Benson I
“La Iglesia va a ceder ante el mundo, siempre que su derecho divino permanezca intacto”.

Presentamos para nuestro tercer post conmemorativo del centenario de la muerte de Monseñor Robert Hugh Benson (19 de octubre de 1914), algunas reflexiones tomadas de sus Paradojas del catolicismo (conferencias y sermones predicados en su mayoría en Nueva York en 1912 y en Roma en 1913, y publicados poco antes de su muerte). Son reflexiones sobre la aparente contradicción entre nuestro manso y dulce Señor y su pueblo santo, la Iglesia, descrita como inflexible y rígida —sorprendentemente, hoy en día, incluso por algunos pastores católicos, ¡incluso en un Sínodo!

Esta reflexión, predicada en un Domingo de Ramos, es perfecta como meditación sobre la fiesta de Nuestro Señor Jesucristo Rey, y sobre el pueblo real que somos nosotros mismos en su Esposa Real, despiadada con el pecado, infinitamente amable con el pecador.

Bienaventurados los mansos (Mt 5,4)

El Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan (Mt 11,12)

Ya hemos considerado las relaciones de la Iglesia con respecto a cosas tales como la riqueza, la influencia humana y el poder, cómo a veces las utiliza y a veces las desdeña. Vamos ahora a penetrar un poco más profundamente y entender el espíritu que subyace y explica esta actitud variable de ella.

I. (i) Se ha apuntado contra la cristiandad en general, y por lo tanto de forma implícita y suprema en contra de la Iglesia que fue durante tanto tiempo su sola realización, y es todavía, ella sola, su más digna representante, que ha fomentado virtudes que retardan el progreso. El progreso, desde el punto de vista del filósofo alemán que hizo de manera explícita esta acusación, es algo meramente natural, tanto en su acción como en su fin; y la naturaleza, como bien sabemos, no sabe nada de perdón o compasión o de ternura: por el contrario, ella se mueve a partir de las formas menores a las superiores por medio de fuerzas que se oponen entre sí. El ciervo herido no es protegido por sus compañeros, sino corneado a muerte; el viejo lobo es desgarrado en pedazos; el león enfermo vaga hasta morir de hambre, y todos estos instintos, se nos informa, tienen por objeto la mejora gradual de la descendencia por la eliminación de los débiles e ineficaces. Así debería de ser con el hombre, nos dice este filósofo, y los eugenistas extremos hacen eco de su enseñanza. La cristiandad, por otro lado, protege deliberadamente a los débiles y enseña que el sacrificio de los fuertes es heroísmo supremo. La cristiandad ha levantado hospitales y refugios para los enfermos, buscando preservar esos mismos que la naturaleza, si siguiera su curso, eliminaría. La cristiandad, entonces, es el enemigo de la raza humana y no su amigo, puesto que ella ha retardado, como ninguna otra religión jamás lo ha logrado, la aparición de ese superhombre a quien la naturaleza busca alcanzar… Hay poco de qué asombrarse en que quien enseñó tal doctrina él mismo murió loco.

Una doctrina análoga es ampliamente enseñada hoy en día por personas que se hacen llamar prácticas y profesionales. La mansedumbre, la gentileza y la compasión, les dicen a sus hijos, son virtudes muy elegantes y graciosas para aquellos que pueden pagarlas, para las mujeres y los niños más o menos protegidos de la batalla de la vida, y para las personas débiles e ineficaces que no son capaces de nada más. Pero para los hombres que tienen que hacer su propio camino en el mundo y pretenden ganar éxito en él, un código más severo es necesario; se exige de ellos una regla de acción tal y como la naturaleza misma la dicta. Sé entonces seguro de ti mismo y asertivo, no manso. Recuerda que la debilidad de tu vecino es tu propia oportunidad. Ten cuidado de ser el número uno y deja a los demás cuidar de sí mismos. Un hombre no entra en la bolsa de valores o en el comercio con el fin de exhibir allí virtudes cristianas, sino cualidades empresariales. En una palabra, la cristiandad, en la medida en que afecta al progreso material, comercial o político, es una debilidad más que una fuerza, un enemigo más que un amigo.

