Maldito sea el Halloween


«Quien escandalizare a uno de estos pequeñitos que creen, más le valdría que le atasen alrededor de su cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y que lo echasen al mar» (Mc. 9,42).

Lo más puro, lo más hermoso, la infancia, destruido por el Maligno. ¿A quién no se le abren las carnes viendo como los pervienten aficionándolos al mal e infundiéndoles un gusto morboso por lo siniestro? En Sudamérica tienen un dicho: la culpa no es del chancho, sino de quien les da el afrecho. Y en este caso se aplica muy bien: la culpa es de los padres y profesores, que lo consienten o lo promueven.

En inglés antiguo, All Hallows Ween significaba víspera de todos los santos. Y no tenía ninguna connotación maligna. Pero como decía Chesterton, hay ideas buenas que se han vuelto locas. Hubo un tiempo en que grupos de muchachos iban de casa en casa en Irlanda ofreciéndose a rezar por las almas de los difuntos de la familia en la víspera del día de finados, y la gente se lo agradecía con golosinas (no era algo que se exigiera con una amenaza). Las calabazas originales no eran como las de hoy, desconocidas antes del descubrimiento de América, sino una espece de nabos muy grandes en cuyo interior colocaban una vela para alumbrarse, pero sin aire siniestro. Normal en regiones brumosas y con pocas horas de luz natural en estas fechas. El Halloween infernal de hoy es un invento del siglo XX, idea de quienes desde las cloacas de mandil y triángulo anhelan pervertir a los niños y ofrecerlos en holocausto a Satanás. Del Sanhein de los druidas se sabe muy poco; los historiadores romanos no nos han contado gran cosa, aunque sí se sabe que hacían sacrificios humanos. Pero era un rito pagano, y el mundo ha vuelto al paganismo en muchos sentidos. El arqueologismo moderno tiende a inventarse un pasado falso para justificar creencias y usos paganos. Ya lo vimos con la Pachamama, a la que los incas no adoraban sino simplemente veneraban (esto hace más grave todavía lo que pasó en el Vaticano con Francisco, porque los incas ni siquieran tenían ídolos excepto el Punchao; si ellos eran paganos, los que pusieron esa abominación desoladora en el lugar santo hace unos años eran paganos al cuadrado, y además mentirosos y sacrílegos).

¡Guerra a muerte al Halloween! Veneremos a los difuntos y dejémonos de truculencias. Acordémonos de rezar por ellos («¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!», escribió Bécquer.) Dediquémosles misas, y que los sacerdotes vuelvan a hablar de los novísimos. Meditemos en lo efímero de la vida. Estas cosas no tienen nada de siniestro. Los cementerios tampoco, aunque desde el Romanticismo y en el cine nos hayan querido dar otra idea. Suelen ser parques tranquilos y agradables, que se pueden recorrer rezando un Rosario por las almas allí sepultadas y olvidadas. Recemos por quien no tiene quién les rece o no se acuerde de ellos. Ofrezcamos por ellos. La muerte no es para tomársela a chacota en un intento subsconsciente de ahuyentar el miedo que se le tiene por no estar preparados para ella. Antes los monjes tenían muchas veces una calavera sobre la mesilla de noche para meditar en la brevedad de la vida, pero no tenía nada de siniestro dormir junto a un cráneo, porque se tenían las ideas claras y se procuraba estar en gracia de Dios. Era sano temor de Dios, temor a ofenderlo y no verlo, no miedo irracional a la muerte ni un tomársela a broma.

Requiem aeterna dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis.

Bruno de la Inmaculada
Bruno de la Inmaculada
Meditaciones y estudios desde el silencio claustral y la oración.

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