En Jericó había un ciego llamado Bartimeo, anhelaba ver como los demás, y confiaba plenamente en la bondad y en el poder de Jesús, aunque todos le despreciaban y se alejaban de Cristo, él se empeñaba en acercarse a Jesús, y le grita repitiendo sus llamadas, hasta que Jesús se le acerca y en premio a su perseverancia e ilusión, le concede la vista.

Antes le pregunta: ¿Qué, qué es lo que quieres? – Señor, ¿qué es lo que he de querer?, que vea, que yo también vea como ven los demás (cf. Lc 10, 46-52). «Tu fe te ha curado», más aún: «Si crees verás la gloria de Dios» (cf. Jn 9, 1-41).

Bartimeo se constituye en modelo del verdadero discípulo. Reconoce su ceguera, y, en su indigencia suplica con una fe firme e inconmovible como la roca, y repetidamente, -es decir perseverantemente- la sanación misericordiosa de Jesús, y una vez curado de la ceguera se hace su discípulo, recibiendo también además de la vista física la fe en la divinidad de Cristo.

Al revelarnos su vida íntima y los grandes misterios de la gracia y de la gloria, Dios nos hace ver las cosas, por decirlo así, desde su punto de vista divino, tal como Él las ve. [1]

El de corazón duro escoge no preferir a Jesús convirtiéndose en un ciego de la luz del mundo. A Jesús le duele que tengamos duro el corazón, así, una expresión muy empleada en la Biblia es ceguera del espíritu, significa la negación de una realidad valiosa.

Si la ceguera física es oscuridad en la falta de color conveniente, en la vida espiritual, siendo el hombre razón, donde ésta no  brilla no hay hombre sino bestia, si las desviaciones de la carne son corrupciones; las del espíritu son perversión.

Los fariseos creyéndose superiores, dominados por su soberbia se cierran a la luz de la verdad. Es la ceguera de quienes rechazan la salvación: Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos (Jn 9, 39), alardeando de sabios, se hicieron necios (Rm 1,12), es que el ciego espiritual es insolente, cree que puede permanecer en su obstinación gobernándose a sí mismo sin sujeción alguna al Decálogo, a la Gracia, a Dios.

Ese continuo rechazo del Mesías fue lo que hizo que Jesús sentenciara una ceguera espiritual sobre su nación (Lc 19, 41-44).

La vanagloria engendra desobediencia, jactancia, hipocresía, disputas, discordia, afán de novedades, pertinacia; la pereza espiritual conduce al disgusto de las cosas espirituales y del trabajo en la santificación, en razón del esfuerzo que exige y engendra la malicia, el rencor o amargura hacia el prójimo, la pusilanimidad ante el deber, el desaliento, la ceguera espiritual, el olvido de los preceptos, el buscar cosas prohibidas. Asimismo la envidia o desagrado voluntario del bien ajeno, como si fuese un mal para nosotros, engendra el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría del mal ajeno y la tristeza por sus triunfos. [2]

¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? (Lc 6, 39). Si es teólogo, no es más que «un ciego guiando a otros ciegos» (Mt 15,14): se pierde él y extravía a otros. El mismo Cristo Maestro ve en la obediencia a la voluntad del Padre la clave que garantiza la veracidad de su doctrina: «mi sentencia es justa, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Jn 5,30). [3]

Es terrible en el sacerdote ese proceso, por el cual la afirmación vital que es la fe se transforma en oficio, se va convirtiendo insensiblemente en hojarasca, palabrería y conceptos, sostenido todo por un interés. Bernanos ha descrito ese proceso en su novela La Impostura, los místicos le llaman «tibieza», y el Apóstol «fe muerta»: fe sin martirio, sin sufrimiento, sin incomodidad. Y así, con multitudes de «almas muertas», se ha formado en el mundo una gran superchería, la mística ha descendido a la política, y la Iglesia parece a muchos un imperialismo más, un partido político o una gran sociedad anónima para la exportación del Cristianismo en latas. [4]

La Sagrada Escritura reiteradamente nos advierte respecto de los falsos maestros y profetas: «Mirad que no os engañe nadie» (Mt 24, 4). Hemos de estar vigilantes para no dejarnos engañar por las patrañas de guías ciegos y falsos. [5]

¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron (Mt 13, 16-17).

Ceguera de la mente que padecen todas al almas tibias; porque tienen en sí el don del entendimiento, pero, engolfada su mente en las cosas de aquí abajo, faltas de recogimiento interior y espíritu de oración, derramadas continuamente por los caños de los sentidos, si  una consideración atenta y constante de las verdades divinas, no llegan jamás a descubrir las claridades excelsas que en su obscuridad encierran. Por eso las vemos frecuentemente tan engañadas al hablar de cosas espirituales. Padecen esa ceguera espiritual, que les impide ver la santidad infinita de Dios, las maravillas que su gracia obra en las almas, los heroísmos de abnegación que Él pide para corresponder a su amor inmenso, las locuras del amor por Aquél a quien el amor condujo a la locura de la cruz. Son ciegos, porque no echan mano de esa antorcha que alumbra un lugar caliginoso (2Pe 1, 19), y muchas veces con presunción pretenden guiar a otros ciegos (Mt 15, 14). [6]

Para poder conseguir la curación, es preciso que con la humildad de Bartimeo, cada uno reconozca que está ciego para muchas realidades del espíritu y que sólo Dios puede curar esa ceguera que animaliza al hombre y que le hace olvidar su destino de luz. Esa luz que es una gracia que permite ver lo que los ciegos no ven, que permite permanecer en fidelidad al depósito de la fe, mientras los ciegos abandonan la Verdad por miedo, traición o instalación.

Germán Mazuelo-Leytón

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[1] Teología Moral para Seglares , Antonio Royo Marín, O.P., 5ª ed. Madrid: BAC, 1979, vol. 1, nº 282.

[2] Cf. Las tres edades de la vida interior, Reginald Garrigou-Lagrange, O.P.

[3] Por obra del Espíritu Santo, José Mª Iraburu.

[4] Psicología humana, Leonardo Castellani.

[5] 1Tim 1, 3-7; 6, 3-5; 2Tim 4, 3-4; 2Pe 2, 1-3.

[6] Cf. Los dones del Espíritu Santo y la perfección cristiana, P. I. Menéndez-Raigada.

Germán Mazuelo-Leytón
Es conocido por su defensa enérgica de los valores católicos e incansable actividad de servicio. Ha sido desde los 9 años miembro de la Legión de María, movimiento que en 1981 lo nombró «Extensionista» en Bolivia, y posteriormente «Enviado» a Chile. Ha sido también catequista de Comunión y Confirmación y profesor de Religión y Moral. Desde 1994 es Pionero de Abstinencia Total, Director Nacional en Bolivia de esa asociación eclesial, actualmente delegado de Central y Sud América ante el Consejo Central Pionero. Difunde la consagración a Jesús por las manos de María de Montfort, y otros apostolados afines