(ii) Pero si, por un lado, la amabilidad y la no resistencia inculcadas por el cristianismo forman el material de una acusación contra la Iglesia, por otro lado, no menos, es culpada por su violencia e intransigencia. Los católicos no están cediendo lo suficiente, se nos dice, como para ser verdaderos seguidores del Profeta manso de Galilea, y no son lo suficientemente amables como para heredar la bendición que él pronunció. Por el contrario, no hay gente tan tenaz, tan obstinada e incluso tan violenta como estos discípulos profesos de Jesucristo. Ve la forma, por ejemplo, en que se aferran e insisten sobre sus derechos; los obstáculos que plantean, por ejemplo, a los razonables sistemas nacionales de educación o a un sistema sensible en los tribunales de divorcio. Y, sobre todo, considera su violencia atroz y brutal que han exhibido en instituciones como la del índice y la excomunión, la fiereza con la que insisten en la obediencia absoluta y detallada a la autoridad, la inclemencia con que arrojan fuera de su compañía a quienes no pronunciarán sus dogmas. Es verdad que en nuestros días sólo pueden hacer valer sus reclamos con amenazas espirituales y sanciones, pero la historia nos muestra que harían más si pudieran. La historia de los bastidores y los fuegos de la Inquisición muestra con suficiente claridad que la Iglesia una vez usó, y por consiguiente, presumiblemente usaría de nuevo, si pudiera, armas carnales en su guerra espiritual. ¿Puede haber algo más contrario al amable espíritu de aquel que, cuando era injuriado, no devolvió el insulto; de aquel que ordenó a los hombres aprender de él, porque él era manso y humilde de corazón, y así encontraran descanso para sus almas?

Aquí, entonces, está la paradoja, y hay aquí dos características de la Iglesia Católica: que ella es a la vez muy mansa y muy asertiva, demasiado suave y demasiado violenta. Es una paradoja exactamente repetida por nuestro Divino Señor, que en la estancia superior en la Última Cena ordenó a sus discípulos que no tenían espada que vendieran sus mantos y las compraran, y sin embargo, en el jardín de Getsemaní, mandó al discípulo que le había tomado al pie de la letra su palabra que metiera la espada en la vaina, diciéndole que quienes tomaran la espada perecerían por ella. Hay un eco de esto también en su modo de actuar al tomar primero el látigo en su propia mano en el atrio del templo, y luego desnudar sus hombros al mismo látigo en manos de otros. ¿Cómo, entonces, conciliar esta paradoja?

II. La Iglesia, recordemos una vez más, es a la vez humana y divina

(i) Se compone de personas humanas, y esas personas están unidas la una con la otra y con el mundo exterior por un sistema perfectamente equilibrado de derechos humanos conocido como ley de justicia. Esta ley de justicia, a pesar de que viene, por supuesto, de parte de Dios, es, en cierto sentido, natural y humana; existe hasta cierto punto en todas las sociedades, como también muy definida y detallada en la Antigua Ley dada en el Sinaí. Es una ley que los hombres podrían haber elaborado, al menos en sus principios fundamentales, a la sola luz de la razón, sin la ayuda de la Revelación, y es una ley, además, tan fundamental que ninguna Revelación podría concebiblemente ultrajarla o hacerla a un lado.

A la venida de Cristo al mundo, sin embargo, la caridad sobrenatural llegó con él. La ley de justicia todavía permaneció; los hombres todavía tuvieron sus derechos en los que podían insistir, todavía tuvieron sus derechos que ningún cristiano puede negarse a reconocer. Pero tal era el torrente de generosidad divina que Cristo mostró, tan sobreabundante era la visión que él reveló de la caridad sobrenatural de Dios hacia los hombres, que un conjunto de ideales como el mundo nunca antes había soñado brotó a la vida. Todavía más, la caridad vino con tal poder que sus órdenes realmente anularon en muchos casos los débiles reclamos de justicia, pues ordenó a los hombres, a partir de ahora, perdonar, por ejemplo, no meramente de acuerdo a la justicia, sino de acuerdo a su propia naturaleza divina, perdonar hasta setenta veces siete, dar una buena medida, apretada y rebosante, y no el mínimo indispensable que los hombres simplemente se habían ganado.

