El mes de octubre junta en el calendario litúrgico a dos grandes santas carmelitas: Teresa de Jesús y Teresa del Niño Jesús. La primera, la abulense, es Teresa la grande; la segunda, la francesa, es conocida familiarmente como Santa Teresita. El águila y la paloma sirven para representarlas: la altura de miras y la sencillez de corazón; la pasión contemplativa y el confiado abandonarse en manos de Dios.
El águila y la paloma es también el título de un libro de la autora inglesa Vita Sackville West aparecido en 1943 y dedicado a las dos santas carmelitas. Por un lado, la reformadora española protagonista de obras que dejaron huella en la historia de la Iglesia; por otro, la joven monja francesa que murió siendo prácticamente una desconocida tras nueve años en la clausura de Lisieux.
Vita Sackville West fue una escritora de indudable talento literario y psicológico pero de vida irregular, incapaz por desgracia de penetrar en el secreto sobrenatural de ambas almas, en particular la de Santa Teresita, cuya fecundidad espiritual no alcanzó a comprender. Dos almas alejadas por los tiempos en que vivieron, su diferente nacionalidad, sus respectivas personalidades y experiencias espirituales, y sin embargo más cercanas de cuanto podamos imaginar.
Teresa de Ahumada nació en Ávila en 1515. Ingresó en el monasterio de la Encarnación y experimentó una lucha interna. Entendió la grandeza de su vocación, pero tuvo que superar afectos que dividían su corazón. En 1534, la contemplación de una imagen de Cristo cubierto de llagas imprimió un giro decisivo a su vida. Ante los padecimientos del Salvador, se dio cuenta de la ingratitud con que ella había reaccionado a éstos, y se entregó a Él con renovada determinación.
En 1562 fundó el monasterio de San José en Ávila, y a continuación vinieron viajes, más fundaciones, antagonismos y fatigas a pesar de su frágil salud, pero su férreo espíritu la sostuvo. Con la ayuda de San Juan de la Cruz, amplió la reforma de la rama masculina de la orden. Teresa sabía afrontar las necesidades materiales, juzgar a las personas y resolver problemas concretos sin que su alma dejase de estar continuamente inmersa en la presencia de Dios. En el Castillo interior, el alma recorre las diversas moradas de la vida espiritual hasta la plena unión con Dios. Para entrar en dicho castillo hacen falta recogimiento, humildad y oración. Hay que entrar en uno mismo para reconocer la presencia de su Señor en el propio interior. Cuanto más se avanza, más se comprende que todo progreso es obra de la gracia y exige una correspondencia fiel. Así, las más altas experiencias místicas aumentan el deseo de servir.
Teresa Martin nació en la localidad francesa de Alençon en 1873. A los quince años ingresó en el carmelo de Lisieux. Su vida religiosa se desarrolló en un horizonte exteriormente restringido: quehaceres ordinarios, pequeñas incomprensiones y sufrimientos ocultados. La tuberculosis se la llevó a la tumba el 30 de septiembre de 1897 con apenas veinticuatro años. Pero tan breve vida irradiará una luz que cubriría el mundo. El caminito de la santa es una escuela de heroísmo diario. Consiste en reconocer las propias debilidades y confiarse a la misericordia de Dios ofreciéndole con amor todo acto de la vida diaria.
También ella conoció momentos de oscuridad interior. En sus últimos meses de vida, a los padecimientos físicos se agregó una dolorosa prueba de fe. El Cielo parecía ocultarse a su mirada, pero ella seguía creyendo y amando. El abandono en Dios alcanza su madurez: ponerse en manos de Dios cuando faltan los consuelos sensibles manteniendo la fidelidad a lo prometido.
A ambas santas las consume un ansia apostólica que abrasa el mundo. Teresa la grande funda conventos para que almas santas sirvan a la Iglesia. Teresita se ofrece a sí misma para sostener a los sacerdotes y obtener la salvación de los pecadores. La historia no sólo recibe impulsos decisivos de las grandes obras, sino también de las oraciones y sacrificios que nadie ve. El águila y la paloma vuelan hacia un mismo cielo.
Dos frases pronunciadas hacia el final de su vida por estas dos grandes figuras ponen de relieve la su estrecha unidad. El 30 de septiembre de 1897, día en que fallecía, afirmó Santa Teresita: «Creo no haber buscado nunca otra cosa que la verdad». Su caminito se revela con toda su seriedad en estas palabras. En las puertas ya de un siglo que propagará el relativismo de pensamiento y de opinión, Santa Teresita proclama que existe una verdad absoluta a la que se deben subordinar los propios deseos, sentimientos y juicios. Para el cristiano, esa verdad se identifica con una Persona, Jesucristo, que dijo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn.14,6). La búsqueda sincera de la verdad exige la dedicación de toda la vida. Adecuar a ella los pensamientos, sentimientos y acciones con honda humildad. Esta verdad, que es Jesucristo, vive en la Iglesia Católica, Cuerpo Místico de su divino Fundador.
Cuando Santa Teresa de Ávila falleció en la localidad de Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582 expresó por su parte esta certeza: «Te doy gracias, Señor, porque al fin muero hija de la Iglesia». Pablo VI recoge estas palabras en la carta apostólica Multiformis Sapientia Dei, por la que la proclamó Doctora de la Iglesia el 27 de septiembre de 1970. La gran reformadora reconoce como el don supremo haber permanecido hija de la Iglesia; de ella recibió la fe, los sacramentos y el discernimiento necesario para encauzar las más elevadas experiencias místicas. En un siglo desgarrado por la herejía y el cisma, Teresa sabía que sólo dentro de la Iglesia alcanza el hombre su su supremo destino sobrenatural, y da gracias a Dios por haberse mantenido en la fe católica y la comunión de la Iglesia de Roma. Su reforma nace dentro de esa pertenencia, y quiere hacerla más fervorosa.
Para el católico, ningún bien terrenal es superior a la pertenencia a la Iglesia visible, porque ella nos une a Jesucristo, verdad suprema, y nos comunica los medios de salvación eterna. La búsqueda de la verdad y la fidelidad a la Iglesia están por tanto estrechamente ligadas. Cristo confió la Revelación a la Iglesia para que la custodie y transmita inmutable a lo largo de los siglos. Ser hija de la Iglesia significa heredar ese patrimonio con gratitud, profesarlo con firmeza y vivirlo con caridad contra viento y marea.
En los labios de ambas agonizantes, la verdad y la pertenencia se convierten en gratitud y confianza. Teresa la grande y Teresita, el águila y la paloma, nos enseñan que vivir es prepararse para para morir y prepararse para morir significa vivir en la verdad de Cristo como hijos fieles de su Iglesia, que no muere.






























