León XIV en la Plaza de la Concordia

El viaje apostólico de León XIV a Francia entre el 25 y el 28 de este mes de septiembre ha sido objeto de una acogida tan multitudinaria que el propio Sumo Pontífice se ha sorprendido. Francia es ciertamente una de las naciones europeas en las que se manifiesta un secularismo más agresivo. En vísperas de la visita del Papa apareció un informe del European Centre for Law and Justice (ECLJ) titulado Souffrances et espérance de l’Église en France. El texto, redactado por Grégor Puppinck y Constance Avenel, documenta las intensas presiones del Estado laico en el ámbito de la Familia, la enseñanza, la asistencia sanitaria y la legislación sobre el tema de la bioética. A ello habría que añadir las agresiones de que han sido objeto templos, santuarios y fieles. El 4 de marzo de 2024 Francia se convirtió en el primer país en incluir el aborto en los derechos constitucionales, y el 19 de marzo del presente año publicó en la gaceta o boletín oficial del Estado una nueva ley que aprueba el suicidio asistido y la eutanasia. La reacción no ha faltado: cada vez se fundan más colegios católicos particulares y aumenta el número de bautizos, así como la participación de jóvenes en multitudinarias peregrinaciones como la de Chartres. En lo que va de año han tenido lugar 21.386 bautizos en Francia, un 20% más que el año anterior. De ellos, 8152 han sido de adolescentes, y 13.234 adultos en su mayoría jóvenes. «Como ustedes, estoy maravillado por el número de personas que hoy se acercan al umbral de la fe», ha afirmado el Papa en el encuentro en el Instituto Católico de París en la mañana del pasado día 26.

El momento culminante del viaje pontificio lo constituyó la Santa Misa celebrada en la Plaza de la Concordia, en el corazón de París, la tarde del día 26 ante una muchedumbre calculada en unas 800.000 almas. El acontecimiento resulta simbólico si se tiene en cuenta lo que la mencionada plaza significó en determinado momento histórico.

La Plaza de la Concordia, proyectada en 1755 por el arquitecto Ange-Jacques Gabriel, se llamaba originalmente de Luis XV, pero la Revolución Francesa cambió para siempre su nombre. La inmensa explanada se convirtió en el escenario principal de las ejecuciones jacobinas, y en 1792 pasó a llamarse Plaza de la Revolución. La guillotina transformó la pena capital en un espectáculo por el que la República hacía gala de su autoridad para eliminar a todos los enemigos del pueblo. El 21 de enero de 1793 fue decapitado allí Luis XVI. El 16 de octubre del mismo año la reina María Antonieta corría la misma suerte. Luis XVI no había cometido otro delito que ser rey. Lo que el tribunal revolucionario condenó a muerte no fue la persona del monarca, sino la institución que representaba. La plaza, que en un principio había tenido por objeto homenajear a la más antigua monarquía católica de Europa, se convirtió en escenario de su simbólica extinción. «El mero título de rey –proclamaba Robespierre– se acarrea sobre sí mismo el azote de la guerra contra la trastornada nación». Pero también Robespierre, después de Danton, fue guillotinado en la Concordia en 1794: la Revolución devoraba sin piedad a sus hijos.

En su alocución al consistorio Quare lacrymae del 17 de junio de 1793, Pío VI atribuyó a Luis XVI la gloria del martirio. Dijo: «¿Quién puede poner en duda que el Rey fue ejecutado por odio a la Fe y en ultraje a los dogmas católicos?» La causa del proceso y condena del soberano galo, explicó Pío VI en su discurso, fueron las ideologías impías de filósofos perversos: los corifeos de la Ilustración. Desde el comienzo de su pontificado, el Papa había expresado en la bula Inscrutabile Divinae del 25 de diciembre de 1775, dirigida al pueblo cristiano y a sus pastores, su angustia de ver que «hombres agitados y furiosos, como arrebatados por una incontenible manía de novedades, no vacilaban en atacar los cimientos mismos de la naturaleza racional, y hasta intentaban –como si fuera posible conseguirlo– destruirlos». El principal instrumento de la Revolución era el aluvión de libros inspirados por las ideas iluministas que habían invadido Francia desde el reinado de Luis XV. Por esa razón, Pío VI exhortó a los obispos franceses con estas palabras: «Quitad de entre vosotros el mal. O sea, intentad con gran energía y solicitud hacer desaparecer de entre vuestra grey esos libros emponzoñados».