Fue entonces a partir de este advenimiento de la caridad, que surgieron todas estas virtudes esencialmente cristianas de generosidad, mansedumbre y sacrificio que Nietzsche condena como hostiles al progreso material.

Porque, de ahora en adelante, si un hombre toma tu abrigo, déjalo tomar también tu manto; si te obliga a andar con él una milla, camina con él dos; si te golpea en una mejilla, preséntale también la otra. La ley de justicia natural es trascendida y la ley de la caridad y sacrificio reina en su lugar. No resistan al malvado; es decir, no siempre exijan sus derechos naturales; den a los hombres más de lo debido, y conténtense ustedes mismos con menos. Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas. Perdónense unos a otros sus ofensas con la misma generosa caridad con que Dios ha perdonado y perdonará las de ustedes. No juzguen y no serán juzgados. En sus asuntos personales, no exijan sólo justicia para ustedes, más bien actúen según la escala y los principios con los cuales Dios mismo los ha tratado.

La mansedumbre, entonces, es indudablemente una virtud cristiana. A veces es obligatoria, a veces no es sino un consejo de perfección; se mantiene, en todo caso, en un puesto alto entre esos ideales que ha sido gloria de la cristiandad crear.

(ii) Pero hay otros elementos en la vida, además de lo humano y lo natural, más allá de esos derechos personales y exigencias que un cristiano puede, si está buscando la perfección, poner a un lado de la caridad. La Iglesia es tanto divina como humana.

A la Iglesia se le han confiado, además de los derechos de los hombres, que pueden ser sacrificados por sus poseedores, los derechos y las exigencias de Dios, que nadie más que él puede hacer a un lado. Él le ha dado a su custodia, por ejemplo, una Revelación de verdades y principios que, brotando de su propia naturaleza o de su voluntad, son tan inmutables y eternas como él mismo. Y es precisamente en defensa de estas verdades y principios que la Iglesia muestra lo que el mundo llama la intransigencia y la violencia Jesucristo.

Aquí, por ejemplo, entra el derecho de un niño católico bautizado a ser educado en su religión, o mejor, el derecho de Dios mismo de enseñar a ese niño de la manera que él ha ordenado. Aquí entra la verdad revelada de que el matrimonio es indisoluble; y que Jesucristo es el Hijo de Dios. No son del todo derechos humanos u opiniones —derechos y opiniones que los hombres, movidos por la caridad o la humildad, pueden dejar de lado o renunciar de cara a la oposición. Descansan sobre una base totalmente diferente. Son, por así decirlo, las posesiones inalienables de Dios; y no sería ni caridad ni humildad, sino pura traición, para la Iglesia exhibir mansedumbre o flexibilidad en asuntos de este tipo, dados a ella no para disponer de ellos sino para guardarlos intactos. Por el contrario aquí, exactamente, va el mandamiento “el que no tenga, venda su manto y compre una espada”, porque aquí viene la línea entre lo divino y lo humano; dejen ir todas las posesiones personales, todos los derechos meramente naturales y reclamaciones sean cedidos, y dejen que una espada tome su lugar. Porque ésta es una cuestión que debe ser resistida, incluso hasta la sangre.

La Iglesia católica es, pues, y siempre será, violenta e intransigente cuando los derechos de Dios estén en juego. Ella será absolutamente implacable, por ejemplo, hacia la herejía, porque la herejía no afecta asuntos personales en los que la caridad pueda ceder, sino un derecho divino sobre el cual no se debe ceder. Sin embargo, al mismo tiempo, la Iglesia será infinitamente amable con el hereje, puesto que mil motivos y circunstancias humanas pueden entrar en juego y alterar su responsabilidad. Con una sola palabra de arrepentimiento ella va a readmitir a su persona en su tesoro de almas, pero no su herejía en su tesoro de sabiduría; ella va a quitar su nombre con entusiasmo y libremente de su lista negra de rebeldes, pero no su libro de las páginas de su índice. Ella exhibe mansedumbre hacia él y violencia hacia su error; ya que él es humano, pero la verdad de ella es divina.

