Sœurs de la Fraternité Saint-Pie X
El alma de un niño es muy sencilla y acepta sin miedo la realidad de la muerte. Por eso se puede hablar con ellos con toda naturalidad del fin de la vida, al igual que de otras realidades del Catecismo.
La abuelita de Dorotea, a la que su nieta quiere mucho, está muy enferma. Después de varias semanas, los padres rezan por ella junto con su nietecita, sin revelarle su estado de salud. En efecto, la niña no sería capaz de aguantar la preocupación de sus padres. No debe participar de su sufrimiento. Al contrario, este pequeño retoño tiene necesidad del sol para desarrollarse cada vez más espléndidamente en el jardín del buen Dios. Pero la enfermedad se agrava, y la mamá de Dorotea se dispone a preparar poco a poco a la niña para el desenlace. Le habla del Cielo, nuestra verdadera Patria, y le explica que nuestra vida en este mundo no es sino una preparación para la vida eterna. De nuestra alma que suspira por esa vida, infinitamente más agradable que la terrena, y de la puerta que hay que atravesar par alcanzar tal dicha.
Los niños tienen un alma muy sencilla, capaz de aceptar sin miedo la realidad de la muerte. Por eso se puede hablar con ellos como lo más natural del mundo de la muerte, a igual que de otras realidades explicadas en el Catecismo. Y si llegan a manifestar alguna aprensión, hay que hacerles ver el lado bueno para que estén contentos: poder contemplar a Jesús. Con sólo tres años, Santa Teresita del Niño Jesús, arrebatada de amor, le dijo a su madre: «¡Ay, cómo me gustaría que te murieras, mamaíta querida!» Su progenitora la regañó, pero Teresita replicó sorprendida: «¡Claro, para que te vayas al Cielo, porque tú dices que para ir al Cielo hay que morirse!»
Recemos con nuestros niños por las personan que se mueren cada día. Cuanto toque hacer un sacrificio, un esfuerzo, recordémosles las personas que se estarán muriendo en ese momento. Los niños tienen que saber que es el momento más importante de la vida, y que hay que prepararse desde ya. Y también es una oportunidad de explicarles las últimas palabras del Avemaría.
Cuando el buen Dios tenga a bien llevarse de este mundo a un amigo o a alguien de la familia, vaya si puede con los niños (sin obligarlos) a rezar junto al lecho del moribundo, habiéndolos preparado de antemano. ¿Y cómo se los prepara? Veamos lo que dijeron los padres de Dorotea cuando falleció su querida abuelita: «Cuando Dios creó el cuerpo de Adán, ese cuerpo no estaba vivo. Tenía ojos, pero no veía. Tenía boca, pero no hablaba. Tenía piernas, pero no caminaba. Entonces Dios creó un alma, mucho más preciosa que el cuerpo. Fue el alma lo que infundió vida al cuerpo de Adán. Y es también nuestra alma la que da vida a nuestro cuerpo. ¿Qué pasa cuando uno se muere? Que el alma se separa del cuerpo y éste se muere. Por eso, cuando veas a Abuelita en la caja no te podrá hablar. No se moverá, y tendrá los ojos cerrados. Lo que tú verás será el cuerpo de la abuelita a la que tanto queremos. Pero no te quepa duda de que su alma no ha muerto. Nunca se morirá. Y siempre te querrá y estará cerca de nosotros. Y si queremos al Señor, un día estaremos todos juntos en el Cielo y no habrá quien nos separe».
Y como una imagen vale más que mil palabras, lleve a sus niños al cementerio para que vean algunas tumbas de otros niños. ¡Que sepan que en todo momento de la vida hay que estar preparados! Fue una lección profunda para los de un colegio de la Fraternidad cuando el Señor llamó de pronto a uno de ellos: Martin, con cinco años, que tenía cáncer. Un niño nos dio un tremendo ejemplo de sencillez cuando un día dijo:
–Mamá me dijo que cada día tendría menos fuerzas para luchar contra el cáncer, y yo le dije: «La Comunión me dará las fuerzas. ¡Cuánta ilusión me hace la primera Comunión!»
–Pero, ¿qué pasará cuando no tengas más fuerzas?, repuso su madre.
Sin la menor muestra de miedo, Martín respondió:
–¡Pues que me moriré!
–¿Y no te parece una cosa muy mala?
–Qué va, si no, ¿cómo me voy a ir al Cielo?
Y otro día, en vez de rezar como le habían sugerido «Jesús, ven a mi corazón», dijo: «Jesús, ¡ven a recogerme!»
Efectivamente, maranatá: con esta palabra concluye el Nuevo Testamento: ¡Ven, Señor Jesús!
Fideliter n° 233, septiembre-octubre de 2016






