La Ilustración fue una fase decisiva del proceso ideológico que en menos de cinco siglos llevó la Revolución humanista y protestante a la revolución comunista. Lenin escribió: «Sin duda habremos de hacer caso de lo que aconsejó un día Engels a los socialistas alemanes: traducir y divulgar entre las masas las publicaciones iluministas y ateas francesas del siglo XVIII» (Sulla religione, Edizioni Rinascita, Roma 1950, II ed., p. 17).

Pero si es verdad que la Revolución necesita renovar constantemente sus errores, una auténtica reacción católica no puede menos que seguir combatiendo dichos errores, que se han difundido por el mundo y han llegado a penetrar incluso hasta el interior de la Iglesia. El propio León XIV, al parecer, desconoce el significado histórico de la Ilustración, porque en su discurso del Palacio del Elíseo del pasado día 25 afirmó que «aportó al mundo auténticos logros; entre ellos, el reconocimiento de los “derechos humanos”». Y sin embargo, al día siguiente, antes de reunirse con la asamblea sinodal, el Romano Pontífice se detuvo a rezar ante la lápida que luce el lema Hic cediderunt (aquí cayeron). En ese lugar, en septiembre de 1792, unos 115 sacerdotes y prelados fueron martirizados por no querer renegar de su fidelidad a la sede petrina. Los verdugos de estos testigos de la Fe que más tarde fueron beatificados por la Iglesia estaban imbuidos de la ideología iluminista que aspiraba a arrancar las raíces cristianas de la sociedad. La fiesta de la Diosa Razón que se celebró en la catedral de Notre Dame el 10 de noviembre de 1793 supuso el apogeo de la descristianización auspiciada por la filosofía de las Luces. Por eso Pío XI, en el discurso que pronunció el 17 de octubre de 1926 con motivo de la beatificación de los mártires de la masacre de septiembre, recordó: «La alteración del orden público que a finales del siglo XVIII partió de Francia y lo arrasó todo, ya fuera sagrado o profano. No sólo desató su crueldad contra la monarquía y la nobleza, sino sobre todo contra la Iglesia y sus ministros. Unos hombres despiadados a más no poder se hicieron ilegalmente con el poder, enmascarando bajo una apariencia de filosofía el odio que los azuzaba contra la Iglesia, e intentaron con todas sus fuerzas borrar el nombre del cristianismo».

León XIV ha reivindicado en su viaje «el respeto a la dignidad humana y a los derechos y libertades fundamentales que se derivan de la naturaleza humana» (Discurso del Palacio del Elíseo del 25 de septiembre). Pero la negación de la existencia de la naturaleza humana, fuente de los derechos y deberes del hombre, fue teorizada por la Ilustración, y encontró su expresión en la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789. El artículo IV define la libertad como «poder hacer todo lo que no perjudique a los demás». El artículo V añade que la ley sólo puede prohibir los actos que sean perjudiciales para la sociedad. Ahora bien, ¿es suficiente que un acto no haga daño a nadie para que sea moralmente bueno, sin la menor alusión a una ley natural que trascienda la voluntad de los hombres? ¿Quién determina lo que es lesivo para los demás? Si la libertad se entiende como la mera facultad de escoger, en vez de como la facultad para elegir el bien, los límites fijados en la naturaleza humana terminan por verse como obstáculos que es preciso retirar y se reemplazan por la pretensión del hombre de determinar por sí mismo e imponer a sus semejantes lo que considera bueno para la sociedad. Así sucedió durante la Revolución Francesa, y así sucede actualmente en la Francia de Emmanuel Macron, que invoca aquel acto fundacional.

«¡Ninguno tiene el derecho, nunca», recalcó León XIV en Lourdes el pasado día 27, «basándose en algoritmos de laboratorio, de decidir sobre la vida de un embrión determinado o de una persona de la tercera edad determinada!». Este derecho procede de las envenenadas fuentes de la Ilustración, a la que contraponemos las palabras expresadas por el propio Pontífice en la Plaza de la Concordia: «Al verlos aquí reunidos, hermanos míos, herederos de una larga y hermosa historia de santidad en Francia, les digo: sacien también ustedes su sed en esta fuente, que es el Corazón de Jesús traspasado».

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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