Es a partir, pues, de una confusión moderna de pensamiento con respecto a los ámbitos de lo divino y lo humano que surge la sorprendente incapacidad, por parte del mundo, para entender los respectivos principios con que la Iglesia Católica actúa y distingue en estos dos ámbitos. El mundo considera que es razonable para un país defender sus posesiones materiales por la espada, pero intolerante y poco razonable para la Iglesia condenar, resistiendo incluso hasta la sangre, los principios que ella considera erróneos o falsos. La Iglesia, por su parte, insta a sus hijos una y otra vez a ceder más que luchar cuando las posesiones meramente materiales están en juego, puesto que la caridad permite y a veces incluso manda a los hombres contentarse con menos que sus propios derechos, y una vez más, cuando una verdad o un derecho divinos están en juego, ella va a resistir inquebrantable y sin desmayar, ya que ella no puede ser “caritativa” con lo que no es suyo; venderá su manto y comprará esa espada que cuando el conflicto estaba en asuntos meramente temporales guardó en su vaina.

Hoy que Cristo cabalga hacia Jerusalén vemos llanamente esta paradoja, como en un espejo. Tu Rey viene a ti, manso. ¿Hubo alguna vez una procesión tan significativa como ésta? ¿Hubo alguna vez tal mansedumbre y caridad? Aquel que por su derecho personal es servido en el cielo por una multitud en blancos caballos, ahora, en virtud de su humanidad, se conforma con unos cuantos pescadores y una muchedumbre de niños. Aquel a quien, por su derecho personal, los arpistas y los ángeles le tocan música eterna, se contenta, ya que se ha hecho hombre por amor a nosotros, con los gritos discordantes de esta muchedumbre. El que avanza sobre los serafines y vuela sobre las alas del viento, se sienta en el pollino de un asno. Él viene, manso por supuesto, desde las calles doradas de la Jerusalén celestial a los pobres caminos de la terrenal, dejando a un lado sus derechos personales ya que él es ese mismo fuego de la caridad por la cual los cristianos renuncian a ellos.

Pero, con todo esto, es montando que tu Rey viene a ti… Él no va a renunciar a su derecho inalienable y nada esencial dejará fuera. Él tiene su escolta real, aunque sea harapienta; él tendrá sus lanceros, aunque sus lanzas sean sólo de palma; él tendrá sus heraldos para proclamarlo, por mucho que los fariseos devotos puedan ser ofendidos por su proclamación; él va a entrar, montando, en su propia ciudad real, incluso a pesar de que la ciudad le echa fuera, y él tendrá su coronación, aunque sea de espinas. Así también la Iglesia Católica avanza a través de las edades.

En los derechos humanos y las cuestiones meramente personales una y otra vez cederá todo lo que ella tiene, haciendo, podría ser, una protesta por la justicia y nada más. Y ella va a instar a sus hijos a hacer lo mismo. Si el mundo no la va a dejar tener joyas, pondrá cuentas de vidrio en su custodia, y en vez de mármol usará yeso, y oropel en lugar de oro.

Pero ella tendrá su procesión e insistirá en su realeza. Puede parecer tan pobre, tan mediocre y tan de mal gusto como la entrada de Cristo mismo a través de la puerta real; porque ella cederá a todo lo que el mundo demanda de ella, siempre y cuando su derecho divino se mantenga intacto. Ella va a emitir sus órdenes, aunque haya pocos que las obedezcan; va a echar fuera a los rebeldes que cuestionan su autoridad, y limpiará sus atrios del templo, incluso con el látigo del que los hombres se burlan. Ella va a renunciar a todo lo que es meramente humano, si el mundo lo quiere así, y no resistirá a lo malo si solamente se refiere a sí misma. Pero hay una cosa a la que ella no va a renunciar, una cosa que va a reclamar, incluso con violencia e “intransigencia”, que es la realeza con que Dios mismo la ha coronado.

New Catholic

[Traducido por Fr. E.L.A.]

Artículo original

RORATE CÆLI
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