastorales para que la mujer no sirva en el presbiterio

1. Existen una lógica relación y gradación de monaguillo a acólito y lector hasta llegar al sacerdocio. Si se permite que la mujer cumpla estas funciones, le puede infundir falsas esperanzas de llegar a ser sacerdote. Pero ni ahora ni nunca podrá recibir órdenes sagradas. Por tanto, sería injusto darle acceso al altar, pues sería fuente de frustración.

2. Las vocaciones al sacerdocio son numerosas entre los monaguillos. Si la Iglesia da luz verde a que haya monaguillas, muchos niños ya no querrán ayudar a misa. Las vocaciones disminuirán.

3. El acólito es símbolo del sacerdote ordenado. Si las niñas se ponen vestiduras sacerdotales, ellas mismas tendrán un problema de identidad, y causarán desconcierto entre los fieles que las vean con vestidura talar.

4. A pesar de lo que señala la disciplina de la Iglesia, son ya muchos los sacerdotes y obispos que permiten que niñas ayuden a misa. En algunos países es otra fase más de una estrategia programada: acarrear cambios mediante la contravención de la disciplina, para luego hacer campaña a los hechos consumados. Si el Papa cede en este aspecto, será inevitable que los fieles entiendan que ya se ha dado el primer paso hacia la ordenación de mujeres. Las feministas se pondrán más exigentes y pedirán más concesiones, y en la siguiente etapa vendrán otras infracciones a la disciplina. Estamos a tiempo de decir que no.

5. Permitir que haya monaguillas crea división entre los feligreses por la mala influencia que tendrá en la mayoría de las católicas que apoyan la doctrina de la Iglesia sobre el papel de la mujer y el del hombre.

6. Los católicos fieles y ortodoxos apoyaron al Papa en la defensa de la norma entonces predominante de no recibir la Comunión en la mano, y perdieron. De igual modo, apoyaban al Papa en cuanto a que sólo se debe comulgar bajo una especie, y también perdieron. Si el Papa cede con lasa monaguillas, será otra derrota para quienes deseen apoyar al Romano Pontífice y al Magisterio, y el resultado aumentará la desmoralización de los laicos y el clero.

7. La meta final a la que aspiran las feministas es eliminar toda diferenciación entre las funciones del hombre y de la mujer en base al sexo, sin excluir la maternidad ni el sacerdocio. Aspiran a una sociedad esencialmente asexuada. Quieren eliminar la idea de Dios como Padre, tanto en las Escrituras como en el Padrenuestro. Que se permitan monaguillas, acólitas y lectoras es parte de una estrategia de más alcance. De momento se conforman con las monaguillas. Si se acepta, con toda lógica las feministas lo verán como una muestra de debilidad por parte del Papa y de la Iglesia Católica, y como una concesión tras la que pedirán más. Por eso, el Sumo Pontífice debe rechazar las monaguillas, las acólitas y las lectoras.

8. Si los padres sinodales votan a favor de una proposición para admitir a la mujer en el servicio del altar, aunque se haga en secreto, será inevitable que se entere la prensa. Se pregonará a los cuatro vientos y se dará amplia publicidad a las expectativas de introducir cambios en la disciplina eclesiástica, lo cual pondrá bajo una enorme presión al Santo Padre, y le resultará más difícil mantener la dignidad y el exclusivo papel de la mujer en la Iglesia. Con ello, los padres sinodales crearían una situación parecida a la que tuvo que afrontar Pablo VI antes de publicar Humanae vitae.

Hasta aquí lo que escribió el P. Fessio en 1987. Me limitaré a señalar que en 2026, casi cuarenta años más tarde, podemos afirmar que se han hecho realidad todos los errores de los que nos previno el padre Fessio. A lo largo del tiempo el rito nuevo ha ido perdiendo cada vez más dignidad y solera, hasta que ha llegado un momento en el que a un observador imparcial le resultaría difícil decir que existe una continuidad de esencia entre la venerable tradición romana y lo que se ve en la mayoría de los templos católicos. Cuando vuelve algún retazo de tradición, suele aparecer desfigurado. Por ejemplo, hay misas en que se cantan el Kyrie y el Agnus Dei pero se ve a monaguillas en el presbiterio, o hay fieles que comulgan arrodillados pero el sacerdote celebra cara al pueblo en vez de ad Orientem, y muchas cosas por el estilo. Un revoltijo de incesantes novedades, fruto de décadas de opcionitis, presiones políticas, transigencias e iniciativas arbitrarias.

Los que llevamos mucho tiempo observando nos damos cuenta de que la reforma de la reforma no sólo está muerta como proyecto coherente, sino que «la única expresión del Rito Romano» (como lo llama Traditionis custodes) se parece a cualquier cosa menos al Rito Romano. Lo cierto es que la elocuente metáfora sexual del P. Fessio sólo encuentra materialización en la Misa Tradicional, El Rito Romano de ayer y del futuro, que nunca ha abandonado la sabia tradición de la Iglesia.

Peter Kwasniewski
Peter Kwasniewskihttps://www.peterkwasniewski.com
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado ocho libros, el último de ellos, John Henry Newman on Worship, Reverence, and Ritual (Os Justi, 2019).